El 'Clásico del Río de la Plata' en 'La Bombonera'. Pocos partidos de fútbol con más relieve se pueden ver en América desde tiempo ancestral. Argentina y Uruguay colisionan como nadie en este deporte y sólo por eso merece la pena verlo. Si a esa pimienta se le añade que la 'Albiceleste' es la vigente campeona del Mundial y que Marcelo Bielsa es el director 'charrúa', se disparan los alicientes.
De esa explosión, tan intensa como de costumbre, salió el grito uruguayo que restalló en Buenos Aires y en Montevideo. Ganaron los visitantes en territorio argentino por segunda vez desde la Copa América de 1987. Casi nada. Y este hito proclama que el renacimiento de la 'Celeste' ya es oficial, con la mano del sabio rosarino funcionando a pleno rendimiento. Negaron el fluir al favorito con una presión elevada desde temprano y remataron en transición, jugando con la pelota y sin ella rebosantes de consistencia. Una maravilla que dejó en la estacada a la hinchada local.
Lionel Scaloni ha construido un coloso industrial notable. Acumuló 36 encuentros sin conocer la derrota antes de que Arabia Saudí le ganara en el Mundial catarí, y no había recibido un gol, ni perdido ni una sola vez, desde que alzó el trofeo más deseado en diciembre de 2022. Su estructura es de sobra conocida y volvió a replicarla este viernes, con Otamendi, Romero, Molina y Tagliafico atrás; Enzo Fernández, Rodrigo De Paul y Alexis Mac Allister en el medio; y Lionel Messi en la mediapunta, acompañado por la velocidad de dos atacantes.
Esa fórmula le ha otorgado una seguridad defensiva y competitividad imperiales, que le mantenía con cuatro victorias en las cuatro jornadas de estas eliminatorias sudamericanas -ante Ecuador, Bolivia, Paraguay y Perú-. Pero esta madrugada se toparon con la pizarra de Bielsa y eso son palabras mayores. Colocó el estratega a Ronald Araújo de lateral diestro para frenar al eléctrico Nico González y juntó en el centro a Sebastián Ugarte, Mathías Olivera y a Sebastián Cáceres. Este último tenía la responsabilidad de salir a cortar el juego de Messi.
Todo le salió redondo al seleccionador uruguayo. Tanto es así que redujo la producción argentina en el primer acto a un zurdazo lejano del Balón de Oro y a un puñado de acciones a balón parado (con la volea desviada de Julián Álvarez y el desvío de Romero a centro de Messi, parado por Rochet, como las mejores llegadas). Y avisaron los visitantes, sostenidos por el mediocentro del PSG, por Fede Valverde y por el derroche de piezas valiosas como Nico De la Cruz o Maxi Araújo. Pusieron su diana en la espalda de los centrales y, sobre todo, en la de Nahuel Molina. Otro acierto.
Por esta vía Darwin Núñez desperdició un mano a mano con el 'Dibu' Martínez al rematar demasiado cruzado un pase largo de Ronald Araújo -minuto 11-. Era sólo el comienzo, pues en el 28 De la Cruz perdonó un remate nítido generado por una gran circulación y pasada la media hora el centrocampista de River Plate embocó cerca del poste un pelotazo peleado por Núñez. El peligro a través del juego perteneció a los 'charrúas', que hicieron caja en el minuto 41. En una oda al 'bielsismo': Viña le robó la cartera a Molina y centró para que Ronald Araújo cruzase un derechazo potente hacia las mallas. Presión muy alta, un lateral centra y el otro remata.
Volvió Scaloni a vestuarios contrariado por la sensación de endeblez defensiva y de impotencia ofensiva. No se ha caracterizado su apuesta ganadora por germinar oportunidades desde la combinación armoniosa de pases, pero antes del intermedio quedaron secados por el entramado rival. Por eso pensó que le faltaba amenaza y sentó a Mac Allister para dar entrada a Lautaro Martínez. Error, pues vació de creación a su equipo cortocircuitándolo y trató de corregirlo en el 53, cuando compareció Ángel Di María. El 'Fideo' lideró desde entonces', aunque resultó una luz descontextualizada en su delegación.
Pegó mucho y duro Argentina. Esa receta le ha salido bien tradicionalmente en estos años y la aplicó con permiso del colegiado Wilmar Roldán. La CONMEBOL eligió a este árbitro para uno de los partidos más tensos que se puedan imaginar después de permitir de todo en la final de la Copa Libertadores -hasta que se le descontroló el tarjetero-. Extraño premio. En consecuencia, le costó amonestar a una 'Albiceleste' en la que Messi lanzó, sin conectar, un codazo y un puñetazo a Olivera; se patearon los tobillos con asiduidad; y De Paul agarró por el cuello al lateral del Nápoles antes de lesionar de gravedad a Maxi Araújo -placó su talón al lanzarse con todo su cuerpo, intención mediante-. Ni una amonestación y más que justificado cabreo visitante. "Qué vergüenza", llegó a decir Bielsa desde la banda.
Dejó a los 'cancheros' ser 'cancheros' y el duelo se contaminó más de lo previsto por momentos. Porque los uruguayos mordían, como les es característico. En todo caso, pese a las coces, no mejoraron los favoritos y no inquietaron al meta Rochet más que con un centro-chut de Di María. Para entonces Uruguay ya había bajado las revoluciones discutiendo la posesión, con Pellistri, Ugarte y compañía subrayados. Se comieron al eje campeón del mundo, al tiempo que Cáceres gobernaba a un Messi que limitó su influencia a un falta que estrelló en el larguero.
En el desenlace se agudizó el encierro visitante, con Di María empujando en este partido de raza. El fino y eterno regateador zurdo botó un córner que Lautaro cabeceó y Rochet repelió con afinados reflejos -minuto 84-. Hasta ahí llegó el trabajo del guardameta del Internacional de Porto Alegre. El que sí tuvo tarea fue el 'Dibu' Martínez, aunque no supo resolver el segundo mano a mano con Núñez. Una emboscada a Messi, encabezada por Cáceres, derivó en el virtuoso pase en profundidad de De la Cruz y el galope del delantero del Liverpool para anotar con un derechazo que se coló entre las piernas del portero local -minuto 87-. Despega el proyecto de Bielsa tras tumbar a Brasil en el estadio Centenario y conquistar el 'Clásico del Río de la Plata' a domicilio. El campeón del primer Mundial está de vuelta.