Álea iacta est es una locución latina de antigua data que significa “la suerte ha sido echada” o, más propiamente en español, “el dado fue lanzado”, que anota el historiador Cayo Suetonio Tranquilo, atribuida al emperador Julio César en el momento decisivo de cruzar el río Rubicón en el norte de Italia, al rebelarse contra la autoridad del Senado y dar comienzo a la larga guerra civil contra Pompeyo y los Optimates. Entre nosotros, los parlantes españoles, la ecuménica frase ha sido castellanizada por algunos como “la moneda está en el aire”, y se usa en términos futbolísticos o futboleros, cuando antes de empezar un mach, ya la moneda en el suelo, el favorecido elije el arco.
La metáfora se ve apropiada para ser aplicada en un balotaje que expresa la expectativa que mantiene en vilo a todos los argentinos ante un desenlace cuyo resultado admite solo dos posibilidades: cara o cruz; vale decir, ganará uno y perderá el otro. Esto es, alegóricamente, como ponerse en manos del azar que determinará quién elige el arco o hace la primera movida; en términos menos deportivos que cruciales, se asemeja más a César ante el Rubicón que juega la suerte de un país; o sea que, en términos concluyentes, decide una supuesta felicidad o desgracia, pues tal como sucedió en elecciones anteriores, bajo un dramón de esta naturaleza, es el azar el responsable del desenlace, bajo la voluntad democrática -eso sí- de millones de personas.
Un somero repaso de la situación nos mostrará que en este caso bien argentino los votantes firmes son una minoría, por lo general cautiva del poder representado por ambos sectores político en pugna; en otro, y en el mejor de los casos, no pasan de uno de cada cuatro en las respectivas y principales fuerzas (reducidas a dos), que serán aquellos que en las inciertas encuestas responden con seguridad sobre su voto. En términos locales, puramente argentinos, serán una evidencia del núcleo duro que respaldó a la doctora Kirchner durante los últimos quince años y se calcula en (cifras más cifras menos aproximativas) en un 25 por ciento del electorado que la acompaña fielmente desde 2007, cuando alcanzó la presidencia.
Agreguemos que en el momento de otra reelección, la del 2011, fue la que marcó la cima de su carrera política, ya que a los devotos se les sumó un amplio contingente, que llevó las cifras finales hasta alcanzar casi el 55 por ciento de los votos emitidos, lo que constituye -si hacemos historia reciente- el mejor desempeño de un candidato presidencial desde 1983.
Ahora bien, recurriendo a un añejo concepto abusado hasta el cansancio por los modernos politólogos, puede inferirse que los electores más convencidos son flexibles respecto de los líderes a los que adhieren y son como un alimento del que no pueden prescindir, y acaso lo seguirán siendo con independencia de la calidad o del alto costo que, inflación mediante, pueden llegar a pagar. En este caso, si consideramos que en el balotaje compiten solo dos, puede estimarse que probablemente la mitad de los votantes resulten inflexibles, en especial los del candidato Javier Milei, el libertario liberal, que en la práctica deberá incorporar una parte importante de los del Ministro prestados en este caso por sus aliados; cosa que no sucede con el oficialismo de Sergio Massa, con tribu propia, donde puramente pertenecen y responden a las consignas del generoso partido gobernante pródigo en prebendas para sumar votantes. De todos modos las particularidades exceden todo lo previsto y, por esa razón, cabe la expresión alea iacta est (valga como, “la moneda está en el aire). Aún no cayó y ¿cómo caerá, vaya Dios a saber?
Otra vez, digamos que debido a que los candidatos que mucha gente prefería fueron eliminados, el dilema lo tiene ahora la otra mitad del electorado, que está indeciso y no sabe para dónde agarrar y navega en un río de dos corrientes, donde una es elegir al menos malo (por otro lado, una conducta frecuente en estos consabidos balotajes; aunque, de vuelta, aparecen en juego hechos deplorables que dificultan y envilecen esa opción.
¿Por qué, se preguntará mi lector? Bueno, simplemente porque uno de los candidatos, es el Ministro de Economía al frente de un país endeudado, sin reservas, con dos millones más de pobres, altísimos índices de inflación y en bancarrota; además de problemas cotidianos de inseguridad y de un gobierno indiscutiblemente corrupto (desde el caso de los bolsos del oscuro dinero ka al de las fuga de un funcionario derrochador de dineros públicos, que amante mediante urdió su otra luna de miel; pasando por “Chocolate”, un vaciador de cajas de seguridad; aunque, a decir verdad, del otro lado, en la vereda de enfrente, hay un candidato impetuosos que quiere arrasar con el Estado, porque considera abusivos los derechos y la justicia social, como algo puramente aberrante y, de hecho, propone dolarizar la economía, cosa que en la práctica se está dando).
Así, sucesivamente, en sus desenfrenadas proclamas, atemoriza, ya que pretende abolir los avances más preciados de la educación, la salud y la cultura democrática. Sus voceros autorizados, sin dejar de negar el proyecto de una forma de dictadura, consideran hasta posible el mercado de órganos y aberrantes e inmorales a los que optan por el matrimonio igualitario, que consideran como una espantosa transgresión cuasi maléfica impulsada por Satanás.
Entre el desencanto y la frustración flota el enojoso asunto argentino y, lo más terrible aún, ante la eventualidad de un funesto porvenir, que depararía un presidente con esas ideas liberales que algunos acusan de ultra derecha o definitivamente fascistas; los cultores acaso partidarios del menos malo prefieren inclinarse, y tapándose la nariz, asumen votar por el otro candidato, en el que no confían porque hasta los propios consideran un fullero profesional y un mentiroso consuetudinario que pincha con su nariz de Pinocho, pero que registraría mejor desempeño en un ficcionario “malómetro” (llamemos de alguna manera a un psicodélico instrumento deprimente que, podríamos suponer, se usará para medir la baja calidad humana en asuntos públicos).
De tal modo que los argentinos han naturalizado una elección entre lo malo y lo peor como una fatalidad ineludible por la que es deber concurrir a depositar el voto. Prevalece entonces la resignación, y se pretenden evitar armas de alto calibre reemplazándolas por fusiles de aire comprimido con balas de goma, que también pueden herir, aunque no matar de un solo tiro. La convicción, que es un rasgo de la fortaleza espiritual, queda de lado, no se sabe si por lucidez o por miedo a enfrentar la adversidad; a la vez que cabe preguntar si “el menos malo” de los que temen a la ultraderecha es acertado o revela una falta de fe en la democracia (en la Argentina de la izquierda ni noticias; pues allí siguen parias con un irreversible 3 por ciento de electores).
Sin embargo, como en el Hamlet de Shakespeare, el asunto es determinante, “tobe or not tobe”. Si los libertarios ganaran y quisieran atentar contra la libertad y ciertos derechos adquiridos constitucionalmente, no teniendo apoyo legislativo ni territorial suficiente, encontrarán una oposición política y social rotunda en la sacra Legislatura, y porque las dictaduras uniformadas han concluido para siempre en nuestra América. ¿Qué podrían hacer en todo caso, reivindicar el espantoso terrorismo de Estado? No, eso es imposible, ni soñarlo; echar a miles de empleados públicos, tampoco; terminar con los casi 3 millones de planes sociales, nunca, sería un desastre incontrolable con gente furiosa que en las calles rompería todo; encarcelar opositores y periodistas, jamás, otra locura inimaginable; ordenar represiones sangrientas, o cerrar el Congreso, disparate total desde todo punto de vista? ¿Y entonces, qué, se preguntan quizá los muchísimos resignados que quedan?
Shakespeare otra vez. Cualquiera de esas acciones, ya consideradas terroristas, provocaría un repudio masivo y tenaz; el sistema, con defectos y virtudes, posee niveles de movilización, organizaciones, instituciones y recursos legales, como el juicio político y la destitución, que lo impediría pueblo en las calles. ¿Entonces, cuál es el miedo, simplemente perder el privilegio de la gran complicidad política, sea de izquierda, derecha o centro? La otra posibilidad es jugar a una ruleta rusa, votando en blanco o recurriendo a la abstención. Oferta igualmente nociva, que apuesta a un silencio utilitario, que, si alcanzara su cumbre favorecería al oficialismo y podría ser menos atronador que favorable.
Es probable entonces que dichos electores se encuentren bajo un asedio que exhiben al doctor Jekyll y Mister Hyde, los dos monstruos literarios de Stevenson, unidos en un idéntico ser, que en verdad lo son. Siendo posible, además, que esos tibios sean presionados para que voten sin convicción por los menos malos de la película (¡Vaya, vaya Jekyll y Mister Hyde!). Pero, claro, será el triunfo de otro fascismo; en este caso, el llamado y repetido “populismo”, que sostiene que sus razones políticas, demostradamente corruptas e irreversiblemente viciadas, serán como una mera transgresión deportiva, que con una vista en el VAR puede superarlo todo.
Por fin, como suele ocurrir, el superyó argentino, está presente con otra máscara, hostigando a aquellos que marchan en contra de las conductas dominantes. En este caso, de los que “militan el voto”, como se dice en la jerga en términos menos sociales que electoralistas.
¿Es posible creer en el sufragio por convicción o es sólo otro hecho con intereses mediantes? No lo sé, aunque en la Argentina todo es posible y más allá o más acá de todas las democracias del mundo. En este caso la democracia, nuestra modesta y vapuleada democracia, lo necesita como el agua a los ríos o como la brisa a las flores. Este sistema es la alternativa única que se debe defender con ideas y dientes.
Ojalá que la autodeterminación de los ciudadanos se respete a carta cabal y se tenga presente la necesidad de meditar; esto es, decidiendo según el propio criterio. Y también -¿por qué no?- la eventualidad de equivocarse. A la hora de la decisión final, la autonomía es un derecho que se debe defender, lo repito. Pero, bueno, en soledad, ante la urna se da el asunto final. Alejados de campañas de miedo, sin alternativas inconcebibles expuestas por políticos profesionales a través de sus slogan hasta una rata se disfraza de gato. Eso sí, ninguno posee el monopolio del acierto total. En la castigada Argentina, no caben dudas que se festejará un nuevo triunfo de la democracia. Ojalá que así sea. Cuarenta años de vida activa no es poca cosa. ¡Aleluya y que nos vaya bien, vaya a saber!