Opinión

Paisaje de ruinas y nieblas

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 19 de noviembre de 2023

Algunos poetas terminan siendo un lugar al que volver. Por deslumbramiento de primera lectura que nos indica un camino o por revelación de última hora que se suma al recorrido. Con pocos títulos a la espalda, quedaría arriesgado conceder esta seña de privilegio, pero creo que pueda ser, entre otros, el caso de Félix Moyano, ya que con la única muestra de su carrera poética, podemos atisbar una importancia que va construyéndose tras cada libro y cada premio, y contamos con la fortuna de leerlo y apreciarlo en nuestro presente.

Si debo mencionar un autor y un tipo de poemas que me resultasen indudablemente reconocibles al hablar del estilo y los temas que utilizase, sería el ejemplo de Moyano y sus elegías. Es nuestro poeta elegíaco por excelencia, al menos para uno, y después de la lectura de su nuevo trabajo, Cuando llegue la hora, esta afirmación salta a la vista.

La muerte del padre, la ausencia dejada por la muerte en general que consigue debilitar cualquier elemento, cualquier estima que se pensara imperturbable y ahora no es más que una molestia en el recuerdo, un tacto polvoriento de los huesos, la punzada que escarba bajo ellos... Como un moderno Jorge Manrique, no hay más eco en este libro que el aliento funesto de una vida endurecida por el dolor. Porque en la poesía de Moyano no hay una rendición frente a este tipo de avatares vitales e inherentes a cualquier existencia —y ahí reside el valor de la naturalidad en su escritura— sino una postura que asume, sin alharacas, la pérdida que conlleva el sentir, sin tiempo para las debilidades —ya que sus versos son un homenaje constante a la vulnerabilidad, cosa bien distinta, más noble—. Lo dice en Fonética: ‘Desdecir el idioma, retractarse./ Aprender a callar mientras el mundo/ retrocede./ Comprender los errores de esta lengua./ Abjurar la palabra. Renunciar a la voz./ Recordar que la vida es como el mar:/ como ríos que van/ hacia la nada.’

Pero en esta ocasión me ha sucedido lo que con anteriores y recientes lecturas de otros contemporáneos: la vivencia, traspasada sin tapujos al texto literario, de tan directa, se me ha quedado en un medio hacer. No puedo, o no he sabido valorar aún, un hecho tan personal que no haya sido maleado por la literatura, y en el caso de la poesía, sin que gane un cierto vuelo poético en su escritura. Dejado sin más en la página, tendría más razón de ser en otro tipo de libros, en un diario, por ejemplo. Pero en el caso de uno, siempre tiene más atractivo un poema cuando se centra en describir el misterio de un hecho que el hecho en sí, y siendo razonable y susceptible a las muchas posibilidades que puedan ofrecerse dependiendo de quien las escriba, por supuesto. Por ello, Cuando llegue la hora, refiriéndome a este aspecto, me ha parecido demasiado sencillo, con ciertos poemas muy lineales, pero compensados con otros a la altura de sus anteriores obras: ‘A tientas, sin ser vista, atravesó/ la desdoblez del nido su materia/ y el canto era agua turbia y fue fractura/ el trazo de la rama. Todo músculo/ al final se somete a su desgarro./ Toda claudicación es franqueable.’

Más evidente o más sugestivo, Félix Moyano ha despejado ante nosotros ese paisaje de ruinas y nieblas que no aspira a nada por encima de la agonía que transmite su visión, y repasarlo de principio a fin permitirá comprender cómo podemos hundirnos en él, busquemos las palabras exactas o no, para descansar en su trascendencia.