El presidente ha presentado sus “nuevos” ministros de relumbrón que, salvo unos pocos salientes –Irene Montero y otras ocho caras–, son los mismos que en la legislatura anterior, con las carteras cambiadas. Es decir, que los ministros valen lo mismo para un roto que para un descosido. La profesada hermandad de los ministros es muy importante porque provee al Gobierno de argumentos para su continuidad, que es la base de su vivir, su canonjía y su sinecura. Por eso la hasta hoy portavoz del Gobierno Isabel Rodríguez ha pasado a ser ministra de la Vivienda y Agenda Urbana, que tal y como se está poniendo la cosa, razones van a necesitar. Del país ya no hablemos.
Con el tiempo, el ministro y la ministra van adquiriendo fisonomía propia, fama y cánticos del pueblo adheridos a su cargo, entre el barrio o la provincia y la anhelada vía cortesana, porque todos pasan a mejorar su condición. El ministro es, a la vez, entraña en lo popular –todo el mundo puede llegar a serlo– y consejero áulico de portalón en los redaños monclovitas. Son elegidos por el presidente, no tienen que opositar y exhiben su lealtad antes, durante y a veces después de la legislatura.
En esta feria de los retales, los separatistas ya empiezan a apretarle las tuercas al Ejecutivo: la portavoz de ERC, Raquel Sans, cuestiona que Fernando Grande-Marlaska y Margarita Robles continúen en sus respectivas carteras, ya que cuestiona su "compromiso con los derechos humanos", y ha recalcado por otro lado que su partido no descarta enmendar la ley de amnistía, si es necesario, para darle "máxima seguridad jurídica". Una aparición esta que se irá repitiendo a través de los días en el hemisferio de las Cortes. A pesar de todo, el nuevo Ejecutivo contará con dos validos catalanes: Ernest Urtasun, de Sumar, al frente de Cultura; y, en Industria, el excalcalde de Barcelona Jordi Hereu, único representante del PSC, porque su cartera siempre está rota y es la que no avanza, a la cola de Europa, donde van a sumarse siempre todas las pérdidas, que de eso los catalanes, que pasaron de industriales célebres a la nada indepe, saben mucho. El otero de los ministros vive entre efugios y regazos de los que se sentaron en el despacho, por eso en los ministerios siempre se vive lo viejo pero de otra manera, con los encargos de los recién llegados, como novedosa plataforma, con sus nuevos directores generales, asesores y ejército de secretarios y subsecretarios, bien enlaberintado el sitio para ochavarse y repartir suerte a los amigos sin que se note.
La orla de los ministros es una foto de la suerte, que anima y reconforta a millones de españoles que aún sueñan con ser clase media, reconfortando así la entrada del invierno, pues sin mucho jaleo y tras las protestas de Ferraz, se hace una pausa de telediario y le dan vacación a tanto quejarse al transeúnte, que regresa a su casa porque hace frío y quiere conocer a los nuevos titulares de las carteras, que no son sino viejas caras conocidas, como en el juego de los trileros: la misma bolita que va de cubo en cubo –de cartera en cartera– sin que el españolito se percate bien de dónde ha ido cada quién. De pronto uno se levanta sabiéndolo todo de Transportes y la otra conociéndose al dedillo la Ciencia, la Innovación y las Universidades, porque han sido empujados por la necesidad al ruedo ibérico, en un ascensor social perpetuo que llega al corazón del presidente, su confianza –dicen–, y que no se achantan por nada y montan su casa en un santiamén, allí cerca del Poder, desde donde confirman que su experiencia de la vida ha sido buena, ese vivir como se pueda pero siendo más que los demás, sin saber nada de los asuntos del país, vendiendo su alma al diablo, montando ese alegre tinglado de la propaganda sin tenerse que despeinar.
En los malos momentos del mundo, y este lo es, un puñado de humildes que emigraron a la capital –o ni siquiera les hizo falta– adquirieron otro estatus. No es mala cosa subir en el escalafón de la vida sin sobresaltos por ser amigo de Pedro o de Yolanda, haber sido un buen chico y haber ido varias veces a hacerles la visita, para un buen día recibir toda una mudanza de las cosas nuevas, con esperanzas de porvenir, aunque se haya sido el último de la clase, y poderle decir a la mujer que nos parió: “mamá, ya soy ministro”.