Opinión

Tiros por la culata / o al fin ha sabido el pueblo votar

TRIBUNA

Roberto Alifano | Martes 21 de noviembre de 2023

Salir el tiro por la culata es un conocido proverbio de significado figurado con sentido fácilmente adivinable, ya que calza perfectamente con su imaginario significado. En la práctica, el asunto es muy simple: si alguien dispara un arma de fuego dirigida a un objetivo, y sucede que la bala no sale por el cañón y hacia delante, sino por la culata y hacia atrás, el fallido tiro o disparo no dará en el blanco, sino que dañará a quien ha gatillado; es decir, a la persona que usa el arma.

En las recientes elecciones de la Argentina, Sergio Tomás Massa, el candidato oficialista, a la sazón Ministro de Economía y principal referente del oficialismo, no sólo salió mal parado, sino que fue sepultado por una avalancha de votos a favor de su contrincante Javier Milei, el candidato libertario que él ayudó a crecer para dividir a la oposición para arruinarle la vida a Juntos por el Cambio, la coalición formada por Patricia Bullrich y coliderada por el ex presidente Mauricio Macri, que, por esas vueltas de la vida, fue determinante en el balotaje y es ahora el principal mentor y socio político de Milei.

La sociedad argentina, harta de su dirigencia, entrevió esa trampa, nada ingenua en este caso, y decidió abandonar el territorio conocido, ciertamente devastado por malos manejos y evidente corrupción, para adentrarse en un tiempo político cargado de las innovadoras propuestas del candidato libertario. Digamos que son esas decisiones donde una clara mayoría social prefiere salir de donde está, por la puerta que fuere, porque intuye que cualquier alternativa será mejor que la que le tocó padecer hasta el presente con continuidad de lo peor, haciendo trizas el apotegma “mejor lo peor conocido que lo nuevo por conocer”.

El oficialismo, valiéndose del viejo truco que afirma que cuando la democracia está en peligro el peronismo también lo está. Una remanida historia que hacen circular los partidarios de esa corriente política, muy de utilidad para el pueblo argentino en una época remota que terminó degradada en un corrupto kirchnerismo, al frente de la Argentina (con una breve interrupción de cuatro años, cuando fue desplazado por la coalición PRO, liderada por Mauricio Macri), cuyo fracaso sumió al país en una decadencia que ya es estructural y difícil, muy difícil de revertir; y que, se puede sintetizar en altísimo déficit fiscal, enorme deuda externa e interna, incontrolable inflación, deterioro de los salarios y crecientes índices de pobreza con el patético agregado de indigencia.

Es así que la Argentina se reconcilió con cierta lógica política, que había desafiado en las elecciones de este año como un enajenado que desconoce la ley de la gravedad. No porque ahora le haya dado el triunfo a Milei, sino -y sobre todo-, porque no premió a un Ministro de Economía, que enfrenta cifras incómodas y desquiciadas, falsas promesas, y si vamos a los números podemos comprobar que durante su gestión, que lleva más de un año, la inflación se duplicó, el precio del dólar paralelo se cuadriplicó y la pobreza se abatió sobre un número importante de argentinos, que, según cómo se la mida se calculan entre 3 y 4 millones de personas más.

¿Podía el jefe de esta economía tan destruida ganar la presidencia de la Nación? Como quedó demostrado, no. Pues la gente también vota por el bolsillo, además del consabido hartazgo de la mentira perenne. Si eso hubiera ocurrido, y ganaba Massa, deberíamos estar haciéndonos ahora preguntas más profundas, no solo sobre la política, sino también sobre las condiciones mentales de una sociedad muy particular. Pero eso, felizmente, no sucedió y Javier Milei completó este domingo el salto al poder más extraordinario desde el regreso de la democracia. Arrasó en el balotaje presidencial con 11,5 puntos de ventaja sobre Sergio Tomás Massa y sobre un peronismo unido que debió enfrentar a un partido antisistema, que hace dos años no existía, embanderado en la promesa de una profunda reforma liberal para enfrentar la crisis económica que ahoga a la Argentina.

Como se sabe, toda ciudadanía en general, aparenta desentenderse de cualquier complicación que imponga la política. Pero lo que está en el fondo alguna vez sube a la superficie y muestra su lado bueno. Sin embargo, ojo al Cristo como se dice; si se interroga a la gente por la calle lo que prevalece es una frase menos ambigua que desalentadora: “los políticos son todos iguales y se cuentan en los dedos de una mano los que salvan”, donde prevalece el descrédito y la descreencia.

Sea como fuere, la victoria del frenético candidato Milei desbordó las previsiones de todas las encuestas. Fue el éxito de un candidato sin estructura, que se constituyó en figura pública defendiendo ideas ultraliberales y que, desde entonces, recorrió el país restaurando la consigna de la crisis del 2001 “que se vayan todos”, apuntada a la “casta”. Lo cual, como resultante, dio paso al logro de este libertario que va mucho más allá de su triunfo o de la derrota de Massa. La gente aprende, no caben dudas, y aunque parezca que mira para otro lado tiene los ojos bien puestos. Al cabo de cuatro décadas de experiencia democrática, el resultado de la elección interpela, o debería interpelar, a toda la clase política. Porque antes de vencer al peronismo, La Libertad Avanza se había impuesto sobre Juntos por el Cambio.

Las razones fueron diversas. Entre ellas está, sin duda, un estancamiento económico que se expresa en la suma de recurrentes crisis y que ha deteriorado sin cesar el perfil sociolaboral de los votantes. Más allá de los diagnósticos, hay además un signo de este tiempo; lo que explica la marcha de más de la mitad del electorado hacia lo desconocido, es el repudio a lo conocido. Con el contundente triunfo de Javier Milei sobre Sergio Massa, el país empieza a caminar por una vía que jamás se transitó. Y con esperanzas, que es lo último que se pierde. Se corroboró, además, lo que se venía vislumbrando y dio comienzo a época con un camino nuevo para transitar.

Javier Milei consiguió, en este contexto deprimente y desesperanzado, encender la chispa de la representación en una amplia franja de la ciudadanía. No se dedicó a explicar a esos votantes qué él sabía lo mal que se sentían. Prefirió vociferar, insultar, gesticular, como alguien que se siente como ellos. Supo así conectarse con un clima de época y, en una operación típica del impulso populista, capturó el desasosiego de la gente para impulsarlo hacia la dirigencia. O a lo que él llamó, repitiendo una palabra que expresa tanto al fascismo de Benito Mussolini, al Peronismo de Perón en vida, o como a Podemos, de Pablo Iglesias; resumido en la palabra, “casta”. Dicho esto con menos reminiscencias odiosas, que con certeza política.

Y así, colorín colorado, el nuevo presidente obtuvo una ventaja sobre su rival que sorprendió aun a los encuestadores más certeros. Un desenlace que venía prefigurado por la caudalosa participación electoral que se registró durante todo el día. Massa necesitaba mayores niveles de ausentismo, más turismo por el fin de semana largo, para que aumentara el peso relativo del aparato del PJ. Pero su diferencia en términos de resta frente a Milei fue superior a la esperada. 55,70 por ciento contra 44,30 por ciento más de 11 puntos de diferencia.

Los motivos de este resultado hunden sus raíces en un malestar de demasiados años, que llevaba a una parte muy amplia de la ciudadanía a pretender un cambio profundo, general, que la saque de la angustia, de una vida sin futuro. Para ese grupo, para esa “casta”, que es peyorativamente más que clase política, una supuesta e invulnerable camorra (usando una metáfora tibia o un superlativo adecenado); significa todo lo que huela a poder, a gravitación social, a establishment. Dar respuesta a este clima de época, plausible en eufemismos, hizo que la campaña de Massa no fuera buena -pruebas al canto-; sino todo lo contrario. Tuvo, sí, un marketing bastante aceptable aunque no positivo, diseñado por un asesor brasileño y otro catalán; pero el mensaje de Massa, como se dice en buen argentino “se pasó de rosca y le rebotó en contra”; es decir fue muchísimo más agresivo e incluyó la manipulación procaz de recursos del Estado para un proselitismo caudillesco y casi grosero, apeló a operaciones de espionaje, y sometió a Milei a un mal trato que acaso profundizó en la identificación con un electorado atormentado por la candidatura opositora, que desnudó quiénes son la “casta”. Consciente de que ya no podía sumar votos positivos para su candidatura, Massa apeló a sembrar miedo utilizando métodos implacables que incluyeron al desgastado presidente Alberto Fernández, víctima de un “Ahora tenemos con qué. Ahora tenemos con quién”.

Hay algo más que se puede agregar a esta configuración. Queda un peronismo que ha recibido una derrota extraordinaria e inesperada, pero que en el pasado demostró capacidad de reconfiguración, aunque en este proceso de crisis el peronismo ha salido mal parado y ya no aparece como la expresión popular de la democracia liberal argentina. La corrupción de muchos de sus cuadros dirigentes lo ha sumido en una corporación no confiable. Ante una realidad tan patética como estremecedora, con un pueblo que sufre en el límite, no se puede jugar con fuegos de artificio. En este caso -menos mal- al oficialismo el tiro le salió por la culata.