Opinión

JUECES E HISTORIADORES

Luis María ANSON | Sábado 01 de noviembre de 2008
Corresponde a los historiadores juzgar a Julio César, a Napoleón o a Rasputín. Franco murió hace 33 años, la guerra incivil terminó en 1939, hace 70. La vanidad de un juez estrella no puede enturbiar su mente de tal forma que quiera juzgar al hombre que encarnó aquella dictadura atroz.

Hasta Carrillo, preocupado por su propia actividad en el comienzo de la guerra, ha rechazado el aspaviento de Garzón. Lo que pretende hacer el juez es un despropósito, un esperpento. La Ley de Amnistía cerró la guerra incivil y propició la Transición ejemplar a la democracia de la que el pueblo español ha disfrutado.

¿Se cree tan sabio Garzón como para hacer una sentencia que juzgue al dictador mejor que lo han hecho los historiadores? Varias docenas de libros biográficos, amén numerosísimos ensayos lúcidos, han puesto a Franco en el lugar que le corresponde en la Historia. Por mucho que se empeñe Garzón, sus juicios no tendrán nunca ni la penetración ni la profundidad ni la sagacidad de lo que Paul Preston ha vertido en su magistral biografía del dictador. El juicio de Nuremberg se organizó recién terminada la Guerra Mundial, con los principales colaboradores de Hitler vivos. Ahí sí podían y debían sentenciar los jueces. Fidel Castro, por ejemplo, está vivo. Ha tiranizado a Cuba durante 50 años. ¿Por qué no procede contra él Garzón?

El juez se ha quedado solo en el despropósito de sentar en el banquillo la memoria de Franco. Pero persigue en la desmesura porque lo que quiere es fotografiarse con los restos de Federico García Lorca y producir una imagen que dé la vuelta al mundo. Está distorsionando los procedimientos judiciales para conseguir su propósito, contrario a la voluntad expresa de la familia de Lorca, sin considerar siquiera que al poeta le hubiera horrorizado que hurgaran en sus huesos.

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