Y es que llamo bardo a lo acontecido el domingo 19 de noviembre en la Argentina, apelando al lunfardo, en la acepción de lío, embrollo, molestia, problemas. También barajé la posibilidad de llamar a la escena resultante como un quilombo, en la segunda acepción que recoge el DLE: lío, barullo, gresca, desorden, pensando en lo que se viene si no se hacen las cosas de la manera más sensata.
El triunfo de Javier Milei en la segunda vuelta electoral y la definición tras un desgastante proceso que demuestra la complejidad, acaso innecesaria, del parlamentarismo español, del encumbramiento de Pedro Sánchez a la jefatura de gobierno, apoyado para conseguirla en preocupantes compromisos no menos complejos que los asumidos y prometidos por Milei, cada cual en su realidad, cada cual en sus desafíos, ocupan mi interés. A Mieli cabría ponerlo en pronóstico reservado y retardar la felicitación y no como lo hizo torpemente la derecha mexicana, tan extraviada como siempre, encarnada en el partido Acción Nacional (PAN). Será que a mí me da repelús el anarco-capitalismo. Ha de ser eso.
Para comprender mejor lo sucedido en Argentina, tengo el honor de contar nuevamente, con mi amigo Miguel Ángel Macera, docente en Ciencias Sociales en Buenos Aires, dedicado a la comunicación en una entidad de salud psciocorporal, de quien reproduzco desde allá sus generosas palabras: “Lo primero a decir es que todos aquí podemos agradecer y festejar los cuarenta años de democracia, con una solidez que de ninguna manera nuestro país, en cuanto los ritos electorales e institucionales republicanos, mostró en los 30 anteriores a 1983, luego del derrocamiento de Juan Domingo Perón en 1955. El marco general es auspicioso visto en el largo plazo, en la medida en que pareciera que las formas más agresivas e insurgentes de violencia, o de terrorismo estatal, habrían quedado definitivamente atrás como forma de lucha política, como la bipolaridad ideológica caliente de la Guerra Fría que le hizo de contexto, con una mayoría de los actores públicos y privados desbordantes en prácticas de negociación y confianza en las "formas" republicanas y democráticas en la actualidad.
Las que no mueren, dijo nuestro Sarmiento, son las ideas, y por tanto llegamos a un diciembre de 2023 con un dirigente del peronismo, Sergio Massa, que venía del liberalismo dando fuertes discursos de protección a los derechos sociales, la presencia e intervención estatal allí donde fuera necesario. No obstante, opuesto a la decisión de Cristina Fernández de Kirchner –quien optó por Alberto Fernández para recuperar el poder en 2019– y frente a la derrota del oficialismo en las intermedias de 2021 –sucedida, a su vez, en respuesta al cómo procedió en la pandemia y sus resultantes: inseguridad cotidiana, inflación, ineficiencias y corrupción públicas como combustible de un malestar creciente– animó a Javier Milei a postularse en eso que juró nunca ser: funcionario público. Ese 2021 fue una bisagra. El sector kirchnerista se alejó del presidente e hizo caer sus sueños de reelección ante el avance de Massa, ya como líder de una fuerza pujante con la Unión por la Patria, aunque unos años antes se había promovido prometiendo cárcel para Cristina.
Javier Milei entonces emergía con insultos, amenazas, culpabilizaciones que no omitieron citar al papa Francisco como hijo del Maligno y un largo etcétera con todo aquello que ponderara como positiva la acción estatal en la economía, la educación, lo cultural, etcétera. En lo económico, sus discursos recuerdan y repiten más radicalmente, promesas y esperanzas de Martínez de Hoz, ministro de Videla en 1976 –dictadura que ahora es revindicada por su vice como gesta de unos "patriotas" salvando a la patria– o de Cavallo y Menem en los noventa o de Macri, presidente entre 2015 y 2019. Hay que tener años, que es lo que no tienen los votantes de primera vez, para advertir qué mal terminaron esos funcionarios públicos en cada oportunidad luego de apostar por el individualismo político y cultural, que en dictadura se conoció como "el deme dos": nada me importa si puedo viajar a Miami y traerme dos remeras de contrabando.
Milei es libertario, defensor de una utopía anarco-capitalista, es decir, la desaparición lisa y llana del estado, con confianza en la sola libertad de las decisiones de los sujetos. Llegó a defender la venta de órganos, la libre compra de armas, el cierre de negocios con China y Brasil por "comunistas" y con el decidido apoyo de Macri y su candidata del PRO –Patricia Bullrich, quien salió tercera– y los gobernadores e intendentes de ese espacio, los que llevaron al resultado final, –miembros más conspicuos de los que él llamó "inmunda casta parasitaria política"– mas implicará un fortísimo condicionamiento para la fuerza y gestión de Milei o de su ideario y no podrá establecer como propia la victoria y tampoco embarcar en una política de shock inmediata, que es lo que viene prometiendo –entre otros, eliminar educación pública, centros de investigación prestigiosos, medios públicos– y encontrará un contrapeso opositor en ambas cámaras, así como un sindicalismo muy arraigado en las grandes urbes y sectores claves de la economía, opositores. Su política afectaría a las "clases medias" asalariadas, y sus recortes a todo tipo de movimientos sociales; al tiempo que si quitara planes y subsidios a transportes y energía hogareña y a las pymes, empobrecería al resto de los trabajadores. Su margen de maniobra es muy acotado.”
Mi agradecimiento para ambos por sus generosas aportaciones.
A su vez, con el honor de presentarla en esta columna, apunta sus preclaras ideas mi amiga Graciela Maderna, politóloga y analista argentina: “Imaginaba otro escenario para celebrar 40 años de democracia ininterrumpida. Muy por el contrario, llego a este día (19 de noviembre) más que confundida, porque en mis años de militante jamás viví campaña tan sucia, tan agresiva, tan vacía de propuestas y tan llena de odio por ambos lados. Antes de ir a votar mi cerebro tenía tremenda confusión, pero, bueno, acá estoy con mi cerebro enmarañado intentando comprender cómo la sociedad puede elegir entre dos candidatos nacidos de una misma matriz: el menemismo. Uno, un hacedor de la mala política, esa que roba, esa política que se corrompe, que genera inflación, pobreza y exclusión y el otro, un economista y hasta hace 4 días, panelista verborrágico y antisistema, exaltado, que odia a la política, que promete acabar con su casta, mientras hoy, compite por entrar en ella, ilusionando a los más jóvenes. Como buenos peronistas, ambos son de derecha, uno aplica la máxima del General Perón "poner el guiño a la izquierda y doblar a la derecha", mientras que el otro decide mostrarse tal cual. ¿Saben? después de habernos atrevido a enfrentar a la dictadura con nuestras marchas allá por el '82/'83, lo único que me importa es defender la democracia, porque fuimos nosotros al grito de "somos la vida...somos la paz" quienes pusimos nuestro ladrillo para esta muralla de 40 años. Hoy, el antisistema es Presidente de la Nación y los y las demócratas debemos respetar esa decisión mayoritaria.”
En cuanto a Pedro Sánchez, cabe apuntar solamente una duda, una inquietud: si bien, se comprende que en política se negocia y se parlamenta y se llega a acuerdos, en el tema catalán llama poderosamente la atención que apele a admitir que intervenga en el asunto una suerte de arbitro, de amigable componedor internacional si bien nos va. Eso no puede ser positivo, porque pone en riesgo la unidad territorial de España, dejándola en manos de terceros que pueden tener sus propios motivos para reconocer lo que no les corresponde: la independencia catalana, enmarañando aún más, si cabe, el broncón que supone la insistencia de Puigdemont en pos de buscar la ruptura territorial española con una independencia catalana, referida así, clarito, porque sigo notando que los medios españoles evaden pronunciar la palabra “independencia”, que es la que cabe para dejar en claro la tremenda implicación del quebrantamiento de la unidad territorial española. Los otros vocalos edulcoran y minimizan por activa y por pasiva, el único efecto real, buscado y confesado por el catalán. Eso sí coloca a Sánchez en una posición muy comprometedora y descalificable, al internacionalizar el asunto, cediendo al objetivo en sí de Puigdemont y arriesgando la unidad de España.