Opinión

Valor de la castidad (III)

TRIBUNA

José María Méndez | Viernes 24 de noviembre de 2023

Hemos considerado en los artículos anteriores los tres valores éticos del respeto a la naturaleza, respeto a la persona y castidad sensu stricto. Pasemos al cuarto valor, que no es ético sino estético, y que llamaremos amor conyugal. El adjetivo conyugal indica que, teóricamente al menos, se dan por cumplidos esos tres valores éticos previos. Son obligatorios. En cambio, el amor conyugal no es obligatorio sino recomendable y enriquecedor. Perfecciona a la persona hasta elevarla a lo más alto en la esfera de lo estético.

El amor conyugal nace del instinto de procreación, pero reforzado por sentimientos que localizamos en la psique propiamente humana, o sea, más allá del afecto por su amo que reconocemos en el perro. Se trata de una atracción que proviene en definitiva de la totalidad del cuerpo humano, desde el sexo hasta la psique exclusiva de los humanos.

A veces se da el auténtico flechazo. Así le ocurrió a Romeo al ver por primera vez a Julieta. ¿Quién es aquella dama?.- No la conozco, Señor.- Oh, de ella debe aprender a brillar la luz de las antorchas. Belleza demasiado rica para gozarla, demasiado preciosa para esta tierra. Hasta esta noche jamás conocí la verdadera hermosura.

Sin embargo, a pesar de los arrebatos poéticos del Bardo, ese flechazo no ha ascendido todavía al mundo superior de los valores y la libertad positiva. Permanece en el mundo inferior de la naturaleza causal, en el que se sitúa nuestro cuerpo y nuestra psique.

Lo vemos mejor en el flechazo negativo. Nos presentan a alguien en una reunión y nos resulta antipático de entrada. No sabemos por qué. No le conocemos de nada. No sabemos cuáles son sus gustos u opiniones. Pero nos ha caído mal, como se suele decir. Es algo que surge de manera espontánea en nuestro cuerpo y nuestra psique, y nos presiona causalmente.

El valor estético del amor conyugal empieza cuando entra en escena el espíritu pensante y volente. Está dotado con los operadores lógicos y por tanto con la doble facultad de razonar y decidir. Sólo entonces empezamos a ser responsables de nuestra conducta. Sólo entonces el amor llega a ser de verdad un valor estético.

El amor conyugal aumenta en la medida en que esposa y esposo van descubriendo y apreciando en el otro los mismos valores comunes. No sólo respetan éticamente a la persona, sino que la aman estéticamente por los valores que van viendo en ella.

Hildebrand utiliza la expresión amor esponsalicio. Tiene razón, si pensamos en la frescura y vehemencia de los años juveniles, en que suele tener lugar el noviazgo. Pero parece preferible fijar la atención en la vejez, cuando la fidelidad hasta la muerte ha acrisolado el amor en un matrimonio.

Pues con los valores van apareciendo también los defectos, o lo que no nos

gusta en la conducta del otro. Surgen los impulsos destructores del mejor amor. Incluso viene a la mente la idea de la separación o el divorcio. Pero se superan esas tentaciones por la fidelidad a las promesas nupciales. Estaré contigo en la salud y en la enfermedad, en la abundancia y en la pobreza, en el éxito y en el fracaso. Y es entonces cuando el amor conyugal se supera a sí mismo, se ennoblece y se sublima. Asciende al máximo mérito en el ámbito de lo estético. Se llega a amar al otro como es, con sus propios defectos, que quedan disculpados de antemano. La fidelidad hasta la muerte es el broche de oro del amor conyugal.

En cambio, el divorcio y la separación son el humillante fracaso de los que nunca comprendieron que el verdadero amor supone entrega y capacidad de sacrificio por la persona que se ama. Nunca entendieron que “es mejor dar que recibir”. Nunca fueron capaces de poner el amor a su cónyuge por encima del amor a sí mismos Nunca superaron el oscuro egoísmo, que también procede de nuestra psique y en definitiva de la totalidad de nuestro cuerpo. Se renuncia a ascender al mundo superior de los valores y la libertad positiva, para permanecer en el mundo inferior de la naturaleza causal.

Durante más o menos veinte años después de la boda, si el matrimonio tiene hijos, surge esa maravilla valiosa que llamamos hogar. Según Valverde, el hogar es una experiencia única. Sucede una vez y no se repite más en la vida del hombre. Es la presencia palpable y continuada de un verdadero amor que anima las relaciones interpersonales de los diversos miembros de la familia y constituye la fuerza interior que plasma y vivifica la comunidad más entrañable. En la familia cada uno se siente amado por él mismo, gratuitamente. (Carlos Valverde, “Antropología filosófica”, Edicep 1995). Los padres se aman entre sí con amor conyugal. Pero este amor originario se ha multiplicado tres veces. Aparece el amor de los padres a sus hijos, el de éstos a sus padres y el amor entre los hermanos. Todo eso denota la expresión hogar familiar.

Pasemos al quinto valor que atañe a la castidad y que hemos llamado Soltería motivada. Siempre hay algunas personas que deciden permanecer solteras y renuncian a formar una familia. Y por un motivo noble y elevado, que justifica la continencia habitual. Se trata de otro valor estético, que también enriquece y perfecciona la vida de un ser humano hasta su plenitud como persona.

Suele implicar una especial vocación, que constituye para quienes la sienten la alternativa al matrimonio y los hijos. Se renuncia al uso del sexo para dedicar la vida al arte como Beethoven, a la ciencia como Newton, o al cuidado de los enfermos como Florence Nightingale. Obviamente hay otros muchos motivos, pero baste con estos ejemplos para comprender la esencia de esta llamada o vocación. Lo fundamental es que esta Soltería motivada puede llenar una vida de pleno sentido, lo mismo que el Amor conyugal.

Como sexto y ultimo valor encontramos la Virginidad. También hay que distinguir aquí dos sentidos en esta palabra. Stricto sensu es el valor religioso de la mujer que consagra a Dios su integridad física. Sólo las mujeres pueden vivirlo. Y por este detalle llamamos virginidad a este valor religioso, cuya excelencia axiológica es suprema en todo lo referente al sexo humano.

Pero lato sensu también los varones realizan este valor en el sacerdocio o en las

múltiples instituciones surgidas con el propósito de dedicar la vida al honor de Dios. Aunque hemos escogido la palabra virginidad para denominarlo, la integridad física es una minucia en comparación con lo esencial en este valor, que consiste en dedicar la vida a la gloria de Dios. Si en el caso de la soltería motivada hablábamos de vocación, con mayor razón hemos de hacerlo cuando ascendemos desde lo estético a lo religioso.

Si alguna vez la Iglesia Católica renunciase al celibato de los sacerdotes, los rebajaría desde nivel máximo en axiología, propio de lo religioso, hasta el nivel de lo estético. Ciertamente este último es muy alto y excelente. Pero en todo caso inferior en calidad valiosa a la entrega de la vida para la alabanza de Dios. Se descendería desde amor a Dios hasta el amor a la humanidad. Sería una clara pérdida axiológica. Aparte de la afrenta que supone para los sacerdotes considerarlos incapaces de vivir por amor a Dios lo que otros son capaces de hacer por amor al prójimo.

La conclusión final de todo lo dicho en estos tres artículos sobre la castidad es la siguiente..

Aunque todo el mundo asesinase, no por eso el asesinato se convertiría en algo noble y digno en sí mismo, dijo Kant. Un razonamiento parecido vale para los seis valores que afectan a la castidad. No pierden su brillo o esplendor porque nadie los cumpla. El deber-ser, la nobleza, dignidad o excelencia de esos seis valores es algo que permanece intacto en nuestra época de total permisividad sexual. Aunque el dinero, el poder y la masiva opinión pública se concierten para destruir la verdad objetiva de esos seis valores, nunca lo conseguirán.

El ideal que debiéramos proponer a los jóvenes es el heroísmo de Santa María Goretti, que defendió hasta la muerte su castidad y su dignidad como persona. Pero lo que los adolescentes encuentran en su lugar hoy día es la indulgencia jurídica y social con los violadores en manada.