El resentimiento es un dolor moral que se produce como consecuencia de una ofensa o de una omisión in voluntaria. La ofensa puede darse de diversas formas. Bien como un hecho que alguien realiza contra otro (un descrédito personal, un desprestigio profesional, una agresión o una calumnia), o bien como una forma de omisión, que es una ofensa más sutil pero también muy humana y que opera como el no recibir la invitación que se esperaba, la falta de reconocimiento por una acción bien hecha o cuando alguien no se ve satisfecho por muestras de amistad de una determinada persona o un grupo social. Algo que muy a menudo suele suceder en el tramo inicial de un gobierno. Y es lo que está sucediendo en este desconcertante caso concreto del electo presidente Javier Milei. Muchos que lo apoyaron, hoy le juegan en contra porque no ven satisfechos sus propósitos personales. Muy humano por otro lado, aunque no menos alarmante.
Vemos así que al conformar su gabinete algunos de la propia tropa se retiran ofendidos. Y ni hablar de los opositores que se quedaron con la sangre en el ojo; sobre todo un sector de perdedores, que se sale ahora de la vaina está con los tapones de punta (usando un término futbolero) para agredirlo y no sólo lo siguen desprestigiando por su traza, olvidando el no tan remoto antecedente de Carlos Saúl Menem, que cuando llegó a la presidencia se lo veía no solo como la encarnación de un demonio, sino también como la imitación de Facundo Quiroga, el legendario caudillo de La Rioja, su provincia.
Sin embargo, más allá de la ensortijada cabellera (o peluca), Milei viene usando su carisma y una elocuencia oportuna como arma principal. Es hábil y tiene talento para salir del paso y explicar sus propósitos, lo que le ha permitido forjar un romance y una alianza con un amplio sector y obtener la aprobación de la ciudadanía que harta de la vieja política, “la casta” como él la denomina, tan corrupta como oportunista, no sólo perdió, sino que fue barrida por una mayoría esperanzada que lo apoyó en busca de un necesario, imprescindible cambio. Importante, sin duda, pues allí está la red de contención de un experimento que, tampoco hay que dejar de reconocer, por su propia naturaleza, está expuesto a la crisis o al fracaso desde su hora cero; pues, simultáneamente, tendrá que vérselas con una resentida oposición, con un pachorriento Congreso y con un fluctuante Frente Judicial que, en buena medida responde al poder político, mientras que los entrenados y extorsivos grupos sociales, tales como El polo obrero y El Movimiento Evita (los más revulsivos) entre otros viejos especialistas en medrar del Estado, junto al sindicalismo, empiezan ya, antes de que asuma, a poner trabas y los consabidos palos en la rueda. Pero, “ojo al Cristo”, seamos realistas, no todo tiene que ver con la arruinada y hoy odiosa economía; hay, de por medio, privilegios y prebendas de todo tipo a los que nadie quiere renunciar. En particular buena parte del arco político.
Decía Sir Winston Churchill, un maestro en el arte de la conducción de los pueblos, que “el político debe ser capaz de predecir lo que va a pasar mañana, el mes próximo y el año que viene, y de explicar después por qué no ha ocurrido”. Por consiguiente, cuestión nada sencilla lo que se le viene encima; sobre todo cuando se trata de gobernar un país y, más complejo aun, cuando ese país está quebrado y atraviesa una dilatada crisis definitivamente estatal, que ya es cuasi de desorden estructural, y exhibe incontenibles índices de inflación, déficit fiscal, escasísimos dólares, que alegremente se reparten a granel (valga el oxímoron) y para cada paladar: dólar blue, dólar soja, contado con liqui, turismo y hasta dólar vía Catar, etcétera, etcétera y varios etcéteras más porque la suma de verdes llega a 15 tipos diversos.
Una debilidad de La Libertad Avanza, el nuevo partido fundado e impulsado por Javier Milei que gobernará durante los próximos cuatro años, es la escasa capacidad de movilización que tiene, sobre todo si uno lo compara con el poderoso poder de arrastre de los mencionados movimientos sociales y con el de los sindicatos, que no le hicieron un solo paro al Gobierno que los representó; y ahora, antes de asumir el presidente electo, ya preparan una movilización en su contra por lo que puede venir. Sin duda, el primero de la larga serie que vendrá.
A fuer de ser sinceros y menos alarmantes que realistas, debemos rogar por el bien de la República para que no haya un estallido; aunque sabemos, sin embargo, que como se ha dicho en todos los análisis periodísticos, entramos en una nueva geografía con demasiada incertidumbre, que acosa de los cuatro costados. Es así como los 40 años de democracia que celebra la Argentina, peligrosamente coinciden con una situación inédita, que es la irrupción de esta fuerza configurada en apenas dos años, con un líder emergente que se calificó a sí mismo outsider (y efectivamente lo es), y que a partir de ahora empieza a transitar una nueva etapa empedrada de dificultades.
Ahora bien, este proceso ofrece diversas lecturas. Una corresponde a la población más interesada en la política, que podemos llamar, ideológica; la otra, de analistas, que es la informativa y su dinámica de variables conceptos. Y una más, que en términos de representación, es la que involucra al conjunto de una ciudadanía neutra, que anticipaba un voto en blanco, la mayoría sin militancia y de clase media, portadora de dólares en “colchón bank”.
En este primer sendero, en términos ideológicos, se está viviendo en la Argentina la prolongación de una grieta nada saludable, aunque por demás inquietante, que lleva harto tiempo de existencia (se viene dando desde hace varias décadas), donde nunca dejaron de estar en juego lo que podemos señalar como dos fundamentales valores en juego: “el republicano y el popular”. Este segundo valor, el popular, lo viene representando desde hace décadas el peronismo; el otro, las diversas fuerzas políticas a la que se suma una marcada contradicción ideológica y se ha ido transformando en una disputa en torno al rol del Estado, establecido primero en la economía y luego en una sociedad con un poder abarcativo de formidables dimensiones. Borges, como buen libertario de derecha -acaso como ahora el electo presidente Javier Milei-, lo veía como el principal obstáculo para el desarrollo de una Nación y citaba repetidamente a Oswald Spencer, el sabio autor de “La decadencia del Occidente”, que pugnaba por un mínimo de Estado y un máximo de individuo.
Esto viene a cuento al observarse el conjunto de una población harta de una dirigencia que, en general, ha llegado al colmo de su desparpajo y no hay bala a la que sea vulnerable; esto es con una ex presidente (que cobra jubilaciones fabulosas si las comparamos con las de un jubilado común; un fenómeno muy argentino, si se quiere, que representa los intereses de las personas y el modo para resolver sus problemas. En este caso lo que vemos, encarnado en la fórmula que finalmente llega al Gobierno en la Argentina, “una nueva derecha populista libertaria” que crece en la medida que la democracia muestre cicatrices y déficits de representación. Todos los planos mencionados y muchos más, son los que están puestos en juego en esta ocasión. Y la gente, que aparentemente come vidrio, supo castigas a sus villanos.
En un mismo sendero, la pasada experiencia de Juntos por el Cambio, que llevó a Mauricio Macri a la presidencia está agotada, aunque a través de Patricia Bullrich y del ex presidente, aportó lo suyo para que Milei ganara la elección. En su momento Macri fracasó con el gradualismo, debido a que los sectores que lo componían su espacio político, como ha sucedido antes del balotaje, por ambiciones personales, se dividieron masacrándose entre ellos (esto es el radicalismo, la Coalición Cívica, y lo que podemos llamar el larretismo, todos en una idéntica bolsa), descartando entonces acompañar esta experiencia. Hoy los ganadores están festejando, pero los que han perdido también están pensando en entorpecer la viabilidad de este proyecto, de modo que en la reconfiguración política que ha empezado vamos a tener una reorganización con una derecha muy marcada, con ausencia casi total de la izquierda y un populismo en acción que no está muerto, sino en estado latente; vale decir, lo que podríamos llamar genéricamente una socialdemocracia, donde hay que ubicar a todas las corporaciones desplazadas; junto al peronismo, por supuesto. Porque la recuperación debe ser compartida en una unidad patriótica; de lo contrario no hay salida posible.
Ahora bien, este nuevo partido, que se llama La Libertad Avanza, tiene la obligación, ya en el poder, de empezar a construir esa coalición que lo respalde; es decir, lo que uno imagina como un entramado liberal, para garantizar la gobernabilidad obtenida en las urnas. Asunto nada sencillo, pues aquí lo central es que, debido al hartazgo de la ciudadanía, gana una fuerza que además promete, como hemos escuchado muchas veces, refundar la Argentina, terminando con la decadencia, para dar comienzo a una nueva etapa histórica plena de proporciones enormes entre este proyecto y las bases legislativas y territoriales que esta fuerza exhibe. Pero, por otro lado, debe tenerse en cuenta que es un movimiento débil envuelto hoy en la euforia de un triunfo, que si no construye una nueva coalición, con fracciones del peronismo y la política provincial, no tiene futuro. Todo eso está en veremos, y si juntamos a esto la situación económica crítica en extremo, lo que tenemos es un horizonte de absoluta incertidumbre.
A esta configuración, que puede bien llamarse “crisis de la socialdemocracia”, queda el lastre de un peronismo que ha recibido una derrota acaso menos desconcertante que apabullante y demostró en el pasado sus capacidad de reconfiguración, pero que en este caso atraviesa un proceso de crisis de representación, involucrado con las agrupaciones sociales y sindicales.
Históricamente el peronismo ha sido la expresión popular de la democracia liberal argentina. Y ahí se equivocan aquellos que lo ubican en los límites o por fuera de un poder republicano. El peronismo –que lo viene demostrado de una manera extraordinaria-, es un partido democrático, una fuerza política que acata las reglas de juego generadas por la mayoría, a la vez que garantiza estando en el gobierno una elección de transparencia ejemplar, confirmando las tradiciones democráticas del país. Lo que se espera ahora es que acompañe y no entorpezca.
Esta corporación, llamada La Libertad Avanza y el ala dura del PRO van a tener que empezar a construir lo que uno imagina que es una coalición para garantizar gobernabilidad del país; esto es en coincidencia y armonía. Y otra vez, se da aquí el gran tema es que gana una fuerza que además promete, como hemos escuchado muchas veces, refundar una Argentina que termine con la decadencia, empezando una nueva etapa histórica plena de enorme proporción entre este proyecto y las bases legislativas y territoriales que esta agrupación no tiene. Es una fuerza débil que hoy está envuelta en la euforia de un triunfo, pero si no construye una nueva coalición, con fracciones de la política provincial, que aún está en veremos, lo que tenemos es un puro horizonte de incertidumbre.
Se habló mucho de la opción del voto en blanco, que en realidad representaba la consigna oficial del vetusto radicalismo o la Coalición Cívica. Ese voto fue una mera expresión minoritaria, pero lo que pasó en los últimos días, pocas veces lo vimos, en el sentido de que los argentinos se dividieron en dos grupos y fueron a votar. La victoria de La Libertad Avanza se dio -como ya señalamos- en un contexto inestable, muy inestable. Pero no olvidemos, por otro lado, que es una sociedad con casi el 50 por ciento de pobres e indigentes; vale decir con una situación socioeconómica crítica, y esto les cabe también a otras fuerzas que deben pensar en que hay que reconfigurar la economía. Otra vez; ¿cómo se hace ese ajuste en una sociedad dividida, extremista y con estas condiciones señaladas? ¿Gran interrogante?
Para intentar responder a ciertas preguntas, no queda otro margen que una negociación. Si bien existe el decreto de necesidad y urgencia, esto tiene siempre un límite y luego debe ser revalidado por el paquidérmico Congreso, que se mueve como una gacela, sino como una tortuga. Hay otro recurso, del cual no se volvió a hablar, pero durante mucho tiempo Milei lo mencionó en sus discursos de campaña, que son los plebiscitos. Quizá ahora más que nunca la moneda está en aire. Y, como dice el añejo refrán gardeliano: “en la cancha se ven los pingos”.
En la otra vereda, la señora Myriam Bregman, dirigente de la izquierda (que apenas contabiliza un 3 por ciento de votos) exhibió su puñal acaso inoportunamente amenazante al decir: “A Milei se la seguimos en la calle”. Otro elemento que tenemos que observar en esta Argentina que se viene. Y esto, a nuestro parecer, se piense como se piense, es esencial.
Don Francisco de Quevedo dice en un pasaje de Los sueños que “el tiempo es un enemigo que mata huyendo”. La puesta en caja debe empezar de inmediato; si las cosas se dilatan se reducen las posibilidades. El tiempo es fundamental en estos dramáticos avatares. Cada día que se pierde juega en contra. En el tramo inicial se antepuso el carisma, el encantamiento y la capacidad de maniobra que dio espacio para forjar alianzas con un amplio sector no solo de la ciudadanía, sino también de la política partidaria.
La magia de la representación, carisma mediante, es materia concreta, útil y estratégica en algunos casos, y será obviamente esencial para la tarea en la que está embarcado el nuevo presidente. Hay allí una red de contención para el experimento que, por su propia naturaleza, se ve expuesto a la crisis desde su instante inicial. En política el juego de las transas es fundamental. Aparecerán gobernadores que propondrán el cambio de votos en el Parlamento por aportes económico para sus provincias. Y tal vez eso sea lo de menos.
Los cambios son necesarios porque se está en el fondo del pozo y ya no quedan dudas de esta situación. El baile ha empezado, el asunto está en veremos y en la dinámica de los hechos que se susciten; amén de los inquietantes conflictos latentes y de los probables estallidos, que tampoco se deben subestimar.
Porque atención. También la calle tiene espacio en este complejísimo asunto en el que al Gobierno electo le toca danzar con la menos linda del baile. ¿O, quizá, con la más bella si la gente es comprensiva y sigue exigiendo y prestando su apoyo? ¡Qué la moneda caiga de una buena vez y sea cara o cruz, venga lo mejor que todos esperamos!