Opinión

Medio fardo

TRIBUNA

Joaquín Campos | Lunes 27 de noviembre de 2023

No es la primera vez que sobre mi moto alguien consigue que piense en la próxima columna a escribir, que por supuesto aquí la tienen. Si la semana pasada fue recorriendo las calles de Denpasar con un bolso colgado del hombro derecho lo que consiguió que hilvanara la anterior tribuna, lo de hoy ha sido parecido por su procedencia: me sostenía en perfecto equilibrio mirando atentamente al semáforo en rojo con, entre mis gemelos, un saco abierto de arena para gatos que traje de casa de la familia de mi novia. Ese saco pertenecía a Martina, la gata que desapareció, y ahora su interior servirá de baño alicatado para los dos gatos de siete centímetros cada uno que el otro día me encontré en medio del frondoso bosque. De allí me los traje a casa, y como esos centímetros van aumentando, así como sus excrementos, pensé que sería mejor que esas deposiciones no fueran dejadas más en cualquier sitio pudiendo hacerlo dentro de la caja con esa arena tan efectiva.

Decía que estaba vigilante ante el semáforo, pensando en qué se yo, cuando a mi lado yacía una pareja de extranjeros también a lomos de una motocicleta, vestidos de forma muy veraniega, como mandan los cánones. Por el acento pensé que eran australianos, pero como la conversación duró solamente seis segundos, no me atrevo a asegurarlo. Porque tras mirarnos de soslayo un par de veces él decidió comentar algo: “¿Estás construyendo algo?”, me preguntó con media sonrisa. Y yo, sin haber entendido bien qué quería y por qué se dirigía a mí, le dije que no, ¿por?; cuando él, ya con la sonrisa plena, me contestó: “Como llevas un saco de cemento”. Su chica, detrás, cubierta también por un casco sin cerrar y la parte de arriba de un biquini, sin camiseta, también reía. En general, las conversaciones a lo largo de mi vida siempre me han parecido entre despreciables y prescindibles; monótonas, podría ser el calificativo ideal. Si usted, querido lector, se detuviera ahora a pensar en conversaciones de provecho a lo largo de su vida seguramente no recordaría más que dos, y no será por lo poco que ha hablado, y ya no digamos cuando esos diálogos se posponían en el tiempo por causas alcohólicas y/o psicotrópicas.

Pero bueno, que me sorprendió que aquel rubio sonriente –incluso con el casco a medio cerrar se apreciaba su rubiez– se estuviera cachondeando de mí. Sobre todo, porque en realidad lo estaba haciendo contra todo el gremio de paletas, de albañiles, de currelas, una deshonra a la par que una falta de respeto. Yo miraba el semáforo mientras trataba de encajar los golpes. Y tras su segunda frase me tocó a mí contestar, comentando justo cuando el semáforo se ponía en verde que no es cemento, sino cocaína pura, sin cortar. Luego arranqué, también sonriente, continuando mi trayecto a la velocidad de siempre, cuando por el espejo retrovisor descubrí que aquella pareja se había detenido a un lado de la carretera, o para llamar al departamento antidroga indonesio o para permitir que me alejara de ellos todo los suficiente y más.

Contestar de manera bravucona cuando te están metiendo el dedo en la llaga me parece una salida mucho más honrosa que hacerse funcionario del Estado. Recuerdo, en 2017 –cómo pasa el tiempo– una gran anécdota en la Universidad Católica de Pereira donde estuve disertando, leyendo poemas y contestando preguntas de alumnos y hasta profesores. Uno de ellos, tan pesado como de corta estatura, me repitió varias veces que dónde se llevaron nuestro oro, español. Creo que a la tercera vez, y ante una audiencia de mayoría estudiante, le tuve que soltar lo que en mi cerebro sí llevaba segundos mascando: El oro lo vendimos para comprar su cocaína. Aquello sonó como un tiro en la nuca en el País Vasco en plenos años ochenta. Silencio sepulcral. Fueron, aseguro, varios segundos donde allí nadie me replicaba.

Llamar farlopero, narcotraficante, a un país entero dentro del mismo y ante sus nativos debería ser causa efecto de ganar algún buen premio a los valores y riesgo, bien regado con decenas de miles de euros, que buena falta me hacen. Al menos, ya que nadie me premió, no me soltaron dos hostias. Pero tras el cierre de la sesión, y ya en un aparte, le expliqué a ese profesor, de apellido castellano y vestido con vaqueros posiblemente Levi’s, que yo no sé si los españoles, varios siglos atrás, se llevaron o no el oro, y que si fue mucho o poco; que si no le pedí cuentas a mi abuelo en vida por lo que él había hecho en la suya menos iba a tomarme en serio lo que hiciera, en nombre de España, alguien cuatrocientos años atrás. Y que yo no tenía la culpa de que cocaína y sicario fueran las dos palabras que la inmensa mayoría de la población mundial asocian a su país.

Luego nos fuimos a tomar otro tintico –gran café el del eje cafetero colombiano– y terminamos, como tantas veces pasa en las conversaciones mejorables, hablando de fútbol. Y suerte tuvieron de que nos les pregunté por Andrés Escobar. Pagó él, claro está, el café.