Opinión

En Europa destacamos en pobreza

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 27 de noviembre de 2023

Hay una pobreza endémica en España que va ornando nuestras calles con sus pobres de solemnidad conviviendo con el nuevo pobre, que es joven y guapo, y que es el cruce de la desesperación, la mala fortuna y la quiebra financiera de un país. Dan vida a la calle normalizando el paisaje de la indigencia, con su tragedia pensante y corriente. Los pobres semejantes a los de la gran ciudad que hay en provincias son otra cosa; son pobres con vecindad y más recursos a mano, como si su escasez tuviese raíces en el campo.

Madrid, que es ya como una confraternidad de menesterosos, abre su comedor social de campechanía, con sus fuentes de viandas a granel para revelar que es solidario a su manera, en recuerdo de otras hambrunas lejanas, de las que hablan los cronicones. Hay 12,3 millones de españoles ya en esta situación, el 28% de la población total, según el informe El Estado de Pobreza en España. Seguimiento de los indicadores de la Agenda UE 2030. 2015-2022, elaborado por la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social en el Estado Español (EAPN-ES). Probablemente, cuando en el siglo XXII alguien revise esta iniciativa, le parecerá muy exótica, porque ya no habrá indigentes y se vivirá en una España feliz, en la que todos tendrán el mismo estatus social salvo unas diez personas, que serán los dueños del país.

Ahora que dicen los expertos economistas que hemos iniciado la senda de recuperación, con una recesión llamando a las puertas del continente, España ya es el cuarto país de la Unión Europea (UE) junto con Letonia con el porcentaje de población en riesgo de pobreza y exclusión social más elevado, y que afecta al 26% de sus habitantes, solo superados por Rumanía (34,4%), Bulgaria (32,%) y Grecia (26,3%), lo que supone 4,4 puntos porcentuales superior a la media comunitaria, que tiene el 21,6%. Ahora que se viene la campaña berlanguiana de Navidad, estas cifras se envolverán en un papel de polvorón, porque estas fechas son precursora alegoría de que algo hay que hacer, sentar un pobre a la mesa ya queda muy lejos y, además, no dejan de mirar el teléfono móvil.

En nuestros paseos nocturnos por las calles y callejas de Madrid vemos una legión de necesitados hurgando en los contenedores para comer o preparando sus cálidos camastrones para pasar la madrugada a la intemperie. Estas escenas jamás están presentes en los debates de las cámaras, porque son el recordatorio de lo mal que lo hacen nuestras señorías. La melancolía del fracaso social no será tan grande gracias a que no se habla de ello o se mira para otro lado en los soportales de la plaza Mayor, hacia el lado de la estatua ecuestre del rey Felipe III… Iluminada con los vilanos iridiscentes que lanzan al cielo estrellado los inmigrantes, en el epicentro, tocando casi las alcobas de los pisos nobles de la plaza, donde la gente es feliz. Nos hemos llegado a suponer que alguna vez a alguno de estos infortunados que duermen en los pórticos y atrios se equivocaron en la vida y que la Fortuna los apeó de su casa; y que, pudiendo elegir entre quitarse la vida y agonizar en el arroyo, se conformaron con ver los faroles reflejados en los chorros de agua hasta que le sueño, el frío o la embriaguez de Don Simón se los lleva. El candelabro de las luminarias celebra su rito cada anochecer como el ofrecimiento de una de estas vidas, que fueron mejores en otro tiempo.

Osadamente, ante este desgraciado epitalamio de la pobreza, siendo España el séptimo país con mayor tasa de privación material social y severa según los expertos, nos hemos sentido parte de su desdicha, entre el hielo de la madrugada y el brillo de las luces de neón, y nos hemos preguntado qué fue de su felicidad, cómo perdieron la comba de la vida en la congestionada noche de la penuria, la escasez y el dolor. De esto jamás hablaran los políticos, porque la pobreza está para hacer oír su voz oracular, recordando a cada poderoso que mañana podría ser él también uno de ellos. Esa unión hipostática del pobre y el político, tan incómoda, es, en el desamparo de la noche, una fraternidad revelada y maldita, el imán familiar que atrae sus miradas, que reciben así la consigna oculta de que a unos y a otros les separa una finísima y quebradiza línea, como recordando el mandamiento de la caridad, que sus epulonas señorías incumplen cada día.