El continente americano ha sido perfil para el auge del populismo, un modelo de legitimación social que está colocado entre los dos extremos ideológicos: el capitalismo y el comunismo, pero el corte popular de los liderazgos ha sido unipersonal y de corta duración.
El populismo moderno comenzó en Brasil en 1930 con el presidente Getulio Vargas, encontró un espacio en el gobierno del presidente mexicano Cárdenas en 1934-1960 y se expresó con el general Juan Domingo Perón en Argentina a partir de 1943 en que fue designado ministro del Trabajo y Previsión Social y de ahí construyó el modelo social del peronismo.
De estos tres simbólicos populismos se extraen algunas lecciones políticas: son regímenes capitalistas con objetivos sociales legitimadores, pero sin modificar la propiedad privada de la burguesía y sólo utilizando a las bases sociales como fuerza política de consolidación. Un ejemplo histórico, que pudiera ser considerado un primer populismo moderno, fue Luis Napoleón Bonaparte a mediados del Siglo XIX: organizó a las masas, convirtió su liderazgo en el único camino al poder, ganó las elecciones frente al poder de la burguesía, aunque luego desvió el camino al pasar del presidencialismo a un imperio personal.
Casi todos los análisis inmediatos sobre la victoria electoral del ultraderechista Javier Milei se están concentrando en enfoques de corto plazo y sin escenario histórico. Pero la hazaña no radica en imponer un modelo económico ultrarradical, sino un haber vencido a uno de los populismos latinoamericanos más arraigados en la sociedad: el peronismo.
Como modelo de gobierno, el peronismo nació en 1943 cuando el general Perón, en un Gobierno de facto, fue designado ministro del Trabajo y desde ahí organizó a los sindicatos en torno a una ideología laborista, pero no proletaria. En 1946 Perón dio un golpe de Estado y tomó la presidencia hasta 1955 en que fue derrocado por otro golpe militar. Durante 20 años se exilió en España bajo la protección de Franco y hasta ahí llegaron los seguidores peronistas en 1973, después de haber ganado las elecciones argentinas, para decirle que tenía que regresar al poder, aunque el legendario general contaba ya con 78 años en las espaldas.
Perón regresó a Argentina a tomar la presidencia, pero en medio ya de una nueva fase de lucha ideológica violenta entre la derecha y la izquierda, sobre todo el movimiento guerrillero Montoneros. Uno de los pivotes políticos y sociales del peronismo fue su esposa Eva Duarte, quien encabezó a las masas hasta convertirse en Santa Evita –novela de Tomas Eloy Martínez de 1995--, pero vivió solo 33 años y murió en 1952 ya con el calificativo oficial de “jefa espiritual de la nación” y al frente del partido peronista femenino. A su regreso al país, Perón llegó casado con Isabel Martínez –Isabelita--, a quien convirtió en vicepresidenta, pero sin contar con la dimensión simbólica de Evita. A la muerte de Perón, Isabelita gobernó de mediados de 1974 al segundo trimestre de 1976 y fue derrocada en un brutal golpe militar de Estado.
La historia Argentina entró en otra lógica: la de la disputa del poder sin la figura de Perón y ya muy deslavada la herencia simbólica de Evita. Los militares fueron echados del poder en 1983 y la historia local entró en una montaña rusa con subidas y bajadas a alta velocidad. El peronismo se convirtió en una bandera de quien quisiera asumirla, pero fue Néstor Kirchner, en 2003, quien la llevó como discurso político y económico al poder y duró hasta 2015 con dos períodos presidenciales de su esposa Cristina Fernández. En 2019 el presidente Alberto Fernández, que había sido vicepresidente de Cristina, asumió la presidencia, pero no pudo liderar al peronismo y la figura de Cristina Kirchner quedó hundida en la corrupción,
La otra historia del agotamiento del peronismo se localiza en el fracaso del modelo económico populista de gobiernos asistencialistas que otorgaron beneficios sociales a las masas a cambio de lealtades y votos, pero no pudieron construir una política económica sólida. Los datos son contundentes: de 2014 al 2023, el producto interno bruto de Argentina fue de 0% promedio anual, lo que quiere decir que no hubo crecimiento económico ni empleo social, ni bienestar. La política económica se financió con deuda y pasó de casi 20,000 millones de dólares en 2018 a 350,000 millones de dólares en la actualidad. Y el cuadro del caos económico último se percibe en el periodo 2018-2023 de una inflación promedio anual de 72%, con 150% a mediados de este año y con indicios de que los precios seguirán disparándose sin tener atenuantes en los salarios.
Los diferentes gobiernos de Argentina han tenido que lidiar con negociaciones formales con el Fondo Monetario Internacional, único organismo con capacidad de préstamos para sostener tipos de cambios y presupuestos públicos, aunque a cambio de una condicionalidad de política económica neoliberal basada en un punto concreto: bajar la inflación por el lado de la demanda, con recortes en el presupuesto social, disminución del PIB para enfriar la economía y baja del salario real. Los dos últimos gobiernos de Cristina Fernández, el de Mauricio Macri y el de Alberto Fernández han tenido en el cuello político y social el yugo del FMI.
A pesar de la exigencia del fondo de que no se podía seguir viviendo con inflación que distorsionaba todas las variables macroeconómicas, los gobiernos peronistas de los dos Fernández y el opositor de Macri nunca aceptaron el de enfriamiento económico por el costo social y Argentina quedó al garete.
En este contexto apareció el discurso mediático estridente de Javier Milei y su oferta de un mejor orden económico que tendría que pasar por un programa de choque ortodoxo que sin duda tendrá mayores costos sociales en el corto plazo. Algo similar le ocurrió a México: en 1982 la economía se declaró en quiebra técnica y el PRI pasó de un presidente populista López Portillo a un candidato priista neoliberal, Miguel de la Madrid, quien extendió el modelo FMI de ajuste con su sucesor Carlos Salinas de Gortari. El control del PRI permitió un sexenio neoliberal, el de Zedillo, y la alternancia partidista de PRI a PAN tuvo la garantía de que el verdadero poder de la Presidencia no estaría en el partido sino en Ministerio de Hacienda: Fox puso en esa posición al economista Francisco Gil Díaz, exalumno y exprofesor adjunto de Milton Friedman y jefe de los Chicago boys mexicanos, y el presidente Felipe Calderón llevó a Hacienda nada menos que Agustín Carstens, quien en ese momento era nada menos que el número dos del FMI. Y el presidente priista Peña Nieto le cedió todo el poder a su ministro de Hacienda, Luis Videgaray, alumno obediente de Pedro Aspe armella, otro economista neoliberal que fue operador político de Salinas.
Milei no ganó las elecciones por estar loco o por exhibir con rostro descompuesto una sierra eléctrica de las que se usan para tumbar grandes árboles y anunciar el recorte del Estado. El programa económico del nuevo presidente argentino se basa en el Fondo Monetario internacional y las doctrinas de Friedman, la misma que, por cierto, aplicaron sin resultados los golpistas chilenos de Pinochet.
El verdadero mensaje de Argentina radica en la acumulación de evidencias del fin histórico del populismo peronista y el ingreso del país a una zona de estabilidad macroeconómica que será muy costosa en lo social. Frente al significado de Milei, el populismo peronista nada tiene que ofrecer en el corto plazo por qué los argentinos ya le perdieron adoración al general Perón y a Evita.