Opinión

El Congreso se divierte

TRIBUNA

Jesús Carasa Moreno | Viernes 01 de diciembre de 2023

Penetro en campo minado.

Aprovecho el título de una película que vimos todos en la posguerra. Yo fui, en mi infancia y adolescencia, un tímido patológico. En un grupo de personas, que no fueran de mi intimidad, me costaba mucho tomar la palabra. Algunos hasta me preguntaban, con sorna, si era mudo. Me esforcé en curarme de ello, como de otras limitaciones, ante el convencimiento de que, con mi actitud, no me iba a “comer un rosco”. Y me costó, pero creo que lo conseguí. Incluso me he visto obligado a hablar en público, en bastantes ocasiones y no estoy insatisfecho, ni me desazona hacerlo.

Quizá por todo esto, siempre sentí admiración por los buenos conversadores y oradores. Y siempre tuve claro que la oratoria era un arma poderosa para inculcar una buena idea; pero también, para disfrazar una mala o para vender la propia mercancía, sea buena o mala.

Lo aprendí desde mis tiempos de curioso oyente de los eficaces charlatanes de feria que, con su meliflua oratoria, conseguían abrir las herméticas carteras, atadas con cinco vueltas, de los hombres del campo.

Y en mi admiración por el buen hablar sigo, en las sesiones parlamentarias, con un interés difícil de compartir, hasta a los representantes de partidos sin capacidad de decisión.

En democracia hemos tenido y tenemos buenos oradores. Gente que improvisa o que prepara meticulosamente sus discursos, para recitarlos de memoria o utilizarlos como guión.

Y aunque hemos asistido a durísimos encontronazos entre ideologías y personas y a una libertad en los atuendos, impropia del lugar, nunca hemos presenciado discursos o discusiones groseras, ni siquiera irrespetuosas. Hasta hace poco…

No quiero yo competir con el Diario de Sesiones: pero creo que nunca se ha contemplado en El Parlamento una intervención más destemplada que la de P. Sánchez, subrayando, con una prolongada carcajada, el comentario que, según él, le hizo el líder de la oposición, A. N. Feijóo, de que él no era Presidente porque no quería. La contestación de este tampoco estuvo mal, al considerar que esa risotada podría entrar en terreno patológico. Como veis, El Congreso se divierte.

Pero no era mi intención traeros, hasta aquí, a considerar que no es para reír la importancia de NUESTROS derechos, que El Presidente tendrá que ceder o anular, para seguir siéndolo. Tampoco para evaluar si la desvergüenza ha llegado a tal extremo, que A.N. Feijóo hubiera podido llegar a serlo, si los hubiera cedido él.

Mi intención era traeros a considerar algo mucho más grave y triste. Es que nuestro orgullo, nuestra Transición, que no hizo El Rey, ni los políticos, sino El Pueblo, está herida de muerte. Y hace tiempo.

El Poder Legislativo nunca existió. Decidme si alguien sabe de un caso en que un parlamentario haya reconocido sentirse convencido por los argumentos o razones de otro. ¡Qué va!. Declararse convencido es declararse vencido. El Parlamento (dos Cámaras) es un diálogo de sordos. Es un vivero de futuros ejecutivos de Partido o fórmula de pago de servicios prestados. De allí sale lo que ordena el Poder Ejecutivo.

Pero a pesar de este defecto de origen, la apariencia de democracia ha seguido manteniéndose porque los Partidos jugaban el mismo juego y se limitaban a llevar al Pueblo, convenientemente apacentado, cada cuatro años, a las urnas.

Y porque los Partidos seguían manteniendo un cierto respeto al Poder Judicial, aunque se han venido repartiendo, desvergonzadamente, el apoyo de los Jueces afines a sus ideologías.

Pero, ahora, ante nuestros ojos, se está produciendo el asalto al tercer poder, por un Partido, que no puede llegar a gobernar si no es doblegándolo a su voluntad. Si lo logra será el fin de La Transición; pero, en cualquier caso, quedará tan mal parada que quizá sería mejor hacer una nueva.

Y amigos. Los plañideros del ¡Qué país! echarán, como siempre, la culpa, al Pueblo. A todo el Pueblo. Al pobre Pueblo.