Uno es periodista por vocación, como debe ser, porque ejercer cualquier labor en este mundo tan difícil que nos ha tocado vivir, sin vocación debe ser algo horrible. Escribir, informar u opinar como obligación en esta bendita profesión es querer, tal vez, encontrar un medio de vida. Eso sí, una vida aburrida profesionalmente que incluso puede ser manejada por aquellos que quieren manipularnos y más en estos momentos tan duros que nos está tocando vivir.
Pero yo, gracias a Dios, tengo suerte porque tengo vocación, pero sobre todo tengo a mi Ángel de la Guarda que me cuida en estos días y que yo sé ahora más que nunca, que siempre ha estado conmigo y que no me abandonará jamás. Pero la verdad es que me he enterado ahora de que yo tenía también un Ángel de la Guarda, porque siempre creía y pasaba del tema, que ese asunto, el del Ángel de la Guarda, formaba parte de esas cosas que de niños nos enseñaban y que nos servían para irnos a dormir tranquilos.
He descubierto también que el Ángel de la Guarda no es una figura masculina como nos la han presentado siempre en cuadros y esculturas, porque mi Ángel es una niña y por eso podría bautizarla como Ángela, aunque yo la llamo Carlota, a la que conozco físicamente, porque no se me aparece de vez en cuando, ni va acompañándome a mi lado. Carlota siempre está conmigo y somos muy felices juntos. Eso sí, tenemos algunos problemas de comunicación porque yo parloteo con ella y Carlota me responde con gestos acompañados siempre con una sonrisa.
Este domingo se celebra el día de la discapacidad y yo he mirado a Carlota y con sus ojos brillantes me ha dicho que eso estaba bien pero que fuéramos a los columpios porque a esta Ángela de la Guarda le gusta balancearse y mirar al cielo de reojo, porque supongo que piensa que allí está la verdadera felicidad.
Mi Ángel de la Guarda, perdón Carlota, es bellísima y Dios me la ha colocado al lado con un síndrome, creo que se llama algo como “Syngap1” que parece que se produce por una serie de mutaciones en el brazo corto del cromosoma 6. Dicen que este gen codifica una proteína con el mismo nombre que resulta crítica para el desarrollo de la cognición y de una función sináptica adecuada. Todo esto me lo han contado porque las mutaciones nocivas en este gen reducen la cantidad de proteínas funcionales. Y digo que me lo han contado y he hecho un esfuerzo enorme para créemelo y entenderlo, aunque Carlota se ha encogido de hombros cuando yo estaba leyendo en voz alta la información que me habían pasado, y me ha hecho un gesto que me indicaba que teníamos que seguir caminando.
Y la he obedecido. No podía hacer otra cosa porque para eso es mi Ángela de la Guarda. Hay que hacer lo que dice porque seguro que te lleva por buen camino. Hasta ahora Carlota no me ha fallado y todo me sale bien desde que he descubierto que siempre está conmigo y me protege. Siempre me indica el camino correcto, aunque sus formas a veces no parecen las más adecuadas, cosas mías, porque en vez de hablarte, te da un manotazo y eso indica que “por ahí no se puede ir”. Cuando he salido a pasear con ella, los vecinos la han saludado muy afectuosamente y ella les ha respondido con un saludo moviendo la mano como si fuera una reina. Yo, la verdad, me he puesto celoso, porque quiero que sea solo mi “guarda”.
Es más, cuando por la noche me voy a acostar he vuelto a rezar aquello de “Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”. Y me duermo como un tronco, porque mi Ángela de la Guarda, perdón Carlota, está, y lo sé, protegiéndome.
No sé cómo serán los Ángeles de la Guarda de los demás, pero el mío, perdón la mía, es especial. Cuando la miro a través de sus ojos veo el cielo, a mi mujer, a mis hijos y a mis nietos. Y eso me hace feliz que supongo es la labor esencial de mi Ángel de la Guarda, a quien, por cierto, la tengo que preguntar un día si es solo mi Ángel de la Guarda, y si le es permitido por Dios compartir esa función con mi mujer, mis hijos y mis otros dos nietos y la nueva familia que se ha incorporado, porque la madre del Ángel de mi Guarda, Natalia, ha encontrado de nuevo el amor en la persona de Javier, que con dos hijos, Javi y Ana, son los nuevos hermanos de este gran Ángel de la Guarda, que como muchos piensan que un día dedicado a la discapacidad no basta porque su sonrisa, su amor, son permanentes.