Uno de los mejores descubrimientos literarios que he hecho este año ha sido la obra de Nora Ephron. Al igual que cualquier cinéfilo o aficionado a las comedias románticas, uno la conocía más por ser la autora de los guiones de películas como Cuando Harry encontró a Sally o Tienes un e-mail, habituales en la parrilla televisiva de los fines de semana desde que uno tiene memoria. Me faltaba acercarme a su literatura, y qué adecuados resultan esos momentos si se realizan en el tiempo indicado, como la pieza que es encontrada y debe encajar en el hueco. Así de sencillo, igual que sus textos, admirables si uno siente afinidad por este tipo de humor tan neoyorquino, o únicamente por la destreza con que supo tratar determinados temas que suelen engrosarse peligrosamente con intelectualidad pero no deberían requerir más que una prosa sin afectaciones, liviana, y que su lectura nos hiciera pensar sí, desde luego, no se podría haber dicho mejor. Y esto no es nada fácil.
Los compendios de artículos No me acuerdo de nada y No me gusta mi cuello, este último recientemente publicado y que me ha llevado a escribir estas líneas por si pudiera transmitir al menos la mitad del entusiasmo que uno ha sentido leyendo las suyas, han coincidido con las reediciones de otras dos obras, más populares en comparación —la novela Se acabó el pastel, que también tuvo su homónima adaptación cinematográfica firmada por la autora, y la colección de ensayos Ensalada loca—. Visto en conjunto, es evidente que se ha producido una renovación del interés por la escritora, periodista, guionista y directora estadounidense.
¿Cuál es el motivo? Tampoco es necesario buscarlo si el placer de la lectura se extiende de la primera a la última de las páginas. Puede estar guiándome todavía la febrilidad que deja una compañía tan próspera, pero me inclino a pensar que es debido a la elección que Ephron hizo con el punto de vista a la hora de escribir. Centrándome en los libros citados al inicio del anterior párrafo, tienen en común la vida y la realidad. Hecha la mención de tal modo, no entrañarían ninguna particularidad que pudiera hacerlos destacables, puede pensarse, pero es que Ephron no trató más que su vida y la realidad que la conformaba, la suya y la de sus semejantes, fueran estos sus amigas, sus maridos-exparejas, sus hijos, etc. Al final de uno de los artículos de No me gusta mi cuello, el titulado La historia de mi vida en algo menos de 3500 palabras, lo resume: ‘No consigo sobreponerme a este aspecto del periodismo. Me fascina ver que la vida jamás decepciona. No logro entender que alguien pueda escribir ficción cuando lo que ocurre en la vida real es tan asombroso.’
Espectadora de las capacidades más absurdas y los alcances más insospechados del ser humano, Nora Ephron supo condensar en esta mezcla de artículos con ensayos y semblanzas y bocetos narrativos la grandeza con la puerilidad, empezando por ella misma. Tuvo las agallas de ir riéndose de sus aciertos y fallos, lo cual pudo prevenir que con la edad se le afilara la dureza con la que somos capaces de sajar a nuestro yo del pasado, entrando en el laberinto de lo que pudimos hacer y no conseguimos. Tonterías. Como escritora, huye de esas morbosidades. No hubiera querido ella ser tomada como ejemplo de nada, pero leyéndola es inevitable que uno se lleve alguna que otra lección. Entre broma y broma, ya lo dice el refrán.
El humor salva de cualquier negrura. Las pérdidas de memoria, por ejemplo. El dónde ha puesto sus gafas de lectura, que conlleva la compra de varios pares para tenerlos distribuidos por todos los rincones de la casa, y aun así, no ser capaz de dar con ninguno. La personal recherche proustiana que hace por un strudel de col, uno de masa crujiente y cuyo relleno incita a remover cielo y tierra hasta dar con el nuevo local donde lo venden, si acaso así pudiese recuperar un sabor de juventud. La odisea de su experiencia como inquilina en uno de los edificios de viviendas más codiciados de Nueva York y su progresiva decadencia y mudanza del mismo. Los problemas que da un bolso. Los problemas que dan los bolsos. Recetas, muchas recetas, una pasión por la cocina que recorre su bibliografía. Los consejos de su madre, entre ellos la seguridad de que todo en esta vida es una copia (aunque una traducción más fina hubiera explicado más acertadamente el verdadero significado de esta frase: que todo es susceptible de convertirse en mensaje, en un eslogan) y las situaciones que vivimos les sucederán también a otros, posiblemente igual o de un modo peor, y tener la seguridad de que podríamos estar peor, destensa, hace que, pese a la cantidad importante de lamentos que tengamos preparados para enumerar y que la autocompasión nos haga de paliativo por unos segundos, repito, hace que sigamos y se nos escape una carcajada cuando pensemos a qué hemos venido a la cocina o qué íbamos a decirle a alguien y se nos ha ido el santo por completo. Ya lo recordaremos.