Catarata. Madrid, 2023. 205 páginas. 17 €.
Por Alfredo Crespo Alcázar
En La guerra de Ucrania II. De la conquista de Lugansk a la contraofensiva ucraniana, Beatriz Cózar y Guillem Colom coordinan una obra coral de obligada lectura que tiene como objeto de estudio la agresión perpetrada a partir de febrero de 2022 por Rusia contra Ucrania. Este acontecimiento, que ha condicionado la agenda de gobiernos nacionales y de organizaciones supranacionales, se halla aún lejos de resolverse, una idea que permea por los diferentes capítulos que componen este libro.
Un primer aspecto a tener en cuenta alude a la actitud de Moscú. En efecto, si el Kremlin pensó que la victoria sería fácil, los hechos han desmentido tal premisa. Al respecto, hemos hallado una resistencia casi numantina de los ucranianos, fenómeno en el que han confluido un buen número de factores, rigurosamente diseccionados en la obra que tenemos entre manos. Así, la falta de apoyos por parte de Rusia (Bielorrusia, Corea del Norte, China), lo que le ha obligado a recurrir a mercenarios sirios y chechenos, contrasta con la solidaridad recibida por Ucrania a través de una legión de voluntarios extranjeros y de redes de solidaridad que han recogido ayuda humanitaria y militar. Asimismo, el transcurso de la contienda ha reflejado con nitidez la ausencia de un “plan B” por parte de Rusia, aunque de momento ha logrado sortear parcialmente el aislamiento y las sanciones internacionales.
En íntima relación con el argumento anterior, debe subrayarse la reacción de la Alianza Atlántica, junto con las democracias liberales de otros enclaves geográficos, de tal manera que “cada arma occidental enviada es un arma aprovechada y amortizada al máximo de sus capacidades” (pág. 87). Esto podría acercar a la ex república soviética a una victoria final, además de erosionar la capacidad de Rusia en otros escenarios, como subraya Rocío Vales: “Una vez iniciado el conflicto y, especialmente, una vez se demostró que Ucrania era capaz, con la ayuda occidental, de plantar cara sobre el campo de batalla, está sirviendo para erosionar el poderío militar ruso, así como socavar la influencia de Moscú en otros escenarios, comenzando por su extranjero próximo” (págs. 184-165).
Sin embargo, que Rusia esté lejos de lograr sus objetivos no implica necesariamente que ponga punto y final a la guerra. Por el contrario, de optar por esta última alternativa, sus credenciales como gran potencia quedarían seriamente dañadas. Además, no debe perderse de vista un factor que, a día de hoy, sigue jugando a favor de las expectativas de Putin como es el control de la información en su país. En el exterior, por el contrario, el autócrata ruso no ha logrado imponer su relato: “El impacto de la guerra, con su profunda carga emocional, ha generado una gigantesca ola de simpatía por la causa ucraniana que ha encontrado en las redes sociales el mecanismo perfecto para aunar voluntades y canalizar iniciativas organizadas como redes distribuidas” (pág. 162).
No obstante, como refleja Beatriz Cózar, el factor fundamental ha residido en la ayuda (militar, económica y humanitaria) brindada principalmente por Estados Unidos y la Unión Europea ya que “sin dicha ayuda, Kiev habría terminado cediendo partes importantes de su territorio y quedando como un Estado sometido a Moscú o luchando una guerra de guerrillas sin demasiado esperanza” (pág. 109). Este argumento resulta compatible con la existencia de estados que se han mostrado reacios a armar a Ucrania, apelando a una solución negociada.
Finalmente, uno de los conceptos más sugerentes que aparecen en la obra es el de “guerra por delegación” en la que el gobierno ucraniano sería el actor al servicio de quienes defiende un orden internacional basado en normas. Tal “modelo” de guerra tiene ventajas (por ejemplo, resulta más digerible a nivel interno en países como Estados Unidos) pero también inconvenientes en forma de costes económicos y divisiones que puedan surgir entre quienes apoyan a Ucrania.