Prólogo de Arturo Pérez-Reverte. Debate. Barcelona, 2023. 312 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 8,99 €.
Por Carlos Abella
La lectura del prólogo ya incita por su cruda descripción a leer este espléndido libro sobre la entraña de lo que fue el diario Pueblo; es la pluma del periodista y escritor Arturo Pérez-Reverte, el que consigue que ese preludio atrape al lector hasta su última página, porque es su relato un testimonio de primera mano, como integrante de aquel “Nido de piratas” que era según el autor Jesús Fernández Úbeda, el vespertino Pueblo.
El autor ha conseguido con la biografía de este periódico, que hizo historia, ofrecer una espléndida crónica de aquella España que hoy sólo una pluma atrevida se arriesgaría a describir como única, irrepetible, apasionante y llena de contrastes como los que ofrece la redacción de Pueblo de la que han salido muchos de los más brillantes periodistas de nuestra historia, capaces de todo por amor al periodismo, la captura de una noticia, la descripción de un suceso, la búsqueda de una exclusiva y el descarnado relato de una tragedia.
Para quienes tuvimos la suerte de vivir aquella España, y para desgracia de quienes la hayan condenado sólo por el criterio ideológico y político, es imposible que aprecien los infinitos matices, la coexistencia de criterios y de personalidades que se reunían simultáneamente en el edificio de la calle Huertas 73. Dice Pérez-Reverte en el ya citado prólogo: “Eran otros tiempos, y a tono con ellos, los de la tribu de Pueblo éramos cazadores de noticias de primera página, conscientes de que la vida nos había llevado a ese periódico” (pág. 14). Y con su crudeza habitual afirma que “durante doce años formé parte de aquella pintoresca tribu de canallas sin dios ni otro amo que la fiebre del periodismo y la necesidad de llegar a fin de mes, por ese orden. Durante doce años viví entre desalmados de ambos sexos, capaces de dar la vuelta al mundo sin hablar una palabra de idioma alguno, excepto el suyo y, tener en algún casos seis mujeres y ocho hijos, colarse de enfermero en el hospital donde el yerno del Caudillo hacia trasplantes de corazón, disfrazarse de monja … jugarse la paga y perderla en media hora, encamarse con señoras propias y ajenas y firmar quinientas veces en primera página cuando para eso había que jugarse la magra hacienda y la libertad por conseguir una exclusiva”. (pág.12). “Y es que ya no hay gente así en las redacciones”, concluye Pérez- Reverte.
He conocido a muchos de los periodistas que integraban aquella redacción y en verdad me parece asombroso que en el siempre difícil ambiente de un diario pudiera haber tan distintas y enriquecedoras personalidades, como José María García -apasionante el relato de su llegada a Pueblo- , y la frase que le dijo Emilio Romero: “El periodismo que tú quieres hacer solo puede ser en deportes o bien en municipal”; Raúl del Pozo, Rosa Villacastín, Julia Navarro, que afortunadamente viven y han podido aportar a Fernández Úbeda su testimonio de lo que fue aquel “rara avis” de la historia de periodismo español, que tenía el contrasentido de que la censura podría vetar la imagen de un escote y no la de un cadáver.
Enternece la evocación de los otros muchos extraordinarios periodistas que integraron su redacción y ocuparon sus despachos, porque es rendir homenaje a plumas y palabras tan brillantes como la de Tico Medina, la elegancia natural de Marino Gómez-Santos, la irónica y burlona de Felipe Mellizo, la siempre bien informada de Pedro Rodríguez, la exagerada postura de Jesús Hermida, la listeza de “Yale”, Manolo Alcalá, Miguel Ors, Rafael Marichalar, Francisco Yagüe, Manuel Marlasca, Dámaso Santos Amestoy, y la de quienes fueron pioneros del reporterismo internacional como Julio Camarero, José Luis Balbín, José María Carrascal -recientemente fallecido-, que como Vicente Talón, el citado Pérez -Reverte, Javier Martínez Reverte, se jugaban la vida en Vietnam, el Congo, el Sahara o del apasionante mundo de la fotografía periodística, como fueron las cámaras de Juana Biarnés, Cesar Lucas, la bella Queca Campillo, o Raúl Cancio que vive para contarlo con realismo y admiración y quien afirma (pág. 89): “Emilio Romero tenía más fuerza que un ministro, Pueblo en esa época era más poderoso que un ministerio” y se cuenta en el libro que en cierta ocasión, Carrero Blanco le envió a Romero una nota con la relación de los veintidós periodistas que debían salir de Pueblo, nota que contestó Emilio Romero haciéndole la observación del error que esa carta contenía porque no eran veintidós los periodistas sino veintitrés, y ese último era él mismo.
Al lector le causará satisfacción que en aquella España y en la redacción de Pueblo figuraran con personalidad propia mujeres que ejercían el periodismo como Pilar Narvión -a la que trate en los años de la Transición y que tenía un carácter y una energía envidiables-, Conchita Guerrero, Irma Deglané, las ya citadas Julia Navarro, Rosa Villacastín, Carmen Rigalt, y Mercedes Jansa, a la que hay que citar por su testimonio de lo que era la sexta planta del diario en la página 73. “Era muy divertida la sección de documentación. Había homosexuales, parientes de etarras, gente del PCE, tíos y tías de diversas organizaciones de extrema izquierda…y eso no era n normal en España. Más aun en un periódico del sindicato vertical ¿Qué estábamos todos en la clandestinidad? Si, claro, Pero la sociedad era así: había gais, gente de extrema izquierda, socialistas, centristas, fascistas …había de todo”.
Llegado este punto de esta reseña, es ya procedente hablar de quien fue su poderoso director, el temido y admirado Emilio Romero, al que Fernández Úbeda dedica el capítulo 8, con el título, acertado, de “El rey Sol”, y en el que, con el testimonio de muchos de los ya citados, describe la muy singular personalidad y carácter de Emilio Romero, a quien se atribuyen tantas anécdotas, frases y sentencias como variada y diversa era su personalidad, y a quien Úbeda atribuye esta frase (pag. 89: “Lo más fácil es ser periodista del gobierno o de la oposición; lo apasionante es lo que se dice de mí: que soy del gobierno y no lo parezco”.
Y es que la coexistencia de Emilio Romero con el franquismo, y el poder, sólo se explica-entre otras razones- por la propia personalidad de Romero, capaz de albergar en las páginas de su diario, a gente de distinta condición social, distintas ideologías, y sin embargo todos dotados de la pasión por contar lo que veían, y relatar lo que se decía en aquella España. Su “liberalidad” de carácter facilitaba su generosidad como jefe, capaz de subir la paga a quien lo necesitaba por haberse comprado un piso, de enviar de corresponsales a aquellos cuya militancia política era muy evidente. Las anécdotas sobre su debilidad por las mujeres es otro ingrediente de su personalidad, como lo fue, lo que, en opinión de muchos, fue su aversión por Adolfo Suárez, al que según varios testigos, “no supo ver venir”, y del que llegó a escribir un artículo titulado “Pero quién es Suárez”.
Es duro el relato final de este capítulo cuando el testimonio de Rosa Villacastín sirve para conocer el triste epílogo vital de tan poderoso personaje, cuando (página 113), cuenta que le llamó Emilio Romero y le dijo: “Te llamo porque quiero enviarte mi currículo a ver si los vascos o tu marido pueden hacer algo para que me den un artículo y escribir”. Los vascos eran la cadena Colpisa donde trabajaba el marido de Rosa. Y concluye el autor, afirmando que “Rosa le organizó un homenaje en José Luis y de Pueblo - según Raúl del Pozo- solo fueron él y Carmen Rigalt”. Pueblo murió el primer año del gobierno de Felipe González y Emilio Romero sufrió una demencia senil progresiva, perdió la vista y se lamentaba de que no podía leer. Murió de un infarto el 12 de febrero de 2003.
Pérez-Reverte sentencia: “Ya no hay gente así en las redacciones. Los periódicos de papel mueren despacio, las ediciones digitales sustituyen a las grandes rotativas que antes se apilaban en los quiscos.”
Este es un libro que deberían leer los alumnos de las escuelas de Periodismo, y también muchos de los actuales periodistas para conocer el contexto político y social en el que se hicieron grandes e inmortales otros que ejercían la misma profesión para que así quizás aprecien aquella brillantez, osadía, orgullo, de quienes como ellos figuran en las redacciones de los diarios, de las televisiones y diarios digitales y las radios.