Opinión

Clima de preocupación y la cosa medioambiental

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 04 de diciembre de 2023

Cuando va llegando uno a los grandes resúmenes de la realidad, se le aparecen de nuevo y, por fin, esas grandes cuestiones como la del cambio climático, que remata siempre el debate y cierra las sesiones de todos los cónclaves y convenciones sin consenso ninguno. La cosa del clima y la naturaleza es un elemento digno de figurar en los libros del cole, los comedores de los niños, las marquesinas de los autobuses, las paradas de metro y el asa con la que agarrar la realidad natural sin que nadie –o casi nadie– se comprometa verdaderamente.

Las políticas climáticas están en retroceso, ha dicho el secretario de Estado de Medio Ambiente Hugo Morán, porque nadie se las toma en serio: “Si hubiera retrocesos en la reducción de emisiones o en la prohibición de los coches de combustión sería un retroceso”, ha dicho, si bien cree que la preocupación de los ciudadanos por el medio ambiente es mayor que la de sus políticos y que por eso no habrá regresiones en el tema en cuestión. Acusa el responsable de que la derecha sorbe y sopla en estas cosas. Y si pensamos en los políticos y en la Natura como binomio simbiótico, nos sale un pregón pesimista, porque ni siquiera la figura asociante del votante y el votado funciona. El españolito de hoy en día tampoco gasta su tiempo ni su preocupación en cuidar de los animales ni de las plantas, sino en llegar a fin de mes: los ríos, las montañas y los valles, con los seres que los habitan son el atributo de los tiempos de bonanza, cuando la realidad perentoria no es acuciante y el dominguero se va de picnic o a trepar por los riscos de la sierra imitando a las cabras. También el urbanita se va a saludar al aldeano inocente buscando sus orígenes rupestres, al “oiga, buen hombre”, que era metáfora roussoniana del buen salvaje hasta que don Camilo publicó las andanzas de Pascual Duarte y el campesinado nos aterrorizó a todos.

La Ley de Restauración de la Naturaleza (LRN), una normativa clave del Pacto Verde europeo, sigue tan verde como su nombre indica, siendo la primera gran ley sobre biodiversidad en la historia de la Unión Europea: ha sido aprobada, pero muy rebajada con respecto a su propuesta inicial. La piscicultura llena los mostradores de las pescaderías de peces cautivos, que no han conocido la libertad, salvo la merluza y el rape, que no se avienen aún a razones; porque la biodiverso ya es eso: el animal que resiste salvaje frente al que ha claudicado y se deja comer, manipular y tocar por todos. Así que las propuestas de reducción de embalajes, reducción de emisiones, prohibición de coches de combustión y uso de pesticidas también han fracasado en los plenos de Estrasburgo, porque los únicos que se preocupan del planeta que vamos a legar a nuestros hijos y nietos son los eurodiputados verdes. El hombre moderno no puede tener una mala conciencia y por eso el debate de la biosfera siempre es así: leve y preocupante, como una paradoja eterna.

Lo que está claro es que es un misterio que la madre tierra resista con tanta gentuza viviendo en ella ensuciándolo y contaminándolo todo: esto hasta al negacionista más montaraz no se le puede escapar, porque bastará que se dé un paseo por la Gran Vía madrileña a pecho descubierto y se dé un trago de agua de río en el Pisuerga. Muy atrás quedan estampas que algunos conocimos, cuando el verano era otra cosa junto a un manantial de agua fresca o a una cascada secreta en algún rincón serrano; y allí nos sentábamos a comer el bocadillo de tortilla de escabeche que nos había preparado mamá, con el trago de fanta. La Naturaleza antes sabía a campo blasonado y ahora que se ha aburguesado sabe a detergente e inmundicia: antaño se convertía en gira campestre el asueto del anhelado fin de semana de las familias, que ahora se van a un centro comercial con cines multisala y piscina de pelotas de colores para que, entre pizzas alucinógenas, estrenos palomiteros y ropa “made in Taiwan”, pase pronto lo peor de la semana. Nunca se habló de la catástrofe medioambiental tanto como ahora, porque esa hubiera sido demasiada osadía; pero sabíamos entonces que los ríos de la provincia eran mágicos y sagrados, porque los habíamos aprendido en clase de Geografía, y que, en emulación de los hombres primitivos, debíamos respetar nuestro entorno, pero por sentido común, más que otra cosa. Ahora no es que el cambio climático amenace ruina, sino que la ruina ya es el hombre mismo… y el hombre político por supuesto, que es esencialmente tóxico. Como los hidrocarburos.