Opinión

Lluvia de palabras

TRIBUNA

Óscar Díaz | Martes 05 de diciembre de 2023

¿Desconfías del lenguaje? ¿Tal vez solo de las palabras? Esta Lluvia de palabras o una introducción discursiva a las íntimas investigaciones filosóficas de G,R,E,T,A, G,A,R,B,O, dice (Greylock, 2023) de Madeline Gins lo hace, sabe que ellas transmiten algo que tú has pensado primero, antes de que ellas lo dijeran, vaya, y eso vuelve a la narradora desconfiada, arisca por la posibilidad de suplantación. No es un libro fácil de traducir, por juguetón, así que cabe destacar el trabajo de Blanca Gago e Ignacio Caballero, y qué decir de la edición: si llevas sombrero, este es uno de esos momentos para quitártelo, y si estás en la posición de reconocer públicamente esta labor, toma un ejemplar y haz lo propio, que las cosas bien hechas bien parecen. Y es que Greylock ha reproducido cada aspecto de la cuidada publicación original de 1969.

El texto nos traslada a la experiencia de la lectura, también a sus interrupciones: el sol, la irrupción de un hombre, una hoja que se desprende, el timbre, un trago de zumo, un mordisco a un bocadillo, conversaciones, entrometidos pensamientos (dónde habrá dejado el sombrero), etc. Introduce, asimismo, la materialidad del lector en el proceso, con lo que hallamos un dedo pulgar impreso en ciertas páginas tapando algunas palabras –¿sostenemos acaso el mismo folio que la narradora?–, en la exacta posición en donde va a posarse el tuyo, lector, que estás fuera del objeto. Y como dispositivo metaliterario (anunciado ya en la misma cubierta), de forma oblicua nos enteramos de qué tratan algunas de las páginas del manuscrito que lee la narradora, y que constituiría la capa más interna de la estructura que urde Gins. Así, desde las torsiones de cada parte del cuerpo, pasando por mantras lectores («quiero acabar este capítulo») hasta divertidos ensayos de formalización lógica, como el que provoca el subtítulo G, R, E, T, A, G, A, R, B, O,: un juego con la estrella de Hollywood y las letras asignadas a los diferentes tipos de plataformas en forma de una serie, la autora tira de ti hacia una atmósfera ruidosa, con una fiesta produciéndose, incómoda para tratar de avanzar en el manuscrito, pues todo el rato el tormentoso clima exterior llueve sobre las hojas de la obra.

En este ambiente saturado, leemos la sensación de la lectura. ¿Narración? ¿Poesía? ¿Obra de arte? ¿Libro de artista? ¿Un compendio de investigaciones filosóficas –véanse las listas de definiciones–, como reza el subtítulo? Son preguntas a las que no merece la pena responder; basta con disfrutar de los procesos cognitivos traídos a palabras por Madeline Gins, las cuales «se aferraban a las páginas para conservar la vida», hasta el punto de que en la última carilla se superponen todas y cada una de las que forman esta Lluvia de palabras, un chaparrón que agota el agua, en forma de palabras, de la nube de Gins, una traca final que bien lo vale. Entrar en él requiere esfuerzo, pero es un esfuerzo agradecido, que lleva a deleitarse con esta teorización lingüística puesta en práctica, con su autorreferencialidad abierta, que se deja atravesar por otros libros y escritores, donde la literatura a veces es superficial (pues se recalca su superficie física) y otras profunda (porque te hace recorrer del punto A al B varias estancias), capaz de objetualizar al sujeto y subjetivar al objeto. Aquí, como en el célebre título de McLuhan, el medio es el mensaje.