Tras la reseña de A través del bosque entrevisto a su autora, Laura Alcoba. Esta argentina de 1968 residente en Francia desde los diez años, licenciada en letras y profesora en la Universidad de París X Nanterre, ha escrito la celebradísima novela La casa de los conejos (Gallimard, 2007), El azul de las abejas en 2013 (finalista de los Premios Médicis y Fémina) y La danza de la araña en 2017 (ganadora del Premio Marcel Pagnol. Alfaguara publica en 2021 todos los títulos en un solo volumen: Trilogía de la casa de los conejos.
ENTREVISTA CON LAURA ALCOBA
¿Hasta qué punto se olvida algo como lo ocurrido en aquel liceo parisino, donde la mujer de un conserje ahogó a dos de sus hijos; hasta qué punto se guarda esa historia para otra obra?
En varios libros anteriores, escribí a partir de recuerdos personales. Siempre lo hice desde la subjetividad de la memoria, pero procurando construir algo que se pudiese leer como ficción, que funcionase como tal. Esa materia personal, en particular la que sirve de materia prima a la Trilogía de la casa de los conejos en que abordo el periodo de la dictadura y del exilio desde un punto de vista infantil, se inscribe cronológicamente antes de los sucesos narrados en A través del bosque.
La historia que se encuentra al origen de A través del bosque no es algo que haya dejado de manera consciente para un «después». Aunque parezca sorprendente, me había olvidado por completo de aquel relato que me había hecho mi padre. Tal vez lo haya ocultado en mi mente precisamente por lo impactante y terrorífico de aquella historia. La película de Martin Scorsese, Shutter Island (inspirada en una novela de Denis Lehane que se titula del mismo modo, novela que está a su vez inspirada en un caso real) despertó en mi memoria el relato que me había hecho mi padre a mediados de los años 80.
En verdad, esta circunstancia fue muy turbadora. Porque ese relato fue posterior de varios años a gran parte de los recuerdos sobre los que ya había escrito, algunos de ellos grabados en mí de manera tan nítida... Creo que el hecho que mi memoria haya borrado la historia de Griselda dice, paradójicamente, la fuerza que contiene todo aquello. Como si se tratase de un relato que mi memoria no soportaba, una historia que no era capaz de mirar… Creo que por ello mismo se hundió o se escondió en mi propia mente.
Esa memoria involuntaria que relaciona presente y pasado, según Marcel Proust es «explosiva, inmediata, deliciosa y supone una total deflagración del recuerdo». A usted, provocándole una lógica desazón, le conduce de cabeza a la catarsis que supone crear (escribir una ficción, en su caso).
A la hora de rebuscar entre las heridas para suturarlas y neutralizarlas por medio de la palabra… ¿resultan más efectivos los fogonazos de la memoria involuntaria que los recuerdos trabajados por la otra memoria, la voluntaria? Soy más directo: para dar comienzo a su última novela, ¿le debe más, en este caso, a un film que al poso de su experiencia vital y/o artística?
No se trató sólo del film.
La película de Scorsese, que fui a ver de pura casualidad, me dejó con una sensación extraña: salí del cine con la impresión, un tanto confusa aún, de que ya me habían contado esa historia, de que esa historia yo ya la conocía... Luego, a partir de esa sensación extraña, fui atando cabos. Hasta el momento en que me encontré con la persona que inspiró al personaje de Flavia.
Después de ese encuentro, puedo decir que el proyecto de la novela se puso en marcha. Más que el proyecto: en verdad, ya se había puesto en marcha la novela.
Cuando me encontré con Flavia en un café parisino, tuve la impresión de que ya me estaba llevando la fuerza de esa historia. Si bien yo había acudido a esa cita con un cuadernito, en la posición «racional» de alguien que se propone algo así como una investigación, en ese encuentro Flavia compartió conmigo algo que me ponía en contacto con una memoria tan fuerte y candente, que mi cuadernito era poca cosa…
La memoria viva, aquella que es capaz de conmovernos e incluso de desestabilizarnos, suele aflorar por motivos confusos y de manera fortuita. En todo caso, no se puede forzar esa deflagración de la que habla Proust. El cuerpo, los sentidos tienen mucho que ver en esos «fogonazos». Y sí, creo que hay una materia más profunda y candente en la memoria que brota que en la que se indaga desde la racionalidad. Si bien en A través del bosque las dos se conjugan.
Me descentra un tanto que en A través del bosque, obra abierta a las interpretaciones, aporte usted un argumento de tragedia tan explícitamente concluyente. Para la hechicera Medea, a la hora de acabar con sus hijos (tenemos ahí un punto de coincidencia con su Griselda) sí había motivo para tal desquiciamiento: vengarse de Jasón.
Quedando en sombras porqué esta madre del siglo XX ahogó a Sacha y Boris, ¿convocar a ese feroz personaje de la mitología grecorromana no resulta, quizá, entrometido para el alcance de su novela?
El mito de Medea no es concluyente en A través del bosque.
Griselda es y al mismo tiempo no es una nueva Medea.
La evocación de ese mito en la novela la lleva a espacios y tiempos lejanos, la desconecta de la historia argentina, del aquí y ahora. La vuelve una especie de historia particular y eterna a la vez.
Pero si bien Griselda parece tener algunos puntos en común con Medea, difiere del personaje del mito griego. Ante todo, por la existencia de Flavia. En A través del bosque, Griselda mata a dos de sus hijos y al mismo tiempo parece reconstruirse en torno a la maternidad, a su papel de madre hacia Flavia. Por lo que el mito no la encierra, no la explica, no la resume. Tiene que ver con su historia (funciona como caja de resonancia) y al mismo tiempo no. Griselda es Medea y es una anti-Medea. Tiene que ver con el mito y con su conjuro.
Aceptar el deseo de Flavia de que Laura Alcoba escuche lo que su madre tenga que decir sobre aquel doble crimen, ¿fue lo más atractivo y, a la vez, el más difícil desafío durante su labor investigadora en A través del bosque? ¿Cómo termina asumiendo la autora el papel de intermediaria entre madre e hija?, ¿hubo algo especialmente llamativo para asumir este comprometido rol?
Durante nuestro primer encuentro, Flavia formuló el deseo siguiente: quería que yo escuchase a Griselda para poder transmitirle la historia que su propia madre no quería ni podía contarle. Flavia pensaba que su madre iba a animarse a contarme «ese día», pensaba que conmigo su madre iba a sentirse en confianza. Era algo que visiblemente Flavia necesitaba: que su madre confiase en mí de modo a transmitirle algo de todo aquello a través del libro que yo iba a escribir.
En ese primer encuentro, en la materia tan particular que me entregó Flavia (pienso en esas «cuatro imágenes» que se encuentran al principio de la novela y que me ponían directamente en contacto no sólo con su experiencia infantil sino con algo así como la raíz misma del espanto) tuve la impresión de que se ponía en marcha algo que me superaba. Intenté dejar ese misterio en el libro, inscribirlo en él. Tal vez el libro sea un intento por aclarar la fuerza, la extrañeza de ese primer encuentro con la niña que se había salvado de aquel terrible día de locura y de muerte.
¿Cómo lleva esta desquiciante mezcolanza (en la leída Francia espero que no sea igual) que sufren autoras (y autores) como usted?
Espero que en otras librerías el libro se encuentre en otra estantería... En todo caso, no me identifico como autora de novela negra. Ahora bien, no creo tanto en las etiquetas ni en los géneros. Un buen libro para mí es aquel en que algo sobrevive a todas las etiquetas y géneros que se le haya podido poner encima.
Además de licenciada en letras es usted profesora universitaria… ¿Le motiva advertir a sus alumnos cómo el pesimismo, inherente en lo literariamente más conseguido, planea siempre por encima de las consoladoras artimañas que a tantos escritores da el oficio?
A veces lo negro también consuela. Extrañamente. Por esa función catártica que tienen las tragedias.
Creo que, en lo más oscuro, también puede encontrarse lo bello. Y me parece que es eso mismo, lo que sirve de bálsamo: que la belleza también se encuentre ahí. Que la negritud no pueda con ella. O sea que consuelo, hay. En este caso creo que tiene que ver con la supervivencia.