Es curioso que en el mismo momento en que pensábamos los españoles que el Rey puede ser el último cartucho que nos quede para salvar la libertad en estos momentos trágicos de nuestra Historia, desde alguna gusanera política integrada por rufianes, bellacos, canallas, groseros, soeces, protervos y carne de horca tenebrosa, sale una noticia personal de la Reina Letizia, que debería tener mejor gusto con sus entornos privados, bulo seguro, con la que se ha intentado enfangar la única institución limpia que nos queda en el país, la Corona, representada únicamente por el Rey vigente, Don Felipe VI. Se nota que esa canallocracia sin principios pensaba lo mismo que nosotros, a saber, que el Rey es el último baluarte de la sombra de libertad que nos queda, pero sombra al menos, y hay que cargárselo a favor de una dictadura de modelo rojo. No todas las reinas pueden ser nuestra Isabel la Católica, turíbulo de santidad, cuyos “amblôsmoí” por causas naturales tienen sus pequeños aediculi, como el “amblosmós” que reposa en un pequeño “delubrum” o “navicula” adosado a la pared de la Iglesia de la Asunción de Valdepeñas, la emperatriz Matilde, instauradora de la casa de Plantagenet, la emperatriz del Sacro Imperio Germánico Inés, la zarina Olga, madre de Rusia, Isabel I Tudor, la emperatriz de Austria María Teresa, o Victoria I de Inglaterra, porque, además, todas estas superdotadas eran Jefes de Estado, y hay otras que aunque llevan el nombre de “reina” no lo son, aunque su función sigue siendo sagrada para el concepto de monarquía, transmitir el linaje dinástico, y en esa transmisión cobra importancia la “ámblôsis”, que escandaliza a mi amigo Hughes. ¿Qué psycopompo conducirá las almitas asustadas de los fetos asaltados al Limbo? Pero que no son Jefe de Estado y en ellas no se hace efectiva la acción performativa de reinar. Dicho esto, se ha disparado contra la Reina para herir a su Majestad el Rey. Que en estos tiempos de Revolución haya sucedido este grosero incidente de mal gusto, bulo seguro de rufianes, no es una casualidad, sino que hay que considerarlo una jugada más en el tablero de la guerra política que se está fraguando. Si rascamos un poco la superficie de esta historieta soez, con atmósfera de Zamacois, siempre aparecerá junto a la maldad la política. Ni las reinas, ni ninguna otra hembra, son vehículo del demonio. Tampoco a través de la mujer penetra el diablo en el corazón de los hombres, cosa que alguna feminista trapaleante con piedra en la mano, parte de círculo vocinglero, para la lapidación se haya podido olvidar. Sólo los que han nacido con merecimiento para la esclavitud y el látigo deben guardarse de la meretriz de Babilonia. Estoy seguro, además, que Semíramis fue una gran reina en un mundo de machos babuinos. El hombre es por naturaleza un animal fabulador, y un chisme torpe de reina siempre se acrecienta y se extiende como el fuego, peligrosamente, pudiendo incendiar otros ámbitos que no son los estrictamente privados. El espacio de la calumnia y la invectiva difamante es un espacio rizomático que puede unir todos los ámbitos que recorre la víctima. Los propios asesinos son los lectores de la injuria mentirosa. La mayor parte de los españoles somos monárquicos por posibilismo o accidentalismo, dada la malhadada experiencia que tenemos de las dos repúblicas anteriores. La última vez que huyó el Rey nos pusimos a matarnos unos a otros, y nos da terror pensar que vuelva a ocurrir igual. Sé que otros lo desean por afán retrasado de venganza o por pura ambliopía histórica. Tampoco se trata de morir por los lises de Francia. El caso del interpósito Jaime del Burgo, vigilado por un CNI demasiado parecido a la terrible Okrana, la policía secreta del zar, se asemeja mucho a aquel famoso escándalo del collar de la reina, que Dumas lo describió como una conjura masónica para desacreditar la monarquía. Pero también podría tener la misma enfermedad que Eróstrato, pegándole mejor la etimología del nombre que al héroe loco griego, o ser simplemente un playboy badulaque. Tenía razón Proust: la vida está mejor representada en la música mala, o una mala novela, que en una missa sollemnis, o una obra maestra. Ne margaritas obiice porcis.
Si España tuviera el caché de La France este episodio nos recordaría a Fersen, el amante de la reina María Antonieta, cuyas relaciones tan bien describió el incomparable Stefan Zweig, hoy plagiado por un hispano egresado de la ESO. Y Jaime del Burgo debería recordar con temor que Fersen fue destrozado por aquel mismo elemento, salvaje, indomable y sin patria, tanto da a esos elementa ser franceses o suecos, que llevó al cadalso a la sin par María Antonieta: sangriento y mutilado, delante de la casa municipal de Estocolmo, yacía el cadáver del bello Fersen, el último paladín de la última reina.
Finalmente, las supuestas letras de la Reina revelan una buena lectora de Literatura, sobre todo de poesía, que revelan ecos de un inconsciente archivo culto y un espíritu sensible y enamorado. “Amor, llevo tu pashmina” ( octosílabo polirrítmico ). “Es como sentirte a mi lado” ( eneasílabo dactílico que expresa un símil ) “Me cuida, me protege” ( heptasílabo trocaico con paralelismo de objetos directos anafóricos y verbos sinónimos constituyendo una metábole de gran efecto, por la concatenación del pronombre personal ). “Cuento las horas para volver a vernos” ( dodecasílabo compuesto de pentasílabo dactílico más heptasílabo mixto encerrando una metonimia ). “Amarte, salir de aquí. Tuya” ( eneasílabo dactílico con infinitivos prosecuentes, que rematan el clímax o gradación ). Quien haya escrito esta breve nota, reina o labradora, está versada sin duda en literatura y es una buena lectora. No es de caballeros españoles hacer sangre con estos delicados sentimientos privados y sagrados. Y es de ser bastante megalómano titular un libro con la soberbia y vanidad senil del YO todopoderoso. No es bueno ser cruel ni duro ni sevicioso, ni entraña valor linchar, ni lapidar. “Qui sine peccato est vestrum, primus in illam lapidem mittat”, nos dice el que ya está llegando.