Empleo las palabras latinas Esse y Logos, en vez de las castellanas ser y pensar, para enfatizar mejor la capital importancia de los dos grandes ámbitos que siempre han ocupado a los filósofos, el reino del ser o lo que existe, y el reino de las ideas o el razonar.
De entrada, la disparidad entre ambos ámbitos no puede ser mayor. El reino del ser es inmenso. Abarca desde la más remota galaxia hasta la más insignificante bacteria, pasando por el planeta Tierra y los humanos que lo habitamos. En cambio, el reino de las ideas ni siquiera tiene tamaño. Está dentro de las pequeñas cabezas de los seres humanos, los únicos capaces de pensar.
De la grandeza del genio de Aristóteles da idea el que llegase hasta la raíz misma de ambos reinos, como los hemos llamado. Dios está a la base tanto del Esse como del Logos. De una parte, concibió a Dios como el motor inmóvil, que justifica el movimiento que observamos en nosotros mismos y en el mundo que nos rodea. Y por otra parte, describió a Dios como noesis noeseos o el pensamiento que se piensa a sí mismo.
El mayor mérito de Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII fue pasar desde el limitado movimiento aristotélico a la noción más general de ser o existir. Pues no hay movimiento sin algo que se mueva y sea el protagonista del mismo. El movimiento no es más que un ejemplo particular de lo que existe o es.
Por eso Dios fue descrito por los escolásticos como Ipsum Esse o Ser necesario, el que existe sin haber recibido el don de la existencia. Y por eso mismo no puede dejar de ser. Existe por sí mismo. O si se prefiere, es la existencia como tal, la existencia en sí misma. Como noción de Dios a la base del reino del ser, la expresión Ipsum Esse supone haber llegado al final del camino.
En cambio, el avance a partir de noesis noeseos ha sido mucho más lento. Para tener una noción suficientemente precisa de Dios como fundamento del reino de las ideas, ha habido que esperar hasta el último tercio del siglo XIX, en que Frege y Peano consiguieron formalizar el moderno cálculo lógico. Sólo ahora disponemos de algo comparable a lo conseguido antes en el reino del ser, y que llamaremos Ipsa Veritas.
En vez de una escueta expresión como Ipsum Esse, se trata ahora de un sistema de fórmulas y de reglas para obtenerlas. En realidad, antes de estar en posesión de esa characteristica universalis, como la llamaba Leibniz, la entera historia de la filosofía no ha sido más que una larga sucesión de palos de ciego. Y lo sigue siendo en la medida en que los filósofos continúan ignorando la trascendencia de la lógica moderna enteramente formalizada. Afortunadamente ahora disponemos de la nítida y precisa noción de validez lógica, o fórmula verdadera en todo mundo posible, como también anticipó el genial Leibniz. No consiguió anticiparse a Frege y Peano, pero sabía exactamente lo que significaba la entera formalización de la lógica en la historia
del pensamiento humano. Sería el paso adelante más grande dado por el ser humano en el ámbito intelectual.
Lo mismo que el concepto general de Ipsum Esse ha substituido al mero ejemplo del motor inmóvil de Aristóteles, cabe emplear ahora la expresión Ipsa Veritas, entendida como totalidad del cálculo lógico formalizado, en lugar de la primitiva y ambigua expresión noesis noeseos.
Con todo, lo esencial aquí es comprender que Ipsum Esse e Ipsa Veritas son absolutamente inseparables. Se reclaman entre sí. En la tradición cristiana siempre se ha hablado de Dios Padre y Dios Hijo. Es la terminología que introdujo el mismo Jesucristo, que afirmó con toda rotundidad la unión entre ambos. Tanto que se atrevió a decir el Padre y yo somos uno (Jn, 14, 9-11).
Ciertamente admitir que Jesucristo es Dios Hijo encarnado en este mundo constituye un acto de fe. El hecho de que El pronunciase tal frase no es una demostración. Sin embargo, se trata de un poderoso motivo de credibilidad, como dicen los teólogos. Lo que ante todo debiera sorprendernos es que Jesús de Nazareth hablase en el siglo I como si supiera lo que el resto de los humanos sólo hemos podido conocer con total seguridad en el siglo XX, o sea, que Ipsum Esse e Ipsa Veritas son conceptos absolutamente inseparables.
Por Esse entendemos los tres modi del ser: necesario, posible e imposible. El tradicional cuarto modo del ser, lo contingente o lo posible convertido en actual, no ha hecho más que engañar desde el principio a los filósofos. Erróneamente se lo ha tomado como el punto de partida del filosofar. Sólo cuando hemos reducido a tres los modi del ser, hemos logrado estar en condiciones de establecer la perfecta relación con los tres tipos de fórmulas que componen el cálculo lógico: valideces, consistencias y contradicciones. Se trata de lo que llamo triple correspondencia, el verdadero inicio del filosofar.
Primera correspondencia, válido frente a necesario (Vz↔Ne). Segunda, consistente frente a posible (Cs ↔ Po). Y tercera, contradictorio frente a imposible (Ct ↔ Im).
Las correspondencias primera y tercera pueden compactarse en un renglón. Si explicitamos el afirmador, resulta lo siguiente en lenguaje ordinario: lo sí válido necesariamente sí existe & lo no válido necesariamente no existe. Pero se consigue mayor elegancia y precisión si empleamos símbolos: (+Vz ↔ Ne +) & (-Vz ↔ Ne -). De esto nos ocupamos en el artículo en El Imparcial “Ciencia, Lógica y Dios” de 24 julio 2023).
En cambio, hay que desdoblar la segunda correspondencia en sus componentes positivo y negativo, para descubrir una curiosa simetría con la previa compactación de la primera y la segunda. Resulta esto, si explicitamos el afirmador: lo sí consistente posiblemente sí existe & lo no consistente posiblemente no existe. O más exactamente en símbolos (+Cs ↔ Po +) & (-Cs ↔ Po -).
En lenguaje ordinario solemos preferir puede a posiblemente. Pero aquí tratamos de enfatizar el paralelo entre necesariamente y posiblemente. Aunque tampoco cometeríamos ningún error si tomásemos necesario como pareja de puede.
El lenguaje ordinario nos tiende una trampa cuando sugiere entender de la misma manera el negador delante de una validez y el negador delante de una
consistencia. Pero el negador delante de una validez es una contradicción, mientras que el negador delante de una consistencia es otra consistencia. Con símbolos evitamos todo equívoco. Queda perfectamente claro que + consistencia, con el afirmador explicitado delante, se corresponde con puede +, con el afirmador explicitado detrás. Igualmente una - consistencia se corresponde con puede -.
Digámoslo de otra manera. Antes del Big Bang, la posibilidad de nuestro mundo, en que se cumple la consistencia positiva si llueve el suelo se moja, en símbolos +(A →B), estaba en igualdad de condiciones con la consistencia negativa si llueve el suelo no se moja, en símbolos -(A →B).
Sólo en el lenguaje formalizado logramos evitar toda duda al relacionar las consistencias positiva y negativa con el hecho obvio de que puede sí y puede no se reclaman entre sí. Si compro un billete de lotería, me puede tocar y me puede no tocar. Precisamente en esa unidad radica la inquietante emoción antes del sorteo.
Así pues, el primer dato a tener en cuenta es que la negación de una consistencia es otra consistencia. El segundo dato es la unión entre puede sí y puede no. La conexión entre ambos datos constituye el cogollo, por así decir, de la segunda correspondencia. Ambos datos llevan al resultado (+Cs ↔ Po+) & (-Cs ↔ Po-). Para expresar esto, el símbolo adecuado es &, el conjuntor. Sólo cuando se capta este detalle se llega a entender hasta el fondo la relación entre lo consistente y lo posible. Algo que no es nada fácil de captar sin una atenta reflexión.
La consecuencia de lo anterior es que la segunda correspondencia no deja margen alguno para el idealismo, o sea, una idea que no fuese válida, ni consistente, ni contradictoria y sin embargo se correspondiese con alguna posibilidad de existir. Lo vemos bien en el caso de Kant, que repite constantemente la expresión condición de la posibilidad. En el conjunto de su filosofía tiene casi tanta importancia como el adjetivo trascendental.
Pero posible es un modus de ser. Es algo absolutamente simple y básico. No cabe relacionarlo con algo previo, como si fuera su condición, da igual si necesaria o suficiente. Sólo puede relacionarse biunívocamente con lo consistente en el Logos. El símbolo ↔ del coimplicador es obligado aquí, tal como aparece en la fórmula antes citada (+Cs ↔ Po +) & (-Cs ↔ Po -). El error kantiano de distinguir entre noumenon y fainomenon proviene en último término de no haber entendido que en la coimplicación entre consistente y posible no queda resquicio alguno para el idealismo. Por eso dije antes que no era algo fácil de entender. El mismo Kant no fue capaz de ello.
De modo general y profundo a la vez, cabe afirmar que todo idealismo radica en el absurdo de imaginar una fantástica cuarta manera de poner en relación Esse con Logos, aparte de las tres que constituyen la triple correspondencia, que es el verdadero inicio del filosofar y al mismo tiempo la razón de ser del realismo como opuesto a todo tipo de idealismo.