Una de las cosas que más me llamó la atención cuando era estudiante de primero de Derecho fue la figura del Speaker “el hombre del mazo” de la Cámara de los Comunes del Reino Unido. No porque se sirviera de un instrumento en forma, efectivamente, de pequeño mazo, con el que llama al orden o zanja las discusiones golpeándolo contra la mesa, sino porque, aplicando la convención constitucional vigente en ese país, tiene que renunciar a la militancia en el partido político por el cual ha sido elegido y mantener una exquisita neutralidad desde el momento en que se le escoge como Presidente de la Cámara.
Es realmente peculiar el funcionamiento de la Cámara de los Comunes. Los debates son vivos, los parlamentarios no leen discursos pre-preparados. Se enzarzan en discusiones de fondo, enconadas muchas veces. Aplauden, incluso llegan a silbar “con educación” (admirativamente o como censura) las expresiones ingeniosas que, con relativa frecuencia, forman parte de la discusión. Sin leer papeles y, aunque a veces se aprecia alguna astracanada, es más jocosa que hiriente. Y no tengo noticia de que se obligue a que las actas de la sesión no incluyan lo que l le parece bien a la presidencia ¡Como en cualquier cámara de aquí, vamos! Las actas de las Cortes de la Segunda República son terriblemente explicativas de la radical polarización política que desembocó en la Guerra Civil. Sin ellas no acabaríamos de entender los hechos.
Pero no se crean que el Speaker inglés fue concebido con ese savoir faire. Se ganó a pulso esa función arbitral y simbólica, independiente de la lucha política concreta, y el respeto a su figura al resistirse, hace varios siglos, a entregar a la Corona a unos diputados díscolos para que fueran castigados. Y ese respeto se viene renovando hasta no hace mucho tiempo cuando, por ejemplo, en 2009, el Speaker dimitió por no haber podido, o sabido, controlar los gastos inadecuados de muchas de sus señorías, diputados de prácticamente todos los partidos. ¡Igual que aquí, por supuesto!
Pero no sólo ha habido política de guante blanco en el Reino Unido. El enfrentamiento entre ejecutivo y legislativo ha tenido etapas más bien virulentas, como cuando tras el corto período republicano, la cabeza del déspota Cromwell, tras ser juzgado y ejecutado post mortem, jalonó, atada de un palo, la entrada al Palacio de Westminster durante 25 años. No crean que quiero incitar a que se haga lo mismo con nuestros presidentes de cámaras parlamentarias. Semejante dislate, además de constituir un delito execrable, no es propio de nuestras democracias.
Tampoco tendría que serlo la instrumentalización partidista con que nos pretenden acostumbrar algunas, más bien diría alguna en concreto en este preciso momento, presidencia parlamentaria. Lejos de la elegancia y, al mismo tiempo, eficacia integradora del Speaker de los Comunes, acabamos de presenciar discursos de partido en quien representa a una institución que ha de ser de todos. Incluso en momentos tan importantes como son el juramento de la heredera de la Corona, la apertura de la legislatura o la celebración del 45 aniversario de la Constitución no se ha mantenido la neutralidad institucional debida. También a diferencia de su homólogo británico, la Sra. Armengol no ha dejado de pertenecer a su partido. Ciertamente, no está obligada a ello, pero quien debería representar a todos los miembros de la cámara y cuya remuneración deriva de los impuestos generados por todos los ciudadanos, sean o no sean de su misma cuerda política, no resulta pertinente que nos obsequie con discursos que parecen una prolongación de Moncloa o de Ferraz.
Ciertamente, le tengo envidia a un sistema que exige neutralidad, eficacia y honestidad al “hombre del mazo”. Y cuya costumbre constitucional, cuando algo no concuerda con tal tríada, porque nadie está a salvo de acciones inapropiadas, consiste en que la única salida digna que le queda a quien infringe las normas, por acción o por omisión, es presentar la dimisión. Claro que, si el ejemplo cunde, puede que nos quedáramos con un vacío institucional y con un gran desasosiego. De todos modos, mayor que el que nos invade en estos tiempos ya comienza a resultar difícil de imaginar. Pero nunca se sabe. Siempre pensamos que hemos tocado fondo y resulta que no, que todo puede ir a peor