Cuando las papas queman es una expresión usada en nuestra lengua española para referir un momento límite, que más allá de toda conjetura se presenta con la contundencia de un puñal envenenado y no quedan alternativas o variantes. Situación que bien puede compararse con la que se presenta ante el electo presidente de la Argentina Javier Gerardo Milei.
Porque ahora, sin duda, viene lo concreto. Las papas queman en todos los sartenes y qué hacer ante estas opciones por delante y ante tantas dificultades. En este caso se agregan a pasos agigantados y con un discurso preelectoral elaborado para ampliar una fuerza sin demasiados recursos y sin partido político atrás no es suficiente; sobre todo bajo una realidad adversa por los cuatro costados. Nada que sorprenda, sin embargo, se trata de las peculiaridades propias de una fuerza que creció con una velocidad vertiginosa en medio del conflicto y con los trapitos de la clase dirigente. La Libertad Avanza fue un producto atractivo para muchos ciudadanos que ahora, bajo la lupa de la gobernabilidad, se ven como carencias. En síntesis: ahora, se quiera o no, es la que avanza es la realidad.
Ya lo hemos señalado en esta columna y lo repetimos: el cambio de los usos no es lo mismo que la corrección de los abusos. Sin embargo, las transformaciones radicales y rápidas, empezando por la voladura del Banco Central y la eliminación del peso para reemplazarlo por el dólar, parecen haber entrado en boxes, postergados por la adopción de cambios graduales, que crean nuevas condiciones.
Esto, tal vez, con la esperanza de poder concretar algún día aquellos cambios disruptivos, aterra a ciertos tibios de adentro de La Libertad Avanza y a opositores. De allí, es probable, vienen algunas renuncias de la tropa propia para poder asumir con todos los cargos gubernamentales. Comprensible, por supuesto, pues impulsar una revolución no es moco de pavo, como se dice en buen criollo. Ya que hay que contar con ejecutores y la realidad que se le fue imponiendo en estos primeros días al Presidente electo no la determinaron solo los factores estructurales y exógenos, como son la desastrosa situación económica, financiera y social vigente. O la comprensión de que la realidad es más compleja y menos dicotómica que él mismo creía. Tampoco la modeló el poder remanente de los derrotados en las urnas y de los casi seguros afectados por el proyecto victorioso, que amenaza con tocar intereses y terminar con atesorados y oscuros privilegios. Tan es así que la denominada “casta”, para decirlo en el lenguaje de Milei, está aún golpeada por la derrota y la sorpresa del porcentaje obtenido por el ganador, unificado y resistido por votantes de izquierda y centroizquierda, viejos perdedores que no pueden superar el histórico 3 por ciento.
El clima de opinión, en tanto, quedó paralizado por el aturdimiento que sucedió a la explosión; aunque en las redes sociales y en episodios callejeros, por ahora aislados, hayan avanzado, inquietantemente, algunos vengadores libertarios para atacar a quienes se identifican con valores y opiniones opuestos a los suyos. En la primera semana, la mayoría de las limitaciones llegó a través de factores endógenos del espacio triunfante, que se están modificando antes de asumir el Gobierno; dicha fisonomía amenaza públicamente con reconfigurar la identidad construida desde que el anarquista Milei se asomó a la vida política, no hace todavía tres años.
La dinámica con la que se suceden los acontecimientos, el sistema de toma de decisiones y la forma en la que se eligen y descartan tanto proyectos como candidatos a ocupar cargos sumó sorpresa y zozobra al entusiasmo de muchos de los propios y desconcierto en los opositores. El vertiginoso tránsito que fue del ingreso en la política a la campaña y el triunfo electoral resultó mucho más expeditivo y sencillo de lo que está mostrando ser la gestión de la victoria, la construcción del equipo de Gobierno y la llegada al poder. Las tribulaciones y los problemas que emergen ahora son la resultante de algo más profundo que no se reduce a la ruleta de nombres que salen y entran, que arrojan ganancias temporarias para unos y pérdidas definitivas para otros.
Frente a la mirada expectante de la mayoría de los tomadores de decisiones y formadores de opinión, solo los mercados reaccionaron mayoritariamente en sentido favorable en la primera semana del pradial libertario. Aunque no fue el caso de los bancos, afectados por el peso de la montaña movediza de Leliqs que atiborra sus carteras. La suba de acciones de empresas argentinas asoma como un acto de fe o una apuesta basada en la convicción de que los activos argentinos están demasiado baratos y que tienen un gran potencial de alza. “Alto riesgo y baja rentabilidad en potencia”, como lo definió un inversor. Habrá que ver cómo reaccionan los jugadores del mercado ante las últimas novedades, la falta de definiciones y algunos tropiezos.
Es así como los pasos fundamentales provocan vacilación y desconcierto. Son cuatro y lo que ha quedado demostrado hasta ahora es que, más allá de la muy genérica propuesta radical, hay muchos déficits puntuales. Y se sabe que Dios y el Diablo están en los detalles. Son muchos los pasos que aún le quedan por dar a Milei para llevar a cabo su proyecto, sea revolucionario o reformista. Primero, faltan aún el programa y los nombres de los ejecutantes principales de una partitura que tiene solo definido el estilo, pero que se escribe sobre la marcha y en función de las características personales de cada intérprete. Luego, el Presidente electo y su equipo deberán definir y diseñar las políticas públicas concretas por llevar a cabo. Como ya se advirtió, los proyectos y los tiempos de ejecución prevista cambian al ritmo en que se modifican nombres y equipos y se exploran alianzas políticas. Conflictos y tensiones están a la orden del día. El armado de un Gobierno y, más aún, la construcción del poder no son dificultades menores.
En tercer lugar, como mínimo, Milei deberá asegurarse la viabilidad de sus proyectos, ya sea en el plano burocrático, legislativo y legal. El siguiente paso será contar con el soporte político del Congreso para llevarlos a la práctica y exponerlos a la prueba de la realidad. Y, por último, tendrá que hacer que funcionen y cumplan sus objetivos. El voluntarismo, si no se cuenta con el poder para pasar de la idea a la transformación de la realidad, naufraga en un mar buenas intenciones.
La conclusión es que todavía hay muchos temas, demasiados en discusión, reconocidos por el propio Milei. Digamos demasiados para la ardua magnitud de la transformación que se propone; la crisis existente con la que asumirá su Gobierno y los desafíos que enfrentará dentro de pocos días son todavía una gran incógnita. Por ahora, lo acompañan y lo ayudan el aturdimiento de los derrotados, la sorpresa social y la expectativa que todo cambio de sentido genera. La reconfiguración del mapa político todavía ni siquiera empezó y la amenaza de reestructuración profunda de la maquinaria estatal mantiene en estado de parálisis a la mayoría de los actores.
Cierto. En muchos casos el silencio manda cuando el reordenamiento político partidario, está en etapa germinal. A la crisis de liderazgo, al fin de ciclo de estructuras que dominaron las últimas dos décadas y a la crisis de representación que atraviesa casi todo el establishment se le suma la fuerza de gravedad que empieza a ejercer Milei tras su consagración. Por ahora, el libertario se ha movido entre el intento de no quedar preso de ningún aliado de último momento. Una de las personas que conoce Milei desde hace más tiempo lo califica de “estratega intuitivo”, una categoría que agrega originalidad a su peculiar currículum. Los movimientos de la primera semana como presidente electo, por lo pronto, han desconcertado a aliados y adversarios. Tal vez sea por aquella condición. La duda de muchos de ellos es si está confundido o aprovechando la confusión de los demás, mientras define la estrategia y el signo de su gestión.
El partido de Milei es un producto atractivo para muchos ciudadanos por esas características que ahora, bajo la lupa de la gobernabilidad, se ven también como carencias. La dinámica política es avasallante y el tiempo, al buen decir de don Francisco de Quevedo “es un enemigo que mata huyendo”.