La publicación en París, mediado el mes de octubre, del libro José Ortega y Gasset. Penseur de l’Europa, de la hispanista francesa Béatrice Fonck, es un acontecimiento editorial de gran interés para España. Ortega (1883-1955) nos representa aún hoy en el extranjero con viveza de ideas. Fonck documenta y reivindica su figura internacional como pensador del concepto Europa. Ortega se autodenominaba decano suyo desde el contexto vital hispano. El libro se lee con interés y estímulo crecientes. Nos revela de nuevo los hitos del pensamiento y obra orteguiana. No pretendemos una reseña suya, sino resaltar la filosofía europea que Fonck espiga en el pensamiento de Ortega. El filósofo la concebía en 1946 como una “super-nación” capaz de trascender los nacionalismos históricos una vez unificada. Fonck sensibiliza el contexto crítico que el continente despertó en intelectuales de entreguerras y quienes ansiaron un continente político, culturalmente consolidado desde la idea de un “concierto europeo”, ya atisbado por Wilhem von Hulboldt en el siglo XIX. El nombre de Ortega se une así a los de Aristide Briand, Robert Shumann, Jean Monnet, Paul Valéry, Coudenhove-Kalergi (fundador del movimiento Unión Paneuropea, al que se adhirió el pensador español), Oswald Spengler, André Gide, Jacques Maritain, André Malraux, Albert Camus, y un largo etcétera en el que figura también Miguel de Unamuno con el precedente de Ángel Ganivet..
Fonck encuadra la filosofía orteguiana de Europa en dos postulados sintéticos de vida, pensamiento y obra, uno histórico, racio-vitalista, y otro ontológico. En la mente de Ortega están el trasfondo griego, el romano especialmente, pero también el previo mediterráneo de las civilizaciones fenicia y etrusca, cuyo rastro histórico es el “andalucismo” entreverado de cultura árabe. El filósofo lo compara sorprendentemente con el modo chino de entender la vida. El talante “vegetativo” del Mediterráneo y el concretismo material de objetos e instrumentos, ya plasmado en el arte rupestre de Altamira, al sur de Europa, contravienen como remanente de fondo el racionalismo nórdico. Lo instigan con expectativa nueva frente a la crisis angustiante que los pensadores transpirenaicos intuyen con clarividencia analítica, pero sin sosiego de ánimo desde finales del siglo XIX y comienzos del XX. La incertidumbre originada por las dos grandes guerras mundiales confirma, con la civil española de por medio en 1936, la crisis existencial de carácter nihilista en muchas mentes y desesperanzada en otras escépticas. La búsqueda de un sentido histórico tras el análisis radical de la vida e indigencia humana contrapuesta al impulso de libertad, centrada para Ortega en un compromiso humanista de raíz liberal, creadora, y sobrepuesto al mito del progreso técnico, configura el postulado ontológico de su filosofía europea, según Fonck.
Este horizonte histórico de cultura centenaria, persistente desde la distribución diocesana de Roma, mantenida por el cristianismo como regulación administrativa, vigente hasta ahora mismo, halla en la misión de la Universidad un horizonte de esperanza. Nos lo recordaba Umberto Eco poco antes de morir en 2016. Desde la Edad Media y Renacimiento permanece una constante inquietud cultural que llega hasta nuestros días en hombres e instituciones con la enseña de la libertad como signo de esperanza. Frente al desánimo, a pesar del progreso científico e industrial, y al materialismo, Ortega confía en que la cultura aflore creando el eje de equilibrio simbiótico entre ciencia, también afectada por el principio atómico de incertidumbre, docencia, investigación y difusión espiritual, comunicativa. Esto último corresponde en gran medida a la prensa arraigada en la naciente sociedad media (el “hombre medio”) y altavoz de la opinión pública, del ente europeo. Dentro de este paradigma, Ortega entrevé en la ilustración española una vanguardia del dinamismo histórico. Su esencia es la imaginación creadora, savia constitutiva del Estado, objetivación social y “obra de imaginación absoluta”. En ella habita “el poder liberador del hombre”.
El proyecto de Europa alienta de este modo y como “Lebenswelt” o mundo de vida -concreción real de cosas en la mente de Husserl- un horizonte espiritual corporeizado como“anatomía secreta del existente” bajo el “caos” de la existencia. La amenaza un instinto de destrucción cíclica y tensión secesionista de los nacionalismos, como el de Cataluña y País vasco en España. Ortega los tilda de epifenómenos, pero propensos aún hoy a extenderse por el resto de Europa. Atribuye más peligro a esta invertebración social que al comunismo, en cuyo programa entrevé, sin compartirlo, cierto atisbo moral.
Fonck acierta al proyectar en la filosofía europeísta de Ortega el dinamismo que el filósofo advierte en la historia como nervio de civilización, patente en el pensamiento, política y arte español. En él destacan las figuras de Velázquez y Goya como hitos del resplandor palaciego y vital, de una parte, y convulso ya el tiempo, con los espectros de la modernidad revolucionaria, en la otra. La crisis europea, a la que opone el filósofo la imaginación creadora, reivindicada luego en el mayo francés del 68, y un estímulo entresacado hasta de la inseguridad, latente en el pulso generativo de cada época, proviene del estancamiento del “hombre medio”. Somete su impronta de individuo libre a la masificación industrial del trabajo, conducta y tópicos culturales. Es el trasfondo de La rebelión de las masas, libro publicado en 1930, año también del Memorándum auspiciado por Briand para la construcción de los Estados Unidos de Europea, proyecto ratificado en Ginebra, ciudad donde se había fraguado, en 1919, la Liga de las Naciones. El contenido de La rebelión de las masas se cumple hoy como nunca y tal vez por eso tiene aceptación internacional considerable.
El impulso del dinamismo histórico, que es común raíz vitalista de existencia libre, funciona en Ortega -esto lo añadimos nosotros- como alternativa dialéctica del idealismo tanto hegeliano como marxista. Entrevera la doble vertiente del existencialismo nihilista y esperanzado. Su optimismo procede del trasfondo ilustrado que la imaginación creadora transmitió como pueblo, especialmente en España, o a través de individuos tan concretos como especiales. Esta esperanza de unión creadora se traduce en horizonte científico no exento de perspectiva religiosa, pues la creencia es resorte histórico de igual índole que la razón, resume finalmente la hispanista francesa.
El libro sobre Ortega coincide además con otra reedición en París de un artículo notable, en formato libro, de Valéry: Propos sur l’inteligence. Lo había publicado inicialmente en 1925. El famoso poeta y ensayista francés analiza con agudeza intelectual la Crisis de la Inteligencia que ya preocupaba en Europa tras la primera guerra mundial de 1914 y que había tratado antes, en 1922, como Crisis del espíritu. Tal término equivale en Francia al valor creativo de la inteligencia. Y el tema fue objeto de reflexión filosófica por parte de Husserl al publicar en 1936 la Crisis de las ciencias europeas.
El análisis de Valéry se centra en el declive de las profesiones liberales como consecuencia del debilitamiento de la facultad intelectiva, que afecta a lo que él denomina “inteligencia-clase”. Se refiere al conjunto de intelectuales, artistas, profesionales que cifran la relación del hombre con el aporte espiritual del conocimiento y de la creación. El maquinismo del siglo XX establece una nueva determinación humana. Reduce al hombre a pieza de engranaje. Hay máquinas específicas de impersonalización institucionalizada. Fuera de ellas el individuo no tiene significado, consistencia. La programación nos convierte en “objetos de especulación”. Nos cosifica. Es, por lo demás, tendencia histórica consistente en clasificar la inteligencia según parámetros sociales que fijen la función y condiciones de existencia. Lo que no cuadra en el organigrama previsto, resulta incierto, inclasificable, comprendido en ello el tiempo-espacio en apariencia inútil, como es el de la meditación secreta de la obra antes de manifestarse públicamente. Nos rendimos ante el imperio del instante, avocados, reflexiona Valéry, “a los efectos de choque y de contraste, y forzados casi a no considerar sino lo que ilumina una excitación del azar”. Por eso buscamos y apreciamos, sigue diciendo el pensador francés, el boceto, esbozo, los borradores”, pero desaparece, prácticamente borrada, la noción de acabamiento. Eliminamos la contemplación creadora. Y así hay intelectuales fungibles, sustituido uno por otro en el ajuste de la máquina social, e intelectuales insustituibles, pues no tienen un otro. La carencia de recambio nos sitúa entonces ante el difícil juicio de valor y el tema “insoluble de la determinación del mejor” o aristometría.
La clase social de la inteligencia analizada por Valéry remite a “la necesidad de dar al espíritu, bajo las especies de ciertos hombres, una plaza definida en el cuerpo social”. Recordemos que Platón dejaba en el ejido a los poetas no encuadrados precisamente en el paradigma social del Estado. Y tanto las dictaduras como las democracias populistas suprimen de variado modo el espacio-tiempo no controlado del individuo.
El lector avisado habrá reconocido en el ideario de Valéry connotaciones con los conceptos de deshumanización, masa social y élite de Ortega, tan denostados en España por cierto público al eludir el contexto diacrónico de la imaginación creadora que los auspicia. De ella depende el sutil desarrollo intelectual de la civilización humana. Es lo que hoy entendemos en el entorno europeo por excelencia, noción también preterida cuando falla la discriminación semántica del lenguaje, el valor de las palabras.
Si proyectamos este trasfondo crítico de Europa, por una parte, y optimista, por otra, sobre la situación actual española, nos encontramos en similar o casi igual encrucijada histórica. El vacío de la presidencia política que aún nos corresponde dentro de la Unión Europea -último semestre de 2023- es oportunidad perdida en aras de un serio y peligroso desfondamiento cultural y democrático de las instancias más representativas del Estado. Hubiera sido una gran ocasión histórica de análisis crítico de España en el “concierto europeo”. Lo hemos propuesto a diestra y siniestra sin verdadero interés cultural y político por parte de las instituciones. Y es necesario, tal como avanza la crisis democrática, que es social y ontológica, de España. Si Ortega intuyó en su dinamismo histórico una reserva espiritual de Europa, como recuerda Fonck, hoy día solo vemos, pese al dinamismo popular, un protectorado o redil de astuta calaña y ovículas abrevando.
España sigue siendo el problema y a día de hoy no sabemos si Europa será la solución, parodiando la famosa frase de Ortega y Gasset. En todo caso, la respuesta depende solo del pueblo español, de si guarda o no voluntad dinámica de recuperación histórica.