Al mejor estilo bolivariano, Pedro Sánchez ha comenzado su segundo mandato con los ojos puestos en las empresas, organismos e instituciones de las que quiere apoderarse. Se trata del entendimiento totalitario del poder de la extrema izquierda.
No existen límites para un presidente que, contra pronóstico, sortea todos los obstáculos y se mantiene en su poltrona monclovita, agigantando la deuda pública y fustigando el déficit. Reconocer los éxitos indudables que solo los sectarios pueden negarle, como la reunión de la OTAN en España, o la conferencia de ministros europeos, así como algunos de sus viajes certeros, constituye un elemental ejercicio de objetividad.
Se ha adueñado del Tribunal Constitucional, según algunos de los más prestigiosos juristas españoles. Maneja el Consejo de Estado. Intriga en el Tribunal de Cuentas. Controla la Fiscalía General del Estado. Y ha introducido sus manos expertas y voraces en AENA, INDRA, el Hipódromo de la Zarzuela y los Paradores de Turismo.
Dirigentes de la oposición subrayan sus tejemanejes en Correos, en manos de un paniaguado incapaz, que ha conducido a una empresa, durante largos años ejemplar, a la ruina, convirtiéndola en una fábrica permanente de perder dinero. Maneja también el CIS, la Renfe y la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia. Y aspira a manipular la agencia Efe, que es el medio de comunicación que nos libra del colonialismo informativo.
Ha puesto, en fin, sus ojos en Telefónica, en varias empresas de Seguros y, aunque con ciertos temores, en la Banca. La extrema izquierda que forma parte de su Gobierno pretende que Pedro Sánchez aproveche la nueva legislatura para adueñarse de mientras más empresas e instituciones, mejor. La sombra venezolana, los acosos cubanos se ciernen sobre España que tal vez consiga defenderse porque formamos parte de la Unión Europea y en Bruselas y Estrasburgo trabajan pesos pesados de la política institucional, hostiles a las pretensiones de Pedro Sánchez y sus compañeros ultraizquierdistas de viaje.