Sin demasiadas estridencias ni ganas de marcar un récord Guinness, México se enfila a votar en junio de 2024 por su primera presidenta de la República, escogiendo entre la candidata del Gobierno en turno y la candidata de una coalición opositora.
Esta circunstancia no parece jalar la atención de la comunidad mediática internacional y en México tampoco se percibe una estridencia a favor o en contra, sino que se observan los hechos en función de las circunstancias que han permitido llegar a ese punto.
La posibilidad de elegir presidenta es hoy de 85% porque el 15% restante se divide entre la posibilidad de que un partido en solitario, Movimiento Ciudadano, opte por un hombre o por una mujer para hacer la tercera candidata en discordia, aunque las tendencias electorales de los primeros sondeos perfilan 55% para Claudia Sheinbaum Pardo, candidata del partido Morena en el poder, y 30% para Xóchitl Gálvez Ruiz, candidata de los tres principales partidos opositores tradicionales --el derechista PAN, el exrevolucionario PRI y el ex izquierdista y excardenista PRD--.
La votación por la primera presidenta mexicana llegará luego de 71 años de reconocimiento del voto a las mujeres, una decisión que comenzó a discutirse allá por 1940 y pudo reformar la Constitución en 1953. Por cierto, primero llegó el derecho al voto a la mujer que el derecho al voto a jóvenes de 18 años, toda vez que la ley permitía el ejercicio electoral hasta los 21 años y a 18 sólo si se comprobaba el matrimonio. Desde entonces, las mujeres han ido conquistando posiciones de poder prácticamente todas las áreas políticas, empresariales institucionales y cotidianas, bastante porque la larga crisis económica de 1976 descompuso la unidad de la familia, entregó el mando del hogar a las amas de casa, facilitó el divorcio, superó las reservas religiosas católicas que obligaban al matrimonio hasta la muerte de uno de los cónyuges y modificó la estructura poblacional con una mayoría de 53% de mujeres en el total de la población.
En la historia política de México hubo candidatas mujeres a la presidencia de la República, pero siempre por partidos minoritarios que no perfilaban posibilidades de victoria. La primera candidatura de una mujer a la presidencia fue más simbólica que política: en 1988, en medio de un México políticamente fracturado por la ruptura en el PRI estallada por Cuauhtémoc Cárdenas como candidato de la oposición antipriista, hijo del reformador del Partido de la Revolución Mexicana, padre del PRI, la candidatura femenina, inclusive, fue de la izquierda real: Rosario Ibarra de Piedra, una activista defensora de los derechos humanos y cuya energía puso de rodillas al gobierno priista para reconocer la represión política contra disidentes, entre ellos su hijo arrestado durante una confrontación como guerrillero, torturado en cárceles de la temible Policía Federal de Seguridad y desaparecido de la faz de la tierra, fue nominada como candidata del Partido Revolucionario de los Trabajadores, el único, hasta ahora, partido de filiación trotskista, hoy desaparecido.
Cárdenas compitió por una coalición de partidos de izquierda, de manera significativa por el Partido Mexicano de los Trabajadores de la activista académico Heberto Castillo y por el Partido Mexicano Socialista, una organización que en 1978 fue reconocida en el sistema de partidos como Partido Comunista Mexicano, transformado en 1987 en Partido Socialista unificado de México y aliado al frente democrático de Cárdenas como Partido Mexicano Socialista. El saldo de las elecciones de 1988, con todo y no ser reconocido a la fecha por denuncias de fraude electoral para que ganara la presidencia el candidato priista Carlos Salinas de Gortari, le reconoció a Cárdenas el 30% de los votos, la cifra más alta para la izquierda electoral, y el simbolismo de la señora Ibarra de Piedra solo le tocó el 0.38% electoral.
Todas las encuestas previas a las elecciones de 2024 le dan una tendencia adelantada de votos a la candidata del partido Morena en el poder --el del presidente López Obrador-- de 45% a 55%, pero con el dato significativo de que la candidata opositora que suma los tres partidos de oposición, más de un centenar de membretes sociales y el apoyo de la principal coalición política empresarial, la Confederación Patronal, no ha podido pasar en las encuestas más allá del 25%. En este escenario y sólo atendiendo a las tendencias de las encuestas que pueden modificarse pero hasta ahora no cambiarían la estructura de distribución del voto, México tendrá ya una presidenta de la República mujer.
La figura política de la candidata oficial Sheinbaum Pardo la presenta como una científica del área de la física que participó en un grupo que logró el premio Nobel de la Paz en 2007 por labores en contra del cambio climático, pero que ha venido trabajando como brazo derecho político del presidente López Obrador desde el Gobierno de Ciudad de México en el 2000. En una competencia de encuestas con varios precandidatos hombres, Sheinbaum venció al excanciller Marcelo Ebrard Casaubón, y ya como precandidata --su registro oficial será hasta febrero próximo-- ha aglutinado a todas las corrientes femenina lopezobradorista.
La candidata opositora Gálvez Ruiz trabajó en los gobiernos conservadores panistas de Vicente Fox y Felipe Calderón y era senadora por el derechista PAN --una versión mexicana de Vox y no tanto del Partido Popular-- y fue potenciada por una coalición de grupos sociales conservadores para presentar una propuesta de gobierno alternativa al de López Obrador. Los hoy tres principales partidos opositores --el conservador PAN, el exrevolucionario PRI y el exizquierdista y excardenista PRD-- decidieron darle el registro legal a la senadora panista como candidata del centro-derecha.
En ese contexto, el escenario político de México dará la sorpresa con la primer presidenta mujer de la República en junio de 2024, con la circunstancia favorable de que hasta ahora no ha habido ninguna discusión antifeminista ni de repudio por la existencia de dos candidatas presidenciales mujeres, lo que habla de una madurez política de la ciudadanía mexicana, aunque, desde luego, sigan acumulándose evidencias de represiones a la mujer en núcleos familiares y laborales.