Opinión

Misericordia sin Justicia

TRIBUNA

José María Méndez | Lunes 18 de diciembre de 2023

“Llevad al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de vuestra misericordia”. Así reza una oración que se suele insertar entre los misterios del Rosario. El Papa Francisco ha dicho lo mismo recientemente. Y no como mero deseo, sino como un hecho. “La justicia de Dios no es pena ni castigo, sino misericordia que salva”.

Saltan a la vista los buenos y nobles sentimientos de quienes expresan estos deseos, o hacen estas afirmaciones. Pero van contra la lógica más elemental. Estos dos textos transmiten un mensaje falso de raíz. “Las almas más necesitadas de la misericordia divina” son precisamente aquellas que no se arrepienten y no piden perdón. No se podría concebir una incoherencia lógica mayor que ésta. Pedir a Dios que perdone a los que no piden perdón equivale a pedir a Dios que se contradiga, que arrebate al ser humano la libertad que previamente le había concedido. Y mucho más si, en vez de meramente desearlo, se afirma que la misericordia divina anula la justicia, que también es divina.

En efecto. Dios creó al ser humano libre en sentido positivo, es decir, capaz de hacer el bien y el mal. Este tiene es el punto de partida de toda consideración sobre la justicia y la misericordia. Dios hace al ser humano el mayor regalo pensable, elevarlo “a su imagen y semejanza”. Y constituye a su vez la mayor dignidad pensable en el hombre, ser dueño de su destino eterno.

Por tanto, Dios no puede “llevar a las almas al cielo”. Es el ser humano el que allí va por su propia decisión. Y Dios no puede “llevar” a nadie al infierno. Es el ser humano el que allí se encamina por su propio pié. Justo en eso consiste el ser libre en sentido positivo. El ser humano es el único y exclusivo responsable del bien y el mal de sus acciones. De ahí la noción de imputabilidad. A cada ser humano individual, y sólo a él, se atribuyen el bien o el mal que haya en sus acciones.

Una supuesta misericordia de Dios, que pasase por encima de la previa justicia, se convertiría en algo peor que el mero arbitrio o capricho. Se trataría de una contradicción lógica. Si Dios forzase a las almas a ir al cielo, con independencia de que hayan pedido perdón o no -eso sugieren las dos citas del principio-, Dios arrebataría al hombre la libertad positiva que previamente le había otorgado. Y afirmar que la justicia de Dios que subsumida en su misericordia lleva al mismo absurdo.

Dios creó al hombre libre y por tanto dueño de su destino eterno. Y luego respetará siempre esa libertad. Por eso mismo, al ser humano se le dan dos oportunidades para que vaya al cielo por su propia decisión.

Primera, hacer siempre el bien y nunca el mal. Esta oportunidad la concede Dios-Padre al crearlo libre en sentido positivo. Y de hecho es lo que hacen ordinariamente las personas buenas, que son la gran mayoría, aunque de ellos nunca se ocupen periódicos ni televisiones.

Segunda, si se ha pecado, arrepentirse sinceramente de haber hecho el mal y pedir perdón a Dios por ello. Esta segunda oportunidad la otorga Jesucristo o Dios Hijo. Muere en la Cruz para garantizar de antemano el perdón a todo el que lo pida con auténtica contrición.

Pero Dios-Hijo respeta la libertad concedida antes por Dios-Padre. Sólo hay perdón, si antes hay sincero arrepentimiento y la consiguiente petición de gracia. Dios no puede perdonar a la fuerza a quien no quiere ser perdonado. Atropellaría la libertad que antes le había concedido. Sólo hay misericordia, si previamente se respeta la Justicia. Sólo hay perdón, si se reconoce previamente que se ha pecado y se piden excusas por ello. Por muy misericordioso que Dios sea, nunca será injusto.

Esto formalizable en estricta lógica. La justicia es “conditio sine non” de la misericordia. Si no hay justicia, tampoco hay misericordia. Justo todo lo contrario de lo que insinúan las dos citas del principio. Si Dios creó al hombre libre, luego lo respetará siempre como tal. Nunca conculcará su libertad positiva, o capacidad de hacer el bien o el mal, y la consiguiente y exclusiva responsabilidad por ello.

En las circunstancias actuales, cuando nuestra sociedad occidental está minando todo principio moral, pronunciamientos como los arriba citados, aparte de falsos, son especialmente inoportunos y contraproducentes. Incitan al mal en vez de al bien, a pesar de las buenas aunque ingenuas intenciones de quienes los hacen. Ahondan en las causas del actual desastre moral. Contribuyen a que el mal se extienda. Sugieren que Dios perdona todo. No hace falta arrepentirse o pedir perdón. El hijo pródigo es perdonado a distancia y sin necesidad de remordimientos de conciencia. No hace falta que haga el viaje de regreso. O como decía Lutero, “pecca fortiter et crede fortius”.

Si realmente se desea que la sociedad mejore, ante todo hay que insistir en que los seres humanos son libres, y en que Dios respetará siempre su libertad positiva. Que es tanto como decir que la justicia divina es tan divina como su misericordia.

Nunca hay que engañarles, afirmando que Dios llevará a todos al cielo, pasando por encima de la justicia y de la libertad del hombre, como presuponen incautamente las citas con que hemos comenzado. Si el hombre es verdaderamente libre en sentido positivo, tiene que existir el infierno. Y si no hay infierno, es mentira que Dios crease al ser humano “libre”. Todos iríamos “forzosamente” al cielo, empezando por los terroristas de las torres gemelas de Nueva York, o los violadores en manada de las fiestas de Pamplona.