No tengo prisa, pero no es suficiente. El tiempo se adueña de la voluntad del hombre haciéndolo a traición. La gente se queja de lo rápido que pasa nuestra estancia terrenal. Es lógico y por ello nada resiste a la tentación que tenemos de imprimir velocidad a todo lo que nos envuelve. Es algo contumaz, inherente a nuestro afán de correr y no parar de hacerlo pensando que con ello le ganamos la carrera al tiempo. Ilusos.
La cuestión está muy clara y créanme que me ha llevado años para descubrir el resultado de la ecuación entre persona/tiempo. Veamos. Una persona que sintiéndose imprescindible considera que sin él todo va a ser objeto de cataclismo. Es un iluso. Otro figurante empeñado en correr sin parar aquejado “del yo puedo con todo” Es un iluso. Quien toma las riendas diciendo ser capaz de hacer esto o aquello en un santiamén, posible sean sus maestrías o destrezas para conseguirlo, más antes o después acabará engullido por su propio empeño.
Hay lugares en el planeta que no guardan relación con nuestro continuo galopar. Los de allí, se ven obligados a recrearse, incluso para conseguir agua de algún pozo situado a horas lejanas de su aldea. Van descalzos y además sonríen. Los de allí, dicho con total respeto y admiración, amasan el tiempo y comen de él en familia. Todos reunidos comparten su escasez con gesto de fortuna. Para los de allí el concepto de las prisas no forma parte del vigor de los egos porque poseen el don de la fortaleza para crear algo que les sirve para otro algo, lo cual les posibilita sacarle rédito al tiempo de cada día. Aquí no. Aquí consumimos horas de vida a fondo perdido con prisas para llegar a ninguna parte.
Ya es hora. Ya es tarde. Para mañana, sin falta. Son algunas de las exigencias más corrientes. Mientras tanto, el reloj, ese invento de precisión, nos bombea e informa de los latidos de nuestro corazón. Lo hace también avisándonos del día, del mes, del año, incluso se festeja el haber conseguido llegar con el “tiempo justo” pero eso sí, a resultas de no poder estar en ese lugar más que cinco minutos máximo. Y de nuevo las prisas y el correr para culminar otro acto de presencia, que a decir del cronómetro, se hacía indispensable el llegar a tiempo.
Siempre el dichoso tiempo como protagonista principal de la existencia. Y he aquí que mofarse de como las horas nos devanan sin apenas darnos cuenta puede traer causa de postureo estético sin más, pues en cierta ocasión presencié el encuentro ocasional de dos personas y la manera de litigar con la edad de cada cual haciendo alardes de sus aspectos respectivos. Deduje que llevarían algún período sin verse a tenor de las lisonjas de uno frente a la del otro. Ya saben, el quedar bien de palabra frente al desacato de lo que en verdad se siente: –¡¡Pues no representas la edad que tienes!! -¡¡Pues anda que tú!! –Lo peor es lo de Garrido, que ha pasado a mejor vida-, –Si es que la edad no perdona. –Oye, tenemos que quedar un día de estos, que la vida son dos días- Adiós, adiós. Y luego, si te he visto no me acuerdo.
Resulta curioso como en un fugaz instante aquél breve encuentro presenciado vino a refrendar mi teoría sobre la relación persona/tiempo. Bastó un hola y un adiós para darme cuenta que estando allí, en un día cualquiera, mi edad había transmutado de manera exponencial ante lo previsible de los que somos, de lo que decimos y de nuestro modelo de actuar. La realidad es que el factor tiempo no existe como tal y quizás sea él quien esté a nuestra merced. Es la caducidad de la vida misma la que nos enseña el camino. En el fondo somos animales de costumbres y utilizamos frases hechas ya sea sobre la salud, los años, el frío o el calor o hasta el mismísimo comercio de difuntos.
Por supuesto que la vida puede ser dos días, pero ¿hace falta correr porque alguien lo diga? Yo no tengo prisa. Les prometo que carezco de prisa y nunca llego tarde. Por no tener hace muchos años que me desprendí de mi reloj. Me da igual que mi era del tonteo esté en poder de otros. Me da igual el levantarme el lunes y que por la tarde ya sea viernes. Me da igual dudar del mañana porque del minuto de mi edad soy yo el legítimo dueño. Me da igual porque tengo a quien abrazar y besar y también la suerte de quienes me abrazan y me besan.
Puedo estar de acuerdo en que el tiempo es un bien escaso para aquellos que alimentan su propio ego corriendo sin parar. Si a pesar de la prisa aún no ha llegado al día siguiente no se preocupen por ello, la enfermedad del tiempo hará lo posible por llevarle hasta él y verá que la vida está inventada desde hace unos años, que tan solo quedan los ajustes y que además, para ese menester ya se encarga de hacerlo el relojero de la Puerta del Sol. En fin, les aconsejo que brinden cada día por hacer cualquier cosa que beneficie, que no perjudique. Más vale el uno por ciento de algo bueno que el cien por cien de nada; pero las prisas, queridos lectores, no suelen ser buenas para casi nada. Ya saben, Piano, piano si arriva lontano.