Como todos sabemos, según las conclusiones de la Comisión “Warren”, fue el ciudadano norteamericano Lee Harvey Oswald, quien cometió este tan monstruoso crimen y lo hizo en solitario sin la ayuda de nadie y sin ningún otro cómplice.
Pero desde el primer día de la publicación de las conclusiones de la ya mencionada Comisión, que había investigado todos los pormenores del asesinato del presidente Kennedy, la gran mayoría de la población estadounidense (según la encuesta del Instituto Gallup, realizada en 2013, 61%) y mucha gente fuera de los EE.UU no creen que Oswald pudo cometer aquel asesinato sin la complicidad de algunas figuras muy poderosas tanto dentro del propio gobierno, como de la mafia o de la CÍA y la FBI.
Se sabía que el jefe de la FBI, John Edgar Hoover, no simpatizaba ni con el propio presidente Kennedy ni con su hermano Robert, quien ocupaba en aquellos tiempos el puesto del Fiscal General de los Estados Unidos, ya que ambos pensaban cesar al todopoderoso policía número uno del país, pero finalmente no lo hicieron.
También los “contras” cubanos, exiliados en los EE.UU, no podían perdonar a John Kennedy el fracaso estrepitoso de la operación en la Bahía de los Cochinos contra el régimen de Fidel Castro, aunque el presidente cesara al Jefe de la CIA, Allen Dulles, por haber planeado y realizado tan mal aquella intentona de derrocar al régimen castrista en Cuba.
Por otro lado, circulaban rumores de que Kennedy-padre mantenía ciertas relaciones con la mafia, que le había ayudado en la campaña electoral presidencial para que su hijo mayor John fuese elegido presidente, y que se quedó descontenta con el “hijo”, quien, una vez en el poder, no estaba dispuesto a devolver los “favores” por lo que merecía un duro castigo.
En fin, John Kennedy tenía suficientes enemigos y detractores capaces de matarle por diferentes motivos.
La desconfianza, en cuanto a los resultados de la Comisión Warren, fue causada por varios factores. Entre ellos la muy deficiente descripción de los testimonios de los testigos, que muchas veces no coincide con las declaraciones que ellos habían hecho en su momento a la policía; la interpretación de las pruebas es poco convincente y, lo que es más importante, se ve que la investigación tenía prisas e intentaba, cuanto antes, dar la respuesta a lo ocurrido en Dallas y presentar a Lee Harvey Oswald como el único asesino del trigésimo quinto presidente de los EE.UU, demostrando que no hubo ningún complot ni dentro ni fuera del país.
Incluso el propio presidente Lyndon Johnson, quien sustituyó al asesinado presidente Kennedy y fue el que dio las órdenes para crear la Comisión bajo la dirección del presidente del Tribunal Supremo, Earl Warren, no creyó mucho en las conclusiones de la Comisión. Más aún, entre los propios investigadores no hubo una opinión unánime respecto a cómo la misma bala había podido atravesar al presidente Kennedy y al gobernador de Texas, John Connally, quien iba en el mismo coche con Kennedy y su esposa. Si fuera realmente así, la trayectoria de la bala contradecía todas las reglas de la balística. No es casual que algunos de los expertos la denominaron como “la bala mágica”.
Todas estas discrepancias e incongruencias han dado motivos a todo tipo de las versiones conspiratorias, que he mencionado anteriormente.
Pero hubo una, en la que quiero centrarme en este artículo. La conozco mejor y tengo de ella algunos datos no tan difundidos como los pormenores de las otras posibles versiones del asesinato del presidente John Kennedy.
Me refiero a la trama “soviética” (la huella rusa), que surgió debido a que Lee Oswald había vivido más de dos años en la URRS y, como un “supuesto” agente de la policía secreta soviética, la KGB, podía haber sido utilizado por el Kremlin para asesinar al presidente de los EE.UU. Incluso, fue una de las primeras versiones la que los investigadores estadounidenses consideraban como la más verosímil.
Y tenían razones. Toda la historia de la aparición de Oswald en la URSS, su estancia allí y luego su regreso a los EE.UU, parece a una posible operación de los servicios secretos, propia de un agente “doble”, llena de extraños y misteriosos acontecimientos y de una conducta de parte de las autoridades soviéticas y las norteamericanas como más que extraña. Veámoslo.
A Lee Harvey Oswald le faltaba sólo un mes para cumplir 20 años, cuando él decide abandonar los Estados Unidos y dirigirse, en septiembre de 1959, a Europa. Hacía poco se ha licenciado del ejército, del cuerpo de los marines, donde estaba pasando el servicio militar durante 3 años. Era un soldado conflictivo y poco disciplinado. De hecho, tres veces fue sometido al juicio del tribunal militar.
La profesión que Oswald adquirió en el ejército fue la del “operador de la estación de radiolocalización (radar)”. En el ejército asistió a las clases del ruso y aprobó el examen escrito y hablado con calificación baja. Además, demostraba simpatías con la Unión Soviética y con las ideas comunistas, por lo cual sus compañeros le dieron un apodo “oswáldovich”, pronunciando su apellido a la manera rusa. Estas huellas “rusas” luego servirán de “pruebas” de las posibles relaciones de Oswald con los servicios secretos.
¿Pero con los cuáles exactamente? En este caso parecía más bien a que los norteamericanos estaban preparando a su agente para luego introducirlo en la URSS. Precisamente esto pensaron los expertos de la KGB, cuando Oswald pidió el asilo político en la URSS. Y ¿cómo lo fue?
Otro culebrón. Oswald actuaba como si estuviera borrando huellas para despistar a los posibles perseguidores. El 20 de septiembre sube al barco en el puerto de Nuevo Orleans, que se dirigiría al puerto de El Havre (Francia). Una vez llegado allí, antes de viajar a la Unión Soviética, va a Londres y de allí, en seguida, se desplaza a Inglaterra. El 9 de octubre llega al puerto de Southampton (famoso por ser el sitio de donde en 1912 partió el Titanic, camino a los Estados Unidos). En la aduana portuaria comenta a sus funcionarios que ha venido a pasar una semana en Inglaterra, antes de dirigirse a Suiza para empezar los estudios en una de sus universidades.
Pero, el mismo día sube a un avión con destino a Finlandia y se dirige al consulado soviético donde solicita un visado turístico para visitar la URSS. Elige a Finlandia como trampolín para viajar a la Unión Soviética, porque desde aquel vecino nórdico de la URSS, que poseía del “status” de un país “neutral” (no alineado) y mantenía muy buenas relaciones con la URSS, era mucho más fácil obtener el visado de entrada que desde cualquier otro país del Bloque Occidental.
El 14 de octubre recibe el visado y al día siguiente coge el tren nocturno Helsinki - Moscú, llegando a la capital soviética el día 16 de octubre. En seguida pide al guía, que le había sido asignado en el hotel donde se hospedaba, que le conecte con la KGB. El guía, un soplón de los servicios secretos, como lo eran todos los guías, los funcionarios o cualquier persona en la URSS que, de una u otra forma, trabajaban o tenían relaciones con los extranjeros, le organiza la reunión con un agente kaguebista.
Oswald le cuenta que está disgustado con su vida en los EE.UU, donde le persiguen por sus ideas comunistas y por las críticas al sistema capitalista estadounidense; que quiere pedir a las autoridades soviéticas un asilo político y convertirse en un ciudadano de la URSS; que es un ex marine, ha trabajado de operador de radares en Japón y Filipinas y puede contar “cosas” de interés para las autoridades rusas.
Cuando el agente, que había contactado con Oswald, reportó todo eso a sus superiores, ellos no se lo podían creer. Hubo fugas al extranjero de algún que otro agente secreto soviético, diplomático o funcionario del comercio exterior, cuando ellos se encontraban fuera de las fronteras de la URSS en comisión de servicio. Pero el hecho de que un ciudadano extranjero y, más aún un norteamericano, decidiera pedir asilo político en la URSS, resultaba un caso totalmente extraordinario y cogió a los de la KGB totalmente desprevenidos.
Por un lado, desde el punto de vista político, era un auténtico regalo de la Providencia, que demostraba que en el Occidente había gente descontenta con el sistema capitalista y deseosa de venir a vivir a un país socialista, donde no había ni ricos ni pobres, donde reinaba la igualdad y la justicia social, a diferencia con el mundo capitalista, capitaneado por los EE.UU, cuyo ciudadano había decidido dejar su patria capitalista y pasar a vivir en la URSS, el país líder del socialismo-comunismo mundial. ¡Un auténtico bombazo propagandístico!
Pero hubo un inconveniente. Aunque la “guerra fría” entre los dos bloques, el comunista-socialista oriental y el capitalista occidental, se encontrara en pleno auge, las relaciones entre los países líderes, los EE.UU y la URSS, iban mejorando en aquel momento, bajo la dirección del nuevo líder soviético, Nikita Jruschiov, quien, después de los 30 años de la dictadura estalinista y el aislamiento total de la URSS del mundo occidental, intentaba abrir el Telón de Acero y mejorar las relaciones con los países capitalistas.
De hecho en las mismas fechas que Oswald estaba organizando su viaje a la URSS, Nikita Jruschiov estaba visitando los EE.UU en una visita oficial, siendo el primer líder soviético que desde la Revolución Bolchevique, en octubre de 1917, estaba visitando la ciudadela del capitalismo mundial, del 15 al 27 de septiembre de 1959. Como se puede ver, mientras Oswald subía al barco para salir de los Estados Unidos, el líder soviético ya estaba viajando por su patria norteamericana. ¡Qué coincidencia! ¡Que juegos del Destino! Estoy poniendo tantas fechas para que el lector pudiera comprender mejor lo que había pasado cuando el ex marine norteamericano había solicitado la ciudadanía soviética.
La solicitud de Oswald fue rechazada. Las autoridades competentes tardaron sólo cinco días para analizar el caso, una rapidez inusual para la situación tan extraordinaria como la que estamos comentando. Lo que demuestra que el interés político, el de no entorpecer el proceso del mejoramiento de las relaciones entre las dos superpotencias y, justamente, después de la exitosa visita de Nikita Jruschiov a los Estados Unidos, había prevalecido sobre en interés que, sin duda alguna, había tenido el caso de Oswald para los servicios de inteligencia soviéticos.
Un alto cargo de la KGB, Oleg Nosenko, que en 1964 desertó a los EE.UU, durante el interrogatorio en la CIA, comentaba que Oswald no presentaba ningún interés para la KGB, ya que no sabía gran cosa. Yo dudo mucho de esta aseveración, ya que, como hemos visto, Oswald trabajaba como operador de radares en una de las importantes bases militares norteamericanas (en Japón) y, desde luego, poseía de una información que hubiera podido ser muy interesante e útil para expertos soviéticos.
Pues, la decisión tomada por las autoridades soviéticos fue acabar cuanto antes con la “patata caliente” que les había caído en sus manos y devolverla allí, de donde había venido. “Net” (“No”) a la solicitud de la ciudadanía soviética a un ciudadano norteamericano, que había fugado de su patria, y el fin del asunto.
Lo que no imaginaban en la KGB era que el solicitante, ante la negativa a su solicitud, cortaría las venas en su mano izquierda en el baño de la habitación hotelera. A Oswald sangrante le llevaron a las urgencias y de allí a una clínica psiquiátrica, ya que, según las normas vigentes entonces en la URSS, cualquier intento del suicidio se consideraba como una grave enfermedad mental y el afectado necesitaba un largo tratamiento, varios meses o años, según la gravedad de la enfermedad, antes de ser devuelto a la sociedad civil.
Y otra sorpresa: en sólo diez días Oswald fue puesto en libertad y le fue concedido un “permiso de residencia” hasta que las autoridades competentes tramitaran el asunto de la ciudadanía que solía llevarse un tiempo prolongado, ya que la última firma aprobatoria la firmaba el propio presidente de la URSS (el Presidente del Soviet Supremo, un subordinado del líder absoluto del país, Nikita Jruschiov).
La parte soviética, para demostrar a los norteamericanos que estaba jugando limpiamente y que fue obligada a aceptar la solicitud del asilo de un ciudadano norteamericano bajo su amenaza del suicidio, exigió a Oswald que visitara la embajada de los EE.UU en Moscú y contara allí todo lo que había sucedido. Y que dejara su pasaporte norteamericano como una prueba de su rechazo voluntario de la ciudadanía estadounidense.
Una vez resuelta su estancia en la URSS, Oswald quería ingresar en la Universidad Lomonósov de Moscú, una de las instituciones de la enseñanza superior más prestigiosas del mundo. Pero la KGB tenía para él otros planes y le enviaron a la ciudad de Minsk (la capital de la República Soviética de Bielorrusia), más lejos de Moscú y de los posibles contactos con la embajada norteamericana y con los periodistas extranjeros, ya que Minsk en aquella época era una ciudad de un acceso restringido para los visitantes foráneos.
En la capital bielorrusa, Oswald fue admitido para trabajar como tornero en una fábrica de aparatos electrónicos, tanto domésticos como del uso militar. Se encontraba bajo una vigilancia estrecha de parte de los agentes de la KGB. Uno de sus “tutores” en aquel momento, que le ayudaba a profundizar el ruso, fue Stanislav Shushkévich – el futuro Presidente de Bielorrusia que en 1991 se separaría de la URSS –, quien entonces trabajaba de ingeniero en la fábrica.
El trato que había recibido Oswald en Minsk fue altamente privilegiado. A parte de cobrar el sueldo de un simple obrero, disfrutaba de un plus “especial”, por el mismo importe, con lo cual su salario resultaba casi igual al del propio director de la fábrica. Las autoridades municipales concedieron al recién llegado “norteamericano” un apartamento “individual” en un prestigioso barrio de la ciudad, en un edificio del “alto standing” (para los altos cargos del partido y del Estado), mientras que la gran mayoría de los ciudadanos vivían en los pisos “comunales”, compartiendo varias familias el mismo baño y la cocina. El problema con la vivienda en aquellos años era extremadamente grave en todo el territorio de la URSS. ¿Por qué a Oswald, que no presentaba ningún interés para la KGB (según el espía desertor Nosenko) recibía tantos favores de las autoridades soviéticas? Por algo sería, pienso yo.
Pero dentro de dos años y medio, el “americano” comunica a las autoridades soviéticas que quiere volver a los EE.UU, a pesar de que ya estaba casado con una rusa, Marina Prusakova (una confidente de la KGB), y el matrimonio había tenido una hija. En su diario Oswald escribió que no quería permanecer más tiempo en la URSS, que el trabajo no le satisfacía, no había dónde gastar el dinero, ya que no existían clubes nocturnos con “bowling” ni sitios para descansar y divertirse, menos los bailes en las fiestas que organizaban los sindicatos.
¿De verdad le aburrió al joven norteamericano la sosa y reglamentaria vida en el “paraíso soviético” o lo escrito en el diario fue nada más que una “tapadera” para poder volver a los Estados Unidos y empezar a trabajar allí de espía para la KGB, dado que su preparación para ello en Minsk estaba terminada?
Me hacen hacer esta pregunta los hechos que sucedieron a continuación. Las autoridades soviéticas permiten a Oswald salir del país con su mujer rusa y la niña pequeña, sin más mínima pega. Yo en aquel tiempo vivía en la Unión Soviética y conozco perfectamente qué difícil era en aquellos tiempos para cualquier habitante de la URSS conseguir el permiso para salir al extranjero. Sólo lo podían hacer las personas “autorizadas”, como los diplomáticos, funcionarios del ministerio del comercio exterior o los artistas y deportistas quienes se dedicaban a glorificar en el extranjero el arte y el deporte soviético.
¿O era la verdad, como otros ex agentes de la KGB, que tenían ocasión de conocer a Oswald, escribían en sus memorias, que el “americano”, con su carácter inestable, explosivo, impredecible e inmaduro, no reunía las cualidades necesarios para trabajar en el servicio secreto y, por tanto, los soviéticas no tenían nada en contra de librarse cuanto antes del “molesto” ex ciudadano norteamericano?
¿O predominaba otra postura, totalmente contraria, adoptada por las autoridades norteamericanas, alegradas de que el “hijo pródigo” volvía a casa y con ello se acababa el escándalo, creado por su fuga a la URSS, el hecho que en su momento se convirtió en una noticia estrella, publicada en la primera página de varias agencias y periódicos? Lo que explica la rapidez con que la embajada norteamericana en Moscú le había devuelto a Oswald su pasaporte norteamericano y había expedido los visados de entrada en los Estados Unidos a su mujer rusa y a la niña, cuando Oswald lo había solicitado. Resulta que no fue destruido el pasaporte del “fugitivo” ni le privaron de la ciudadanía norteamericana. ¡Qué previsión!
No hay respuestas claras a estas preguntas ni en el informe de la Comisión Warren ni en otras investigaciones paralelas e "independientes”. Y hubo varias. Por tanto, dejo al juicio del lector, una vez expuestos estos hechos tan sorprendentes y contradictorios, si fue Lee Harvey Oswald un agente doble o simplemente, dado su historial, sirvió de un perfecto “chivo expiatorio” en un complot contra el presidente Kennedy de parte de los propios servicios secretos estadounidenses o – ¿quién sabe? – también de sus “colegas” de la KGB.
Pero lo más sorprendente en todo este historial “soviético” del ex marine norteamericano es su parte final. Oswald, al regresar en mayo de 1962 con su familia a Estados Unidos, decide dentro de un año, a finales de septiembre, volver de nuevo a la URSS. Para ello se desplaza a México y se dirige a la embajada soviética en aquel país, para solicitar el asilo político. Un ex agente de la KGB, que entonces trabajaba en la misión diplomática soviética y quien en aquel momento había atendido a Oswald, escribió más tarde en sus memorias:
“Ante mí se encontraba un hombre muy delgado, incluso extenuado, diría yo, con una mirada huronea y con las manos tembladas como de un enfermo. Él se quejaba que después de su regreso a los Estados Unidos desde la URSS, donde él trabajaba en una fábrica de automóviles en Minsk, le están persiguiendo continuamente unos desconocidos. Yo le propuse escribir una carta-solicitud al Soviet Supremo de la URSS. Sus manos temblaban de tal manera que él no pudo escribir bien la carta y, finalmente, se cabreó, llamó a los diplomáticos soviéticos burócratas y una gente desalmada, dijo que no puede esperar cuatro meses necesarios para el estudio de sus documentos y que irá a la embajada cubana.
Y dentro de poco tiempo me entero de que este hombre había matado al presidente norteamericano. Pienso que él no fue capaz de hacerlo físicamente. Para disparar de un rifle de francotirador desde una distancia de 200-300 metros, hay que tener muy buenas cualidades deportivas y unos nervios de acero. Oswald no las tenía, ni una cosa ni la otra”.
Un testimonio revelador que plantea nuevas preguntas. Aquel día, hasta el asesinato de Kennedy faltaba sólo un mes.
¿Quién estaba persiguiendo y vigilando a Oswald? ¿Por qué el decidió escapar de nuevo a la URSS? ¿Estaba formando un complot y su misión era asesinar al presidente Kennedy, pero él no estaba dispuesto hacerlo y quería escapar lo más lejos posible? ¿O fue una escenificación, en vísperas del asesinato, de que el “futuro” asesino estaba visitando la embajada soviética para recibir las últimas instrucciones cómo y cuándo eliminar al culpable de la “crisis de los misiles”? Así se creaba una pista para la posterior investigación de que en el asesinato del presidente estadounidense podrían están involucrados los servicios secretos soviéticos.
Tampoco encontraremos respuestas a estas preguntas en el informe de la Comisión Warren. Como a muchísimas más. Y a una, fundamental, diría yo: ¿Cómo un hombre, con las manos tembladas, pudo haber hecho tres disparos en sólo 6 segundos, utilizando un rifle no automático con recarga manual? Durante la instrucción del sumario se hizo un experimento: varios francotiradores profesionales de la más alta calificación intentaban repetir el “record” del ex marine Oswald. Ni uno lo ha conseguido.
Miles de los documentos, que había elaborado la Comisión Warren, fueron archivados con el grifo de “clasificados”, para un periodo de 75 años. Pero bajo la presión de la opinión pública, en 1992, el Congreso estadounidense aprobó una moción, que obligaba al gobierno a desclasificar todos los documentos hasta el año 2017. Algunos, con el tiempo, fueron desclasificados y salieron a la luz, pero ninguno aportó algo diferente a las conclusiones “oficiales”.
Se pensaba, que los 1.500 documentos que todavía no habían sido desclasificados, lo serían en 2017. Pero el Presidente Trump, que entonces estaba en el poder, tampoco lo hizo, a pesar de las promesas dadas durante su campaña electoral. Él, bajo las presiones de los servicios secretos, que insistían en que estos documentos todavía no podían haber sido desclasificados, ya que su publicación podría afectar gravemente las cuestiones relacionados con la seguridad del Estado, prorrogó a cinco años la fecha de la desclasificación de estos documentos. Pero tampoco lo hizo el actual presidente norteamericano, John Biden, cuando en 2017 había inspirado la prorroga impuesta por su antecesor.
¿Qué tan secreto y tan importante, desde el punto de vista de la seguridad de los EE.UU, contienen dichos papeles? Pueda, que una vez desclasificados, ellos podrían contestar a todas las preguntas y las dudas existentes acerca de la versión oficial del asesinato del presidente John Kennedy y, por fin, podremos saber si realmente los servicios secretos soviéticos tenían algo que ver con este crimen político de primera magnitud y que si Ley Harvey Oswald fue un “agente doble” al servicio de la KGB.
O, simplemente, resultó ser un chivo expiatorio de los todopoderosos servicios secretos norteamericanos, que fueron capaces de eliminar a su propio Presidente, como asegura una de las investigaciones paralelas independientes, realizadas por el fiscal de Nuevo Orleans, Jim Garrison, cuyas pesquisas sirvieron de base para el guion de la famosa película “JFK” (John F. Kennedy. Los disparos en Dallas), de tres horas y media de duración, salida a las pantallas en 1991.
Espero que no tengamos que esperar otros 15 años, como fue el propósito de la Comisión Warren, y pronto sabremos toda la verdad sobre el caso y la respuesta definitiva a la pregunta puesta en el título de este artículo: “¿Quién mató a Kennedy?”.