Feliz natividad del Señor:
Como puede verse, no tengo demasiado interés por los evangelios de la infancia del Niño, aunque me resultaría de mucho provecho –y lo digo respetuosamente, claro está- entender la psicología evolutiva de un infante con dos naturalezas, divina y humana, en una misma y única persona. Qué magníficas interpretaciones, en todo caso, para Freud o para Piaget. No sé si en algún momento el adolescente Dios estaría él mismo hecho un lío respecto de su propia condición. Imagino que el adolescente Jesús se tomaría a sí mismo su crecimiento con cierto humor, me hubiera encantado ver qué cara ponía al mirarse al espejo como pimpollo que era ante sus granos de adolescente, eso suponiendo que tuvieran espejo en casa. Si el divino adolescente no hubiera ensayado su propia autocomprensión por vía de humor y de eutrapelia, tampoco sé cómo hubiera podido crecer en el amor, que tanto da que sufrir.
En cualquier caso, y en lo que a mí se refiere, vivo convencido de que, lejos de haberle ayudado a cargar con su cruz como cirineo, le hubiera sobrecargado con la mía, si es que no le hubiera delatado antes que san Pedro delante de los fariseos para salvar la propia pelleja. ¡Le he negado y renegado tantas veces! ¿Yo Carlos Cuesta Cruz? Ni me lo imagino.
Casi con la fe del credo de Maimónides, creo que Dios podría incluso desdecirse de lo dicho, dar la vuelta en U a su creación, rehacerla o deshacerla, y poner patas arriba todos sus mandamientos. Si algo no lo pudiera, Dios no sería mi Dios. Su poder sobre mí, obvia decirlo, es principio y fin de todas mis cosas.
Más aún, creo que -cansado de tanta y tan ingrata irresponsabilidad por parte de sus desagradecidas criaturas- podría abandonar voluntariamente su oficio de Dios después de haberlo ejercido eternamente. ¿Podría Dios dejar de ser el Dios del Amor y enviarme directamente de patitas al infierno? Podría, claro, dada su omnipotencia. Incluso si, renegando de sí mismo, quisiera Él dejar de ser el Ser que es en favor del No-Ser, podría desde ese su no-ser volver a ser Dios. El nihilismo o a/teísmo absoluto dominado por la nada me resulta ininteligible, no lo contemplo; la nada no nadea, no es nada. En lo que sí creo es, como la cábala judía, en un Dios que se retira y deja un espacio para nuestra libertad mientras espera. Pero qué difícil debe ser también la paciencia de Dios ante el mal...
Fiat voluntas tua sicut in terra et in coelo et in saecula saeculorum, amen, amen. Me gusta aquello que se atribuye a Einstein: Gott würfelt nicht, Dios no juega a los dados con la creación. Si Dios la despreciase arrepentido por la conversión del Edén en Sodoma y Gomorra, la entera creación se quedaría sin razón de ser. Pese a mi quizá excesiva islamofobia, me encanta lo básico del islam: la sumisión incondicional a la voluntad de Dios, como antes lo fue el de Abraham o el fiat mariano, el hágase en mí según tu palabra; cielo y tierra pasarán, mas tu palabra no pasará. Y si los humanos tienen derechos humanos es porque Dios mantiene erguido su tabernáculo para todos nosotros, creyentes y no creyentes: Dios es el primer creyente porque cree en nosotros antes de que nosotros hayamos creído en Él. ¿Derechos humanos sin derechos divinos? No, gracias
El mal con el que convivo y al que presto mi ayuda es un escándalo de tal magnitud, que sacude los cimientos de mis pies de barro. Más que mi mal, no logro procesar el sufrimiento de los inocentes y el poder del injusto sobre la faz de la Tierra. Aunque profesor de Teodicea, esto nunca pude entenderlo; menudo papelón el mío explicando una asignatura que no comprendí jamás. Pero mi fe en la voluntad de Dios es tal, que confío en entender alguna vez sus razones tras la hora de mi muerte: la verdadera verdad es escatológica, ahora sólo la tenemos per speculum et in enigmate.
Dicho todo lo cual, inmerso hasta las cachas en el misterio de iniquidad, vivo convicto y confeso de que, aunque Dios pudiera no querernos, no creo que quisiera no querernos. Ante esos dos atributos operativos de Dios, el querer y el poder, cuanto más ejercito mi noluntad -voluntad de decir no a Dios- tanto más penosa me parece. Incapaz de ser mejor, sólo me queda vivir de la misericordia de Dios, Señor mío y Dios mío.
Si he de ir al infierno cuando Dios lo quiera, Dios no lo quiera, iré aferrado de la mano de Jesús. Nunca me desasiría de ella ni se la soltaría, al modo de Jacob, durante la lucha entre su último Sí y mi último No. Él haría un poder frente a mi no querer poder para que pueda poder. Una vez en el infierno estaría seguro de que Jesucristo suplicaría a su Padre –cuya voluntad ha venido a cumplir- que me salvara contra toda razón (Dios es el bien, no meramente el ser), que me amase como a un hijo pródigo y, olvidado de mí, echarme en tus brazos. Sólo por esa parábola siento que Dios no quiere dar un no consecuente que contradijese su amor antecedente.