Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 03 de noviembre de 2008
Nadie sabe lo que va a durar esta crisis que se nos ha caído encima pero, desde luego, nadie espera que en la cumbre del 15 de noviembre nadie saque una varita mágica que ponga fin a las tribulaciones que están ya afectando a tantos millones de personas (no “a unos pocos” como decía hace unas pocas semanas el inefable Blanco). Nadie tiene esos poderes taumatúrgicos y, por supuesto, tampoco Zapatero, aunque dado su empeño por estar en Washington alguien pudiera pensar que posee la fórmula para asombrar al mundo y resolver sus problemas. Ya ha dicho que quiere presentar allí la alternativa ideológica de la socialdemocracia, que nadie sabe muy bien en qué consiste porque sus recetas han fracasado en todas partes. Si todo consiste en más Estado y menos mercado, como algunos sugieren, nos meterían en el callejón sin salida de más intervencionismo del que ya padecemos. Aparte de que tal cosa indicaría que, quienes así piensan, no han entendido nada de lo que está pasando. Les guste o no, el capitalismo democrático basado en la libertad –una libertad indivisible que comprende tanto la libertad política como la económica- no tiene alternativa. O mejor dicho sí la tiene: un sistema autoritario o totalitario en cualquiera de las versiones que han proliferado durante el siglo XX, con los resultados que todos conocen.
No es la primera vez que Zapatero parece querer ponerse al frente de ese informe bloque de países populistas, no alineados o neutralistas, heraldos de lo que antes de llamaba el Tercer Mundo y que empezó a configurase en Bandung en 1955. El propósito es plantar cara al odiado capitalismo, llevándose de paso por delante cualquier atisbo de libertad. En eso coincide Zapatero con Chávez, Morales, Correa (que acaba de darle a España un nuevo puntapié expulsando a Repsol) y con algunos de los que estarán en Washington el día 15. Una de ellos la señora Kirchner, también experta en el acoso a nuestras empresas, como todos los otros tres. Pero esta actitud del Presidente español aclara mucho las cosas porque nos revela que su intención no es acudir a esa importante cita para representar a España y defender nuestros legítimos intereses, sino al servicio de un objetivo ideológico, como es volver por los fueros de un añejo y desacreditado socialismo.
Pero, ¿en qué silla se va a sentar el Presidente si por fin logra acceder a la famosa cumbre? Sabemos que España no tiene asiento previsto porque no pertenece ni al G8 ni al G20. Al primero, porque Zapatero descalificó los intentos de Aznar en este sentido como delirios de grandeza y afirmó que no le interesaba en absoluto la pertenencia a ese selecto club porque le bastaba la ONU (que Santa Lucía le conserve la vista). Al G20 porque, aparte de los primeros, lo conforman “países en vías de desarrollo” y España, por fortuna, hace tiempo que salió de esa condición, aunque si siguen gobernado los socialistas no puede descartarse que volvamos a ella. Ese fue el camino hacia atrás que recorrió Argentina, uno de los países más prósperos del mundo hace ochenta años, y que se fue al demonio por culpa del populismo peronista y otras locuras de diverso signo. Como era de esperar -porque se trataba de un tremendo desenfoque diplomático- los viajes de Zapatero a Pekín y San Salvador no produjeron ningún resultado. Algunos de los allí reunidos le expresaron al español sus mejores deseos. Pero nada más porque ¿qué podían hacer si el malo de la película es Bush?
Quedaba la UE y, específicamente, Francia y hasta Le Figaro se hizo eco de una supuesta fórmula, según la cual Sarkozy podría ceder una de sus dos sillas, la francesa, al “amigo” español, para quedarse él con la de la UE. La idea no podía ser más peregrina e insólita y un portavoz oficial francés se apresuró a desmentirla, aclarando que Francia no iba a ceder nada. Sólo se comprometía a “apoyar” las pretensiones de Zapatero. Una diplomática manera de quedar bien. A última hora parece que Sarkozy quiere hacer una repesca que incluya a España junto con Países Bajos Y Chequia. Ya veremos en qué queda todo. En dos sucesivos y recientes discursos Sarkozy ha afirmado que “la crisis financiera no es la crisis del capitalismo, sino la de un sistema que se ha distanciado de sus valores más fundamentales y que ha traicionado el espíritu del capitalismo”. Unos valores y un espíritu que tienen una base moral, por más que eso les suene a chino a los socialistas. Si Sarkozy piensa así, ¿cómo le va a ceder una de sus sillas a quien se presenta como heraldo de todo lo contrario? “Europa –ha dicho también Sarkozy- tiene que hablar con una voz potente”. Y por supuesto única. ¿Cómo se van a fiar los otros dirigentes europeos de quien, a poco que se descuiden, se pondrá a proponer los valores de la socialdemocracia y a hacerse guiños con los populistas del cónclave?
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