Misión cumplida. El discurso del Rey, como escribí en el artículo escrito a los pocos minutos de la intervención de Don Felipe y publicado en esta sección el pasado domingo, ha significado un canto a la Constitución y una exposición serena y constructiva de lo que deben hacer los partidos unidos por la Carta Magna y que desgraciadamente se mueven ya a garrotazos, devastando la gran obra de la Transición. Nadie, por cierto, se ha atrevido a cuestionar la perfección formal de la intervención del Monarca. No es su papel, pero domina la televisión como el más experto presentador; tanto en la vocalización exacta como en la certera expresión corporal.
No es cierta la memez de una tertuliana de televisión de extrema izquierda de que habría que organizar un referéndum en España sobre la Institución monárquica. Ya se produjo en 1978 con resultado contundente. Junto a los derechos humanos, la libertad de expresión, el reconocimiento y regulación de las Comunidades Autónomas y el Estado de Derecho, las españolas y los españoles votaron la Monarquía como forma de Estado de manera abrumadora. Y lo hicieron porque la Monarquía parlamentaria preside las naciones políticamente más libres del mundo, socialmente más justas, económicamente más desarrolladas, culturalmente más progresistas: Inglaterra, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Suecia, Noruega, Dinamarca, Japón, Australia, Nueva Zelanda, Canadá… En 1978, la voluntad general libremente expresada del pueblo español, sumó nuestro país a la relación de esas naciones privilegiadas. La Monarquía parlamentaria es la forma de Estado de las sociedades más modernas y de vanguardia en el mundo del siglo XXI.