Opinión

El clamor del Rey

TRIBUNA

Fernando Maura | Martes 26 de diciembre de 2023

Si no fuera por el espectáculo que proporcionan una mesa bien dispuesta para la cena, la claridad de las luces iluminando comedores y salones, y los adornos navideños desbordantes de color y de alegría; si no fuera también por el reencuentro con los seres queridos -y a pesar del melancólico recuerdo dedicado a los que se han marchado-... las palabras expresadas por Su Majestad -impecables como siempre- nos habrían deparado una gama de sensaciones que navegan por mares de tormenta, hasta los puertos no siempre acogedores de la perplejidad y el desconsuelo. Una y otra -perplejidad y desconsuelo- palabras gemelas, pareadas, en un verso curiosamente suelto que proclama la evidencia de un hombre solo, ligado a sus convicciones, consciente de su papel institucional -constitucional- y a la permanencia de la Corona, que ya es uno de los pocos asideros que le quedan a la ya maltrecha unidad de España y a una Constitución que se desliza en retirada ante los embates sufridos por la puerta de atrás de los pactos de investidura.

Esa España "asimétrica" que nos dibujan los papeles que contienen los acuerdos firmados por el PSOE con nacionalistas y separatistas; esa España restante, sometida a claudicación como proyecto de futuro, bajo los dictados de quienes imponen sus designios de un estado subvencionador y unos territorios acreedores de la munificencia del resto, es una España que no quiere el Rey porque no está prevista en la Constitución, pero que es la España restante que avanza -¿retrocede?-, la España que financia con esfuerzo los despilfarros de los gobernantes ávidos de poder y dispuestos a la concesión de recursos sin medida, como les ocurría a los castellanos medievales con las campañas desarrolladas en suelo europeo por sus reyes: gestas de gloria, pero gestas extenuantes.

Un Rey maduro, padre de una joven respecto de la cual es seguro que abriga la duda de si llegará un día a sustituirle, lo mismo que las palabras que en la inauguración de la XV Legislatura pronunciara, casi como una profecía que amenaza no cumplirse, una frase que acabaría entonces en el cubo de basura de la historia: “(…) precisan (los jóvenes) de un marco democrático -como el que representa la Constitución- que les permita convivir y prosperar en libertad, y necesitan recibir una España cohesionada y unida en la que puedan desenvolver sus vidas y proyectar sus ilusiones”. ¿Lo verá esa generación que deberá tomar las riendas de nuestro futuro, o dicho de otra manera, lo experimentará la Princesa, Reina entonces?

Pero Felipe VI, aún solo, consciente de que sus convicciones no proceden únicamente de su papel institucional, sino que integran su propia manera de entender España, su historia y el mundo que la rodea, es un rey que no abdica por lo tanto de sus criterios, no desmonta siquiera uno de los argumentos de su discurso del 3 de octubre de 2017, el de su respuesta al desafío independentista catalán. No va a pedir perdón, de ninguna forma por ser y sentirse español y garante -hasta donde pueda- de una Constitución de concordia.

Clama entonces en el desierto de una clase política incompetente en la oposición y destructora en el poder, de unos españoles -que por no quererlo ser- sólo aspiran a la subvención, de una ciudadanía que se afana con las compras y las celebraciones navideñas, que intenta evitar la inflación, contribuyendo a la vez a la elevación de los precios.

Es escenario el mensaje del Rey en las Navidades de 2023 de una clase política yerma de ideas nobles y de propósitos compartidos, por eso se trata de un discurso ante el que sus principales destinatarios apenas se sienten concernidos. Y es cierto que la grey que lo recibe es diversa, pero tiene el común denominador de los oídos taponados a fuerza de cañonazos polarizadores y ensordecedores ruidos de descalificaciones varias.

Los hay que sólo velan por que sus palabras no les aludan directamente, para así pasar a sus asuntos sin la menor dilación; otros pensarán que les proporcionan la razón que el gobierno les niega, pero se obstinan en cometer errores, como el de considerar que las soluciones proceden del arbitraje exterior. Incapaces los primeros, a base de construir muros divisorios; incompetentes los otros a la hora de encontrar su lugar en el tablero político, de definir el contencioso que les enfrenta y une a la vez con sus únicos socios posibles -Vox, a pesar de los pesares- y, en consecuencia, de establecer el discurso correspondiente.

Clama el Rey a una clase política desnortada y reclama la atención de una población que, a golpe de años de ejercer de súbditos, no sabe cómo actuar de manera ciudadana, y se remite al solo ejercicio del voto, y no conoce cómo denunciar a los electos por los incumplimientos de sus promesas electorales -la no concesión de la amnistía, por ejemplo-. Una condición, la ciudadana, que, de existir, no habría permitido seguramente que la deriva política hubiera alcanzado esta situación.

Don Felipe ha construido un mensaje que, más allá de sus destinatarios, se dirige a él y a su familia, como depositarios de una responsabilidad constitucional que hunde sus raíces en nuestra historia. Solo, armado de sus convicciones. Pero no es el único que pretende que el deterioro no llegue más allá de donde ya se encuentra. Cuando se recojan los platos de la cena y se guarden las copas que contenían los vinos espumosos, descubriremos una vez más que somos muchos los que asistimos a nuestro Rey desde la distancia, solidarios con sus desvelos, cercanos a sus preocupaciones. La pregunta es si somos los suficientes.