Con este título acaba de publicar Rafael Gómez Pérez un breve pero denso libro sobre la inteligencia artificial IA (Ed. Rialp, 2023). Cada vez más se emplea esta sigla para designar los ambiciosos programas informáticos, que contestan a cualquier pregunta, tras haber barrido -supuestamente- toda la información disponible en Internet.
Propiamente este software es inseparable del hardware formado por los millones de ordenadores conectados en la red y especialmente los utilizados por los autores de esos programas. Pero admitamos de momento que la sigla IA designa sólo esos programas.
Gómez Pérez se parece a Chesterton. No le gusta la lógica, pero la tiene dentro. Razona espontáneamente de acuerdo con las reglas de la lógica. O de modo instintivo, por decirlo así. Quizá por eso pregunta con estudiada intención a Chat GPT, el más difundido de los programas antes aludidos, si es capaz de componer un soneto con rimas en -ente y -eo.
Digamos de paso que las respuestas de Chat GPT están impresas en este libro con un tipo de letra algo más pequeño que el texto propio de Gómez Pérez. Pero quizá hubiera sido mejor emplear cursivas, pues a veces el lector tiene dificultad para distinguir lo que dice el autor del libro y lo que dice Chat GPT, a causa de la escasa diferencia de tamaño entre las letras de ambos lenguajes.
Volviendo al reto que Gómez Pérez hace a Chat GPT, lo esperable hubiera sido que éste contestase que carece de inspiración poética. No ha sido programado para eso. De hecho, en otra respuesta de Chat GPT se lee: como soy una inteligencia artificial; no tengo o sentimientos en sentido humano (Pag. 42).
Sin embargo, entre las instrucciones dadas a Chat GPT por sus programadores debe figurar la consigna no digas nunca que no sabes o no puedes. Curiosamente, Chat CPT responde al reto de Gómez Pérez con un bizarro y horrible soneto, en que ningún verso es endecasílabo (Pag. 50). No le ha sido muy difícil a Gómez Pérez componer a continuación un soneto de su propia cosecha y demostrar que es mucho mejor poeta que Chat GPT.
En todo caso, este ejemplo deja bien clara la inferioridad de la IA respecto a nuestra inteligencia natural. El programa como tal no puede dar más de lo que se mete en él. Y cualquier intento de programar la inspiración poética es tanto como matarla de antemano.
Gómez Pérez hace otras preguntas a Chat GPT, y ante nuestro asombro éste suele responder con bastante objetividad. Por ejemplo, preguntado sobre el buen uso de la tecnología, contesta: la tecnología es una herramienta poderosa, y su buen uso puede brindar grandes beneficios. Sin embargo, es responsabilidad de cada individuo utilizarla de manera ética y responsable para contribuir a un entorno digital positivo y constructivo (Pag. 44).
De hecho, da la impresión de que Chat GPT ha sido programado con bastante honestidad intelectual. No se compromete de ordinario con opiniones propias, sino que se limita a informar sobre las diversas opiniones que se han dado sobre cada tema
concreto. Como mucho, trata de relacionarlas, clasificarlas u ordenarlas de algún modo.
Sin embargo, es obvio el peligro de que otros programas de este tipo envenenen las conciencias con ideologías sesgadas y transmisoras de gruesos errores. El que carece de criterio propio se dejará llevar fácilmente por lo que dice IA, que a priori le parece ser mucho mejor que sus propias opiniones, si las tiene. Dará por supuesto que IA rastrea una información que él nunca alcanzaría por sus propios medios. Dejará de pensar por sí mismo, para convertirse en una marioneta intelectual, manipulada sin resistencia por quienes estén detrás de esos malintencionados y perversos programas.
Ante nuestra sorpresa, de nuevo nos encontramos con una sensata respuesta de Chat GPT al ser interrogado por Gómez Pérez sobre este delicado tema: A medida que la IA se vuelve más avanzada y autónoma, existe el riesgo de que los seres humanos se vuelvan dependientes de ella y cedan el control a las máquinas (Pag. 90).
La conclusión que se desprende de lo anterior es que hemos de usar la IA como un instrumento para buscar la verdad, y no esperar de ella la verdad ya dada. Somos nosotros los que tenemos delante el reto de buscarla. Suponer que la IA nos va a poner la verdad en la palma de la mano es tanto como renunciar a ser libres.
También una simple barra de metal duro es un instrumento. Sirve para mover pesos que están más allá de nuestras fuerzas musculares. Pero también sirve para asesinar una persona. Así pues, el dilema está en usar la IA para hacer el bien y no el mal.
La informática ha de ser supeditada a la axiología, si es que una persona desea seguir siendo libre. La IA no puede substituir a los valores que dan a la vida humana su sentido. Es al revés. Si sabemos antes cuántos y cuáles son los valores que dan sentido a la vida humana, podremos emplear la IA de manera benéfica y provechosa. El autor del libro que comentamos abona este criterio cuando escribe: Una minoría inventa. Los demás somos simplemente usuarios...La reacción en contra de esto no debería ser tanto una cuestión de seguridad sino, antes que nada, de libertad personal. Esa libertad es el valor ético básico. Sin ella lo demás carece de sentido (Pag. 89).
Góméz Pérez dedica la tercera parte de su libro a Cuestiones éticas sobre la IA. También interroga a Chat GPT sobre esta capital cuestión y obtiene esta respuesta: Hay coincidencias o incluso unanimidad en los principios básicos de lo que se llama, desde antiguo, la ley natural, precisando que no se trata de una ley biológica sino de una ley moral. No dice “estás forzado a hacer...” sino “debes hacer” (Pag. 57).
Y poco más adelante añade: La ley natural es un conjunto de principios éticos universales, que se consideran inherentes a la naturaleza humana y pueden ser descubiertos por la razón humana. Se cree que estos principios son independientes de las leyes creadas por los seres humanos y son aplicables a todas las culturas y sociedades” (Pag. 58).
Pero estas insuficientes respuestas de Chat GPT ponen de manifiesto una vez más las carencias de la IA. No hay garantía de que cubra toda la información concerniente a un tema. Menos aún de que haga una crítica adecuada y suficiente de ella. Esto salta a la vista en el caso presente. Chat GPT tendría que haber añadido la
elemental corrección lógica que se ha hecho a la llamada ley natural y al concepto de naturaleza humana.
En efecto, demos por bueno que la naturaleza humana sea una realidad de hecho existente y no sólo un concepto. Aún así, de una realidad que es nunca puede deducirse un debe-ser. Hume dejó esto en claro de una vez para siempre. En todo caso, sería al revés. Si algo verdaderamente debe-ser, acabará siendo. De una manera u otra, más pronto o más tarde, pero acabará siendo. Y si nunca llega a ser como debe ser, es que no era verdaderamente un deber ser.
Por eso es incorrecta la terminología ley natural o naturaleza humana. La axiología es el método adecuado. El deber-ser de lo ético, y aun de lo estético y lo religioso, es objeto de una intuición intelectual y directa, como vieron Max Scheler y Nicolai Hartmann. De ahí que definamos el valor como lo que debe ser, sea o no sea.
El contenido sin duda aprovechable de la ética basada en la ley natural y la naturaleza humana puede y debe ser expresado como un Valor de Respeto. Debes respetar lo que es, Debes respetar la naturaleza humana. E incluso antes debes respetar el medio ambiente, las plantas y los animales.
Chat GPT debiera haber mencionado en su respuesta el salto lógico de la doctrina ética que apela a la naturaleza humana, o sea, algo que es y de lo cual nunca se infiere un debe-ser. Que no lo haya hecho, nos muestra de nuevo que, por muchas instrucciones se den a la IA, ésta nunca llegará a la inquieta curiosidad de un investigador dotado de iniciativa personal.
En resumen, tras leer los ponderados y ecuánimes comentarios de Gómez Pérez, yo al menos saco la consoladora conclusión de que IA es tonta. Tan tonta como la palanca, la polea o el torno, nuestros primeros instrumentos. Aquí la sigla IA denota tanto los programas más avanzados al estilo de Chat GPT como la materialidad física de los millones de ordenadores conectados en Internet. Es sólo un instrumento a nuestra disposición. Y nada más que eso. Podemos utilizarlo para el bien o para el mal. Sin duda en el cálculo y en la memoria IA no se equivoca nunca y nos supera completamente. Pero esto ella no lo sabe. También es tonta allí donde más la admiramos.
Los listos seguimos siendo nosotros, los que poseemos los operadores lógicos, y con ellos el pensamiento y la libertad positiva. Y hasta muy listos, si sabemos emplear la IA como un instrumento para hacer el bien. Si la dominamos, en vez de ser dominados por ella. O si subordinamos la informática a la axiología.
La misma expresión inteligencia artificial es absurda y contradictoria. Si es artificial, no puede ser inteligente. Y si es inteligente, no puede ser artificial. Para que la IA fuese de verdad inteligente, habría que insuflarle los operadores lógicos, por así decir. Pero eso sólo Dios puede hacerlo.