Con terminología axiológica diríamos mejor “permiso para violar un valor”.
Pero la terminología religiosa tradicional es inmediatamente comprendida por todos.
Me refiero obviamente a la sorprendente declaración del Papa Francisco “Fiducia supplicans”, en que se autoriza a los sacerdotes para bendecir parejas de hecho y parejas de homosexuales. El texto pontificio dice exactamente: se puede entender la posibilidad de bendecir a las parejas en situaciones irregulares y a las parejas del mismo sexo, sin convalidar oficialmente su status ni alterar en modo alguno la enseñanza perenne de la Iglesia sobre el Matrimonio.
Se puede entender. Con estas palabras comienza la cita. Pero ¿quién puede entender eso? A mi juicio, sólo las personas que carecen de lógica y substituyen los razonamientos por sentimientos. El Papa Francisco no parece estar muy fuerte en lógica, como ya observé en mi artículo Misericordia sin justicia, publicado en El Imparcial el 18 diciembre 2023.
Saltan a la vista los muy buenos sentimientos del Papa Francisco. Sin embargo, lo que se cuestiona aquí es que los sentimientos buenos son ciegos a la lógica, y de ellos no se infiere nada. No hay garantía de que, por muy excelentes que sean esos sentimientos, sean por eso mismo verdaderos.
Los sentimientos buenos van dirigidos a las personas concretas. Se las estima, se las quiere, se las respeta y hasta se las admira. En cambio, los razonamientos se refieren a las ideas, a los conceptos, no a las personas de carne y hueso. Y están presididos por la lógica.
Pongamos un ejemplo. Hemos prestado a un íntimo amigo 500 euros. Y luego éste nos devuelve dos billetes de 200. Ahí tienes lo tuyo. Estamos en paz. Si el Papa Francisco fuese el acreedor, sin duda se callaría por amistad y daría por buena a
devolución de 400 euros en vez de 500. Pero el problema está en si, por ese gesto de amistad desinteresada, dos y dos han dejado de ser cuatro y ahora son cinco. Obviamente, a partir de los buenos sentimientos, y por muy elevados que sean, no se deduce la verdad objetiva. La verdad de 2+2=4 no se altera por muy intensos o vehementes que sean nuestros buenos sentimientos.
Pasemos del ejemplo a los hechos. Recuerdo el primer viaje en avión del Papa Francisco. Un periodista le preguntó sobre los homosexuales. Y él contestó ¿quién soy yo para juzgar a un homosexual?
La respuesta es sólo parcialmente acertada. En efecto, sólo Dios conoce la exacta bondad o malicia de la acción concreta de una persona concreta. No juzguéis y no seréis juzgados, dice el Evangelio. El Papa Francisco no es quién para juzgar a un homosexual concreto. De acuerdo. Pero ¿se infiere de ahí que la homosexualidad voluntaria como tal haya dejado de ser una violación del Respeto debido a la Naturaleza? Por supuesto, se excluye aquí la desgracia de la homosexualidad de nacimiento, como fue el caso de Chaikovsky.
Así pues, el problema consiste en establecer si, a partir de la bondad del sentimiento de respeto que nos inspire el homosexual concreto que tengamos delante, se deduce o no que la homosexualidad voluntariamente adquirida sea haya dejado de ser censurable en ética. Obviamente no se deduce. Deducirlo, como sugiere la incompleta respuesta del Papa Francisco, es una falacia, un fallo lógico. Para evitar todo equívoco, estaba obligado a añadir al periodista la aclaración siguiente: independientemente de quien lo haga, la homosexualidad voluntaria o libremente adquirida viola el valor del Respeto debido a la Naturaleza o Ecología.
El Papa Francisco no lo hizo. Y su silencio fue elocuente en este caso. Aquí se cumple el dicho quien calla otorga. Dio a entender, o afirmó indirectamente, que no está claro que la homosexualidad voluntaria sea en sí misma una perversión contra la Naturaleza.
Sólo cabe interpretar la respuesta incompleta del Papa Francisco como la confusión en su mente entre sentimientos y razonamientos. Una falta de lógica que, como mínimo, deja a los cristianos sinceros con la duda de si la homosexualidad voluntaria es o no intrínseca perversa.
La reciente declaración “Fiducia supplicans” es aún peor que aquel silencio. Autoriza los sacerdotes a bendecir lo que viola objetivamente el respeto a la Naturaleza. Algo tendrá el agua cuando la bendicen, dice el refrán. El hecho de bendecir algo supone afirmar indirectamente que ese algo no es malo en sí mismo.
Bendecir en nombre de Dios a una pareja de homosexuales es declarar en público que una violación contra la Naturaleza es ahora aceptable al Creador de la Naturaleza. Eso es una patente contradicción.
¿Cuál es en realidad la materia o contenido de la “Fiducia supplicans”? Permiso para pecar; licencia para alterar la verdad objetiva en ética; autorización para confundir a los fieles cristianos. Esta es la substancia del documento que nos ocupa.
Algo que desborda las competencias de cualquier Papa y ningún sacerdote puede admitir en su conciencia como patente de corso. Dios creó al ser humano heterosexual. Pero ahora el Papa Francisco da permiso para bendecir la homosexualidad en nombre de Dios.
Esta flagrante contradicción lógica trata de salvarla el texto pontificio con el ingenuo y cándido deseo de que bendecir a una pareja irregular o de homosexuales sea compatible con la perenne enseñanza de la Iglesia sobre el Matrimonio. Ni un Papa tiene autoridad para dar permiso a nadie para pecar, ni ningún sacerdote puede tranquilizar su conciencia pensando que la culpa no es suya. Las consecuencias efectivas del ambiguo texto del Papa Francisco no pueden ser otras que la de sembrar confusión en las conciencias de los cristianos. Se les envía el falso mensaje de que la homosexualidad y el arrejuntamiento sin más no son tan graves como se pensaba. Pues el arrejuntamiento sin más -las parejas de hecho, como se dice ahora- también viola el valor del Respeto a la Naturaleza. Falta el matrimonio civil o el compromiso público ante la sociedad de traer hijos al mundo y educarlos hasta que lleguen a ser mayores de edad (Cfr. mi artículo “La Castidad I”, en El
Imparcial 14 octubre 2023).
Recordemos el número 2357 del “Catecismo de la Iglesia Católica”, aprobado por el Papa Juan Pablo II mediante la la Constitución Apostólica “Fidei depositum” en 1992. Era un Papa que pensaba con la cabeza y no con el corazón. No confundía sentimientos con razonamientos. Merece la pena transcribir íntegramente el texto. La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado. Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como deformaciones graves (cf. Gen 19, 1-20, Rm 1, 24- 27, 1Cor 6, 10, 1 Tim 1, 10), la Tradición ha declarado siempre que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados. (CDF decl. Persona humana 8).
Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementaridad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso.
Esto es justamente lo que el Papa Francisco debió añadir al periodista en el aquel avión, y sin embargo calló. Enfaticemos la frase final: no pueden recibir aprobación en ningún caso. Está bien clara la contradicción con lo que ahora nos propone el Papa Francisco. Dar permiso a los sacerdotes para bendecir lo que un Papa anterior declaró intrínsecamente perverso. Dar licencia para aprobar lo que en ningún caso puede recibir aprobación. La expresión en ningún caso no deja resquicio alguno para la aprobación indirecta que supone la palabra bendecir.
Terminemos con el conocido criterio de San Agustín: Hay que respetar al pecador, pero condenar el pecado. Algo que el santo y sabio Papa Juan Pablo II supo hacer. El Papa Francisco también podría hacerlo......si estudiase un mínimo de lógica y no confundiese los sentimientos con los razonamientos.