Sí rotundo. La Transición, ese periodo que llevó a España y a los españoles de la dictadura franquista a la democracia, fue brillante y tenida por ejemplar. Con sus luces y sus sombras, este querido país se sacudió los polvos del pasado para acercarse a la modernidad.
Como todo proceso histórico, el que nos ocupa sufrió, sin embargo, un obstáculo: fue el gran agujero negro que se produjo el 23 de febrero de 1981.
Agenciero como soy, raro se me hace escribir en primera persona. Pero así quiero recordar aquella larga tarde-noche-madrugada en la que una partida de pistoleros asaltó el Congreso de los Diputados para violentar la sede de la soberanía nacional.
Acababa de votar el diputado socialista Manuel Núñez Encabo cuando un numeroso grupo de guardias civiles, al mando del teniente coronel Antonio Tejero Molina –vergüenza para la Benemérita—, irrumpió por los pasillos a grito limpio para ocupar el hemiciclo. Fue el día en que se votaba a Leopoldo Calvo-Sotelo Bustelo como presidente del Gobierno, en sustitución de Adolfo Suarez González.
Disparos a la cúpula de la Cámara –sus marcas ahí siguen— y órdenes militares:
-- “¡Quieto todo el mundo! ¡Todo el mundo al suelo!”
Parecía un sueño; una pesadilla en verdad, pero tras escuchar tanta voz despavorida, tanto taconazo de bota, el sueño olió a pólvora.
Aunque los hechos estén contados, haber vivido la larga noche golpista –la “longa noite da pedra”, escribiría después el gallego Celso Emilio Ferreiro-, me obliga al testimonio; me obliga a compartir mi colección personal de sensaciones.
La irrupción ya fue todo un ultraje a un proceso histórico que dejaba tras de sí mucho trabajo en pro de la convivencia, muchos esfuerzos y, sí, mucha sangre.
Los periodistas, en la Tribuna de Prensa, estábamos unidos por el miedo; muchos por la vergüenza. En seguida entendí que tamaña salvajada golpista no iba con nosotros, por lo menos al principio. Así que cuando los rebeldes desalojaron nuestro espacio para mandarnos a la calle yo bajé por una puerta discreta y me metí en el hemiciclo. No ocupé un escaño, claro, pero me senté con los foteros en una de las dos escalerillas habilitadas para que pudieran hacer su trabajo.
No fue, en absoluto, un acto de valentía. Se trató, más bien, de seguir un impulso -quizá inconsciente, quizá irresponsable- de manifestar mi solidaridad con sus secuestradas señorías. Y, sin duda, mi inevitable impulso de seguir los hechos históricos que allí estaban sucediendo; de seguir la noticia.
Sentado en el primer peldaño de las escalerillas compartí la noche maldita con la espléndida profesional que siempre fue Aurora Fierro, fundadora de la Agencia COVER, acreditada en la Cámara baja por El Socialista -que entonces yo dirigía- para cubrir la investidura de Calvo-Sotelo.
Lógicamente preocupado por la situación, me dispuse a escribir una nota con la esperanza de que alguien conocido que fuera a salir del edificio pudiera hacérsela llegar a mi familia. Por alguna razón, pensé primero en Aurora. En plena redacción de la misiva siento el cañón de una metralleta sobre mi hombro y la voz de un guardia civil increparme:
-- "¿Qué escribe usted?"
Lo de menos fue lo que estaba escribiendo, de lo que di completas explicaciones al militar, sino cómo me las tuve que apañar para enseñarle el tarjetón manuscrito por un lado, haciendo todo lo posible para que él no le diera la vuelta y viera mi nombre, medio de comunicación y cargo, en el anverso... No lo hizo.
Al poco tiempo vi levantarse a Leopoldo Calvo-Sotelo Bustelo y a Enrique Múgica Herzog, miembro de la Comisión Ejecutiva Federal del PSOE en aquél entonces, para ir al baño, y les seguí. Una vez en el aseo ocupé el urinario del medio, con el candidato a la Presidencia del Gobierno a mi izquierda y Múgica a mi derecha. Pregunté a ambos por la situación:
-- “¿Qué se sabe?”.
Enrique, cerrando la bragueta, me contestó con optimismo:
-- “Esto no puede durar”.
Calvo-Sotelo, por el contrario, no abrió la boca ni retiró la mirada, seria, muy seria, del azulejo blanco de la pared durante el tiempo que duró la micción. Por supuesto, a pocos metros otro guardia civil nos apuntaba.
Vuelta al hemiciclo. Pronto se llevaron a Suárez, a Gutiérrez Mellado –maltratado al principio, ¡qué vergüenza!-, a Felipe González, a Alfonso Guerra, a Carrillo, a Rodríguez Sahagún… ¿A dónde? ¿Para qué? Otra sensación de rabia, de indignación, de dolor. Nadie sabíamos nada. Un silencio aplastante envolvía las palabras de un capitán rebelde que relataba, artículo por artículo, el decreto de Jaime Milans del Bosch y Ussía. Golpe de Estado, puro y duro.
Aquellos golpistas eran gente conocida, sospechosos habituales. Recuerdo el champán de la “operación Galaxia” y las provocaciones del entonces jefe de la Brigada Acorazada de El Goloso.
Tejero temía un apagón en la Cámara. Para tal eventualidad, gritó:
-- “¡Que los guardias civiles ocupen las puertas y, al menor roce, disparen!”.
Y sólo se oía el desgarramiento a cuchillo de las sillas de los ujieres. Con la paja que sacaron, puesta sobre la mesa de los taquígrafos, pretendía el muy bestia obtener una luz momentánea que iluminara la situación. Como diría más tarde el que fuera presidente del Congreso, Federico Trillo-Figueroa y Martínez: “Manda huevos”.
Me sacaron a la calle –salí con Aurora Fierro— junto a los fotoperiodistas que quedaban. Había que combatir la espera con información, así que dejé a mi compañera en su casa y puse la radio. Nunca olvidaré el espléndido trabajo de los colegas de la SER. La declaración del Rey Juan Carlos –con uniforme de capitán general de las Fuerzas Armadas- me animó a ir a casa
Al día siguiente agrupé en la sede de El Socialista a todos los redactores. Recuerdo que pensamos titular: “Segundo aviso. La democracia, amenazada”, pero prevaleció un más feliz “¡Viva la libertad!”.