Opinión

Antes de entrar dejen salir

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 03 de enero de 2024

Se abren las puertas de un nuevo año y la desazón por entrar en él cuanto antes es pura ansia de conquista. Quizás el secreto esté en llegar más allá a costa de quedarse pequeño el planeta. Laponia da fe de ello batiendo récord de visitantes, tal vez más atraídos por lo lejano que por la dicha de dormir al sereno. Verdades tiene la vida en hacer cosas inauditas en provecho de un tiempo que a veces escasea y en otras muchas han de quedar en simples sueños al no poder acaparar tanto deseo. Y he aquí, que no siendo la primera vez que a las prisas me refiero, considero tener el deber de apostar por el presente, quizás porque este sea el camino más corto para justificar el vodevil de un futuro con resultado cada vez más incierto e inseguro.

Por eso la sociedad actual se está reinventando a toda prisa apostando por la cultura del ocio antes que hacerlo respecto del día de mañana. Es la máxima del cuanto peor, mejor. Es preocupante, y supuesto que lo es, pero la ecuación es resultona por aquello de “que me quiten lo bailao” Y en este pensar que puede y debe prestarse a lecturas varias nos encontramos como actores principales de una película cuyo final aún no está escrito.

Todo ello, visto desde edad avanzada, precisa el comprender a quienes apuestan por pasarlo bien por encima de todo y a ser posible a diario. Pero claro, nadie es dueño de la vida como tampoco lo puede ser del propio destino y eso, igual que da motivos para la euforia también puede serlo para el desánimo. De ahí que los buenos deseos y la embriaguez de los plácidos momentos traigan causa de la suerte para que el presente nunca se convierta en futuro.

Difícil empeño porque observo con preocupación, sin juzgar el fenómeno social aunque sí el espíritu del mismo, el frenesí por alcanzar aquello que parece pertenecernos a cualquier precio. Sirva el ejemplo de Laponia como referente de algo poco menos que intangible, pero no amortizado como objeto de deseo. Y ese germen se instala entre nosotros dentro de un presente que cada vez nos empobrece más, nos quiebra como especie y nos aleja del buen juicio.

Permitan un ejemplo un tanto pueril como lo es el viajar en metro de la capital de España en plenas fiestas navideñas:

-¡Señora, déjeme salir y luego entra usted! Es imposible. Los afanosos estrechan tanto el paso de quienes pretenden salir que una de dos, o dejas en el interior del vagón tu propio percentil o renuncias a la mitad de cuanto llevas encima. Cuando aquello parece resolverse, quedan tres niveles de ascensor. De nuevo la conquista del espacio vuelve a enamorar a los que gustan de achicar amplitudes. Otra vez los que pretenden salir frente a los que gustan de entrar sin ponerlo fácil. Y he ahí que la muchedumbre se subleva y las paciencias se tornan migrañas entre semejantes que a medio empujón no sabes si entras o sales porque todo se vuelve volátil. El metabolismo se rebela y notas como abandona tu cuerpo entre un olor a viernes y vigilias que en buena hora sería de agradecer un vuelco de botafumeiro lleno de incienso.

Después la calle. Lugar donde la sístole y la diástole se dan cita en zonas de recreo corporal. Allí ensayan, días antes de que el viejo año pierda su condición, quienes pretenden entrar en el 2024 incluso antes de haber salido del 2023. Licenciados en comportamientos humanos, vociferan por las calles céntricas la necesidad de mantener la calma: -¡Primero son los cuartos para después dar paso a las campanadas!- Inútil empeño porque el año viejo y el nuevo se fusionan hasta formar un núcleo pesado dando lugar a un gran desprendimiento de energía hasta convertir la Puerta del Sol en un átomo de helio, mientras que los efectos embriagadores hacen ver estriptis de ciertas doncellas de balcón tratando de desafiar a los cuerpos invadidos por el gas de la risa.

El éxtasis se acomoda como terapia de choque ante tanta mentira y tanta falta de horizonte y de ahí jóvenes y no tan jóvenes se desean tras presenciar la desnudez alegórica de aquellas doncellas que incitan a saciarse del fruto onírico de las uvas. Es la metafísica del embeleso la que fabrica el jolgorio, el devanar bolsillos ajenos y el relumbrón que se anticipa al trueno, pues vengo a deciros que el Sanchismo espera como la mujer de la curva en noche cerrada. Y he ahí, que pasando la hora magna del Concierto de Año Nuevo, se escuchan las primeras risas de los agravios que en forma de tributos, impuestos y recortes, dejaran vacías nuestras alcancías, y no ha de servir de nada ni hacer valer la adoración a aquél cordero lechal, ni al cochinillo asado, ni tan siquiera aquellas uvas de la suerte que ya en horas avanzadas han de encontrarse en curso de deudas o créditos.

Más no teman por ello, pues los deseos siempre relucen sacándolos a paseo hasta cierto día de enero, que más allá y mucho me temo, es desuso de costumbre, más que nada porque pronto asoma Carnaval y con ello, una vez más, podremos disfrazar las tradicionales debilidades humanas por enterrar a un año y confiar en el siguiente sin reparar que detrás hay un gobierno nada galante en fineza.

Dejen pues, que el 2024 curse en temple las emociones desmedidas y la profusión de tan generosos deseos, pues éstos son firmes candidatos al destino y como bien dice Jesús de Miguel, mi gran amigo: “Qué siempre tengamos una palabra cálida en una noche de frío Pensemos en ello por si algún día nos sorprende el futuro y nos coge solo con lo puesto.