Opinión

Feliz año peor

TRIBUNA

Carlos Díaz | Sábado 06 de enero de 2024

De mi libro España no gracias no quisieron saber nada ocho editoriales españolas una tras otra, y, cuando al fin salió, cayó sobre él la noche sin aurora. Más tarde escribí España canto y llanto, que se vendió como papelote, y en adelante sólo la melancolía me ha ido dando argumentos poéticos para seguir rememorando el país en que fui traído al mundo. No extrañará que tampoco al morir desee ser patrióticamente envuelto con la bandera rojigualda.

No siendo mi españolidad trending topics, traté de consolarme: “no te preocupes, eso es pan para hoy y hambre para mañana”, pero mi subconsciencia refunfuñaba: “¡a este paso ni siquiera vas a existir en el censo de Canalejas del Arroyo, tu pueblo de nacencia!”. Tal vez de ahí provenga también mi desafecto por cuanto sueña a españolidad, no habiendo encontrado argumentos para ser profeta en la propia tierra.

Conozco los mitos de la españolidad incombustible, a la que se aferran como lapas los gobernantes de cualquier patria propia y ajena con la habitud siguiente. Primero está el dar lástima por el mito de la herencia decadente de la santa madre patria, lo cual no impide a los mitómanos gozar de su mala salud de hierro. Viene luego por antífrasis el mito del Renacimiento, aunque sólo sea el renacimiento del remorimiento, o sea, más de lo mismo. Después, cuando la cosa se endereza un poco, todos levantan su brazo en alto –a pesar del creciente reumatismo de la envejecida población- y cantan el cara al sol con la camisa nueva del sábado sabadete, hasta que el correspondiente portavoz cualificado declara inaugurada la Edad de oro cual hinduista ortodoxo, edad de oro principalmente porque el precio del aceite cuesta su peso en oro incluyendo el huevo cocido y tiende a quedarse encima: inmediatamente después del último vómito etílico del treinta y uno de diciembre, el primero de enero se anuncia subida de precios generalizada para reiniciar el ciclo de la decadencia. Finalmente, en cuanto se puede, se pronuncia con la boca grande que no queremos emigrantes invasores porque ya no cabe más miseria aquí, aunque con la chica se les acepta para que hagan el trabajo sucio con bandera de barco pirata, cual corresponde a un “país de acogida” de Gastarbeiter o “señores trabajadores invitados”. Ya somos países “regulares” o neutrales, ya que el trato a los emigrantes no nos parece ni bueno ni malo, ni ocre, ni mediocre, sino regular. ¿Es usted un empleador cabrón? No, yo regular… Entre tanta y tan mediocre regularización de lo disforme todos hemos regularizado nuestra perversa identidad.

Tal como se están poniendo las cosas, lo peor es que a los malos patriotas, es decir, a cuantos no nos consideramos patriotas de ningún redil ni puñetera falta que nos hace, que ni siquiera somos anarquistas felices por los mares del sur, nos tratan como descerebrados ciudadanos de segunda o tercera por no tener la menor necesidad de santa madre patria alguna, y porque tampoco nos hace gracia alguna llevar flores a ningún caído de ninguna guerra civil. ¿Compartir las rosas inocentes con la maldad de hombres tan buenos? No, gracias.

El lector inteligente comprenderá que mi desafecto por España se engloba en el marco del desafecto por todos los países “regulares” del primer mundo. La verdad es que no tengo cuajo suficiente para desear “feliz año nuevo 2024” al primer mundo, si el “feliz año nuevo” incluye a las tres cuartas partes de la población mundial que malvive pasando hambre gracias al primer mundo, ¿qué hago yo tragando como un pavo supersticioso doce uvas acampanadas entre regocijo y lacri/meo?

Por si fuera poco, tampoco me entusiasma el mono/patín. Si de algún monarca concreto sintiera menos difiducia sería tal vez de Fernando VII, el peor rey de España según dicen, aunque me pregunto si puede haber habido un rey tan peor en una España tan mala. Lejos de toda monarquía, oligarquía u oligopolio, nunca pierdo de vista el libro del profeta Jeremías que, pese a sus jeremiadas, dice cargado solemnemente de razón: “tú, con tus aires de ramera, que incapaz de avergonzarte salías a los caminos a ofrecerte y profanaste la tierra con todas las maldades que pudiste sin apartar de ti mismo tus aberraciones, tú que no lavas las inmundicias de tu corazón ni permites que asome rastro de luz en él, no seas como los profetas que profetizan en falso, ni como los sacerdotes que actúan en su provecho, porque ¿qué harás cuando llegue el final?”.

León Felipe, con su voz profética concreta, también dispara: “tenemos los españoles la garganta destemplada y en carne viva; hablamos a grito herido y estamos desentonados para siempre”. Tenemos los españoles el espíritu curtido de cicatrices por gracia de las ciegas navajas cachicuernas. No hay tiempo más triste que el pasado de España. No hay tiempo más triste que el presente de España. No hay tiempo más triste que el futuro de España. ¿Para qué llenarse la boca de uvas vendiendo raza y patria, para más engañar a los engañados? Si nuestro penoso pasado es el futuro, y el futuro nuestro pasado, entonces más retorno de la misma caspa y mugre.

Qué tristeza de país, cuya propia historia es una deformación de sí misma. Qué pésimo tener que sentirse pesimista hasta este extremo, ¡y yo que soñaba y arriesgaba para que los feroces volcanes se convirtieran en apacibles colinas, y sin embargo hasta la fecha sólo he contemplado a las apacibles colinas transformase en feroces volcanes! Querida Simone Weil, diles de nuevo que no pedimos a los españoles que crean en Dios, aunque bien les viniera, pero sí que no crean en todo lo que no es Dios.

Un rey hubo una vez con gota que se equivocó al presumir de que en España nunca se ponía el sol, cuando en realidad era España la agotada, asolada y no soleada, tan sombría, tan ensombrecida que nunca pudo el sol dar en su piel, o en lo que está quedando de ella. Tu tiniebla, España, es tan densa cuanto más iluminada tu Navidad hortera. Antes merecías la pena, ahora la das. Peor que estar sólo sin ti es estar con quienes como tú me hacen sentir tan solo. Vas de princesa azul y tus principales no han llegado a pitufos/fas. Nadie está libre de decir estupideces, lo malo es decirlas con el énfasis de tus consejos de ministros; todo el mundo puede ser estúpido alguna vez, pero tú has abusado del privilegio. No te estoy insultando, sólo definiendo. ¡Y tú que te creíste ombligo del mundo, qué lástima me das! Las vacas dan leche, las gallinas dan huevos, y tú das pena. Agradece tu desgracia a tus covachuelistas.

Lo siento: tu maldad arraiga en la mía por no haber tenido la fortuna de nacer en la selva. Perdónenme los patriotas decentes por no poder llegar a ser mejor que ustedes, ya tengo bastante con lo mío. Y ojalá que pueda olvidar que mandar a la patria a la mierda no es mejor que perdonarla. Te devuelvo, paria, con mi aflicción, el carnet de alférez de complemento. Patrias, sólo si mejores que yo: lo pongo bastante fácil. Soy un arameo errante en patria ajena, un expatriado. Con permiso, permitan que salga.

Y, si les place tanto, sigan destapando botellas de champán de año nuevo, pero por favor, que el corcho de sus tapones no apunte hacia el trasero de los más desgraciados de la Tierra.