Opinión

El carácter cíclico de la Navidad

TRIBUNA

Javier Mateo Hidalgo | Domingo 07 de enero de 2024

Como toda tradición de carácter cíclico, la Navidad se nos presenta con su principio y su final perfectamente indicados en el calendario. Dentro de esta serie de días, algunos aparecen especialmente marcados por representar fechas especialmente simbólicas para el cristianismo. Aunque en algunos casos haya sido el propio individuo quien las haya escogido a modo orientativo —el día de Nochebuena, por ejemplo, pues se desconoce aquel en que nació concretamente Jesús— o haya creado otras celebraciones rituales ajenas a lo religioso —por ejemplo, el 22 para el sorteo de la Lotería de Navidad (renombrado como “Día de la Salud” en esta fiebre actual por otorgar un día a cada cosa)—. En otros casos, algunos números del calendario se conocen por determinado acontecimiento bíblico y, a la vez, se utilizan para celebraciones profanas —el 28 como el de los Santos Inocentes, donde se une la cruel matanza de niños por parte de Herodes con las conocidas “inocentadas” o bromas a todo ser viviente —una mezcla que cuesta asimilar por su contraste tragicómico—.

El ciudadano más descreído o pedante prefiere decir “¡felices saturnales!” o “¡feliz solsticio de invierno!”. También puede huir de celebrar nada, porque “¿quiénes somos nosotros para decidir cuándo nació Jesús?”

Sea como fuere, tanto el creyente como él no creyente en la mayoría de los casos prefiere huir de remilgos absurdos y se prepara para llevar a cabo un sinfín de acciones simbólicas en estas fechas tan señaladas. Y lo hace con auténtico derroche y desparpajo, tanto en lo alimenticio de los copiosos banquetes familiares como en lo meramente materialista de los regalos o presentes —aquí los comercios se “ponen las botas”, pues también ellos participan de esta celebración o, incluso, crean necesidades de regalos en otras, como en San Valentín, o en los días del padre y de la madre—.

También el fin de año se celebra aquí en España con la ingesta de esas “doce uvas de la suerte” desde 1909. Parece ser que ese año hubo una superproducción del fruto de la vid en Alicante, buscando los viticultores de esas tierras darle salida a su producto de la forma en que ya sabemos. Otro producto de un buen marketing será el Roscón de Reyes, acompañado del haba y de su regalo escondidos en el interior. De ahí la expresión “tontolaba”, apócope de “tonto del haba”, referida al que le tocaba la susodicha semilla y tenía que pagar el Roscón. La suerte y la desgracia unidas bajo esta deliciosa masa rellena —o no— de crema, cubierta —o no— de fruta escarchada y con aroma a azahar.

Todo va y todo vuelve, como dice el villancico: “La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va”. Un año nuevo llega y otro se marcha, y nosotros lo vemos en ese reloj de la Puerta del Sol que creó y donó José Rodríguez Losada en 1866. Una máquina que estuvo a punto de comprar en 1952 el embajador de Venezuela para el Ayuntamiento de Caracas, pero cuya oferta acabó rechazándose, por fortuna.

Así, cada año el niño Dios vuelve a nacer y a visitarle van los Reyes Magos. Las calles se llenan de villancicos y mercadillos, y la televisión vuelve a emitir algunas de las películas ya convertidas en clásicas, cuyo contenido nos puede parecer en ocasiones discutible —¿qué tiene de navideño Marcelino, pan y vino? (agradecemos al menos que Pablito Calvo no cantase en la película, a diferencia de otros niños prodigio de la época)—. Cada navidades, el niño Chencho de La gran familia se pierde en la madrileña Plaza Mayor; cada año, Matuschek y Compañía vuelve a intentar vender sus cajas de puros con la melodía O Chichornia y Alfred y Klara vuelven a enamorarse en El bazar de las sorpresas; cada año, Dios pone a prueba la paciencia de George Bailey y le trae a su ángel Clarence en Qué bello es vivir. Cada nevada, tememos que Beth contraiga la escarlatina en Mujercitas —indiscutiblemente en la versión de 1949, por favor—. Cada año, Hugh Grant vuelve a ser el primer ministro británico más honrado en Love Actually.

Cada año, por desgracia las navidades empiezan antes y ya tenemos turrón en las tiendas al acabar prácticamente el verano. También estas fiestas parecen acabar antes cada nuevo año. El pasado día 2 acudí ilusionado a buscar al fantasma de Chencho a la plaza madrileña y me encontré las casetas cerradas. “Hasta el 31 de diciembre”, rezaban los carteles de la feria. Que yo sepa, las navidades acaban con la llegada de sus majestades. Los belenes más tradicionales van acercando las figuritas de los sabios de oriente un poquito más cada día hacia el portal. ¿Por qué se impide que el pueblo de Madrid pueda seguir yendo a buscar figuritas los últimos 7 días de navidades? ¿Aquí ya no hay tradición ni carácter cíclico? Esperemos que a quienes se les haya ocurrido este sacrilegio acaben regados de carbón el próximo día siete.