Hubo un tiempo en que no se podía prosperar en la política internacional de Occidente si no se contaba con el apoyo explícito de Israel, nación que extendía los tentáculos de su influencia, incluso al mundo literario, como Camilo José Cela sabía muy bien. El apoyo de Israel a un político significaba el apoyo de Estados Unidos. El rechazo de Israel era el rechazo de Estados Unidos. El lobby judío en Nueva York y en Washington, y su influencia decisiva en la alta economía y en los más relevantes medios de comunicación, dotaban al Gobierno de Jerusalén de una presencia definitiva en el mundo.
No estoy seguro de que eso siga siendo así. Pero el diario digital El Confidencial ha sintetizado una bien documentada información bajo el título Pedro Sánchez tachado por Israel. En su afán por atender a sus socios de extrema izquierda que le mantienen en el poder, Pedro Sánchez no ha tenido en cuenta la reacción israelí ante determinadas posiciones sanchistas favorables a Hamás. El presidente del Gobierno ha rectificado, ha aclarado su posición y ha conseguido el retorno de la embajadora de Israel. Según El Confidencial, sin embargo, el veredicto israelí contra Pedro Sánchez permanece. Y si Jerusalén lo puede evitar, el líder socialista español, no ocupará en el mundo occidental puestos internacionales de relieve. La argumentación desarrollada por el periódico resulta concluyente.
En todo caso, Estados Unidos, al borde de elecciones presidenciales, mantiene una cierta incertidumbre política, con la sombra de Trump alargada sobre el futuro de la nación. Y aunque no resulta probable, sí es posible que la suerte acompañe una vez más a Pedro Sánchez y que sus ambiciones internacionales, si se fractura su compleja situación nacional, pueda reconducirse al margen de la ira que ha despertado no sólo en Israel como nación, sino también en los centros de decisión judíos en Washington y Nueva York.