Hace ya demasiado tiempo que toda apelación a la moralidad resulta inmediatamente contestada por el relativismo dominante, que lanza sobre el moralista la sospecha de autoritarismo. La expresión misma “moralista” sugiere una actitud dogmática y, cada vez más, tiene un valor peyorativo. Si llamamos a alguien “moralista” lo descalificamos.
En esa misma línea se quiso suprimir la moraleja de los cuentos tradicionales, aunque – de hecho – simplemente se la sustituyó por una moraleja alternativa. Es que no podríamos – aunque se empeñen los sublimes – adoptar un enfoque vacío de toda estimación: la indiferencia en estos terrenos equivaldría más bien al desprecio, que no es una pura ausencia de aprecio, sino un desdén enfático o apasionado.
Vivir es estimar, sea positiva o negativamente. Desde luego, podemos poner a salvo de nuestra desestimación a la persona cuyos actos nos parecen reprobables. Podemos comprender e incluso perdonar a quien recriminamos un acto, manteniendo nuestra censura sobre el acto mismo. De otro modo, condenaríamos a la persona de manera inexorable, sin posibilidad de enmienda de modo que la misma reprobación no podría contribuir a su corrección.
Si, por otra parte, la reprobación o el rechazo se juzga siempre gratuito, enteramente subjetivo, nos condenamos a una vida en aislamiento, sin comunicación real con el prójimo respecto del que inhibiremos la expresión de nuestro juicio. La conversación será trivial y vacía de todo contenido digno del lenguaje humano. Nuestra vida colectiva se reducirá al ruido intrascendente de la charla gratuita: hablaremos por hablar. Nuestra comunicación será un croar de ranas en el charco de una vida pública declaradamente pantanosa.
El juicio o la estimación pueden expresarse no sólo con fría cortesía, sino con afecto cordial hacia la misma persona cuyas acciones se afean. De modo que, esa amonestación puede tener lugar en una atmósfera amable, del mismo modo que la charla insustancial – que no destruye nuestra constitución estimativa – tiene lugar en una atmósfera áspera y agresiva. A veces hablamos del tiempo haciendo rechinar nuestros dientes o mantenemos una tensa formalidad mientras escupimos las fórmulas de saludo o de oscuro agradecimiento como si lanzáramos pedradas.
Añado algo más. La estimación o desestimación no desaparece, aunque reconozcamos su falta de evidencia o nuestra incapacidad para argumentar en su defensa. La estimación es anterior a las razones que la fundan, aunque éstas puedan sostenerla o anularla. Por eso la edificación de la voluntad tiene una importancia crucial. Hoy esa dimensión de la educación se abandona, cada vez más, a las potencias de los medios de comunicación, de las ideologías políticas que actúan a través de la educación o la propaganda o a los ingenieros de la atención que nos conducen del dogal de las pantallas.
La idea misma de una educación “edificante” es hoy vituperada, como si pudiera haber una educación que no lo fuera. Sucede, simplemente, que hoy la edificación de la voluntad ha escapado de las instituciones que tradicionalmente la amparaban. Ese adverbio “tradicionalmente” también está cargado de un índice execrable. En nombre de una alucinatoria libertad de elección se ha puesto nuestra atención y nuestra voluntad al servicio de potencias poco claras. Si dejamos que sea el móvil o el televisor, el funcionario o el actor, el verdadero constructor de la voluntad de nuestros hijos, dejaremos de serlo nosotros. Nosotros, quiere decir, la familia o el hogar que hoy es vituperado en nombre de una libertad que pone esa edificación en manos de otras instancias: educadores esclarecidos que conocen la verdad, redes sociales y medios de comunicación que enarbolan los valores del mañana, ideólogos de todos los partidos y colores.
La gran emancipación, que se predica, conduce a la gran servidumbre, que se realiza a nuestra vista, en este orden social de reclamos publicitarios y pantallas educativas. No es contra la libertad, me dirijo contra su fantasma: esa pantomima que nos enseñan tantas autoridades de una democracia vacía.