Opinión

¡Días duros que curten carácter y fuerzas y creencias y el cuerpo y el alma y la conciencia toda sed bienvenidos!

TRIBUNA

Luis Artigue | Sábado 13 de enero de 2024

Todos tenemos uno... Me refiero a que aprecio mucho a un amigo que se está enfrentando, desnudo pero armado, al severo trance de la enfermedad crucial. Y un amigo que se tambalea es la vida que se tambalea. Alguien que quiere vivir somos todos queriendo vivir. Una palabra de aliento le puede servir. Un “sigo aquí aunque llueva” le puede servir. Hay hombros que sujetan como cimientos. Hay afectos que unen como puentes. Hay medicina en lo compartido… Todos tenemos uno.

Ahora que la gente se pone retos fatuos que conducen a la gratificación cortoplacista, acaso sea esto, la enfermedad grave, el RETO con mayúsculas. Acaso se trate de la gran prueba de fuego; la oportunidad que te da la vida para demostrarte a ti mismo quién eres, de qué eres capaz, en qué crees realmente y de qué clase de personas estás rodeado. Acaso se trate, bien mirado, de una oportunidad que nos otorga el «azar» para avanzar de verdad en el camino.

Sí, para las personas cultivadas y de alma atenta la enfermedad, como la amistad, nos desbroza buena parte del camino.

Pero llega a veces el deterioro físico a recordarnos que somos mortales, frágiles, simples hojas que el viento agita y arranca de los árboles. Pero, como escribió Nietzsche, lo que no mata hace más fuerte.

La enfermedad, ese concurso-oposición, ama y mata como una mantis religiosa. La enfermedad duele y forja como la voz de Dulce Pontes.

Uff, ahora que la sociedad del bienestar alienta tanto la pijotería, vuelve a estar de moda el culto al cuerpo. Sin embargo algunos creemos que el culto al cuerpo es el hedonismo en otra versión, pero sin embargo el espíritu culto es lo que ayuda a superar enfermedades y a extraer de ellas luz y lucidez en la medida en que te hace saber como nunca que, como decían los estoicos, el obstáculo es el camino. Y que cada reto que te pone la vida es lo que configura lo que eres de verdad. Y que la medida de la grandeza de una persona la da la forma que ésta tiene de abrazar el sufrimiento inevitable.

En efecto las grandes putadas son lo bueno de estar vivo cuando existe la palabra después.

Sé que todas las identidades se resumen en la habitación de un hospital, y ahí, en ese trance, todos podemos atascarnos. Pero es mejor luchar: luchar con uñas y con dientes.

Eso, hay quien llega a la cúspide mediática y se convierte en célebre. Pero hay quien sigue ahí tras el huracán, quien a la enfermedad la rebasa por el arcén, quien la sabe un episodio superable e inolvidable igual que un gran amor. Ese individuo que lo consigue; quien ha vuelto de la oscura noche portando en los ojos la luz de las estrellas; quien cayó y se levantó, no porque lo levantaran, sino porque se resucitó a sí mismo, ése, digo, sí que es digno de gloria, fama, admiración y reconocimiento. ¡Traigan una corona de laurel!

Tengo un amigo al borde del abismo de la enfermedad crucial, y, aunque intubado y al borde, me resisto a pensar que eso suene a mala noticia. Acaso no. Acaso la enfermedad sea como un dictador habanero al que, más que tenerle miedo, conviene tenerle en cuenta. Y seguir a lo nuestro. Y alineados con los nuestros.

Cuando alguien llega a este punto extremo de la fragilidad, lo normal es asustarse y desanimarse… ¡Pero lo grandioso radica en comprender que la enfermedad grave es un bólido que te conduce hacia lo que eres de verdad, y lo sublime es enfrentarse a eso así, con coraje y sin excusas, espoleado por la expresada certidumbre de que a algunos tu presencia en este mundo nos hace mucha falta!…

Queridísimo amigo: ¡échale cojones!

Luis Artigue, www.luisartigueescritor.com