Opinión

El gran cambio

Javier Zamora Bonilla | Martes 04 de noviembre de 2008
Cuando escribo estas líneas no sabemos quién traerá el cambio anunciado, si Obama o McCain, pero conviene poner las cosas en perspectiva porque a veces se abusa de las palabras y es bueno salirse del murmullo de la noticia y reflexionar con distancia histórica.
La Gran Guerra simbolizó el gran cambio que se venía anunciando desde mediados del siglo XIX. Varias ideologías chocaron: el viejo liberalismo, el renovado liberalismo, los diversos tipos democráticos y antidemocráticos de socialismo, el anarquismo, las diversas teorías democráticas y los muy variados conservadurismos y tradicionalismos, embriones en algunos casos de los posteriores totalitarismos. El choque se plasmó en una complejidad y mezconlanza de ideas tremenda, que hoy podemos distinguir metodológicamente con cierta claridad, pero que en aquel tiempo no era tan patente.

Un recorrido por la exposición que de forma paralela organizan el Museo Thyssen-Bornemisza y la Fundación Caja Madrid, titulada “¡1914! La vanguardia y la Gran Guerra”, nos permite orientarnos en ese maremágnum de ideas, sentimientos y creencias que confluyeron en la gran tragedia. Encontramos alegorías cristianas medievales presentadas con figuras contemporáneas junto a tecnologías que muestran a un tiempo el progreso y la capacidad humana de provocar desastres: la ciencia como el antiprogreso.

La representación de la ciudad simboliza muy bien la confusión. Por un lado aparece como el triunfo de la modernidad y por otro como una cárcel que aprisiona a los ciudadanos, ocultos tras sus casas y encerrados en sus propias miserias o presentes en multitudes callejeras que van de un lado a otro sin aparente finalidad, como en el cuadro Metrópolis de George Grosz.

Ni siquiera en el arte de vanguardia hay una idea clara sobre la guerra. Sería muy interesante contraponer “Los desastres de la guerra” de Goya a los cuadros vanguardistas. En aquéllos se palma el dolor y la miseria humana. En éstos, estas cosas no están tan claras. En muchos se muestran los terribles resultados de la violencia, pero en otros la guerra es un juego de colores. Me han impresionado mucho unos dibujos de Paul Klee, infantiles en apariencia pero profundos en su mensaje: avioncitos de colores que se disparan unos a otros como en un cómic, o el gran Káiser Guillermo sobre un ridículo caballo diminuto, alegoría de la inmensidad de la ambición de algunos hombres.

Las ideologías en lucha tuvieron que ir destilando algunas claridades para hacer un mundo medianamente vividero y costó otra guerra mundial y el sufrimiento por las simplificaciones en su interpretación de lo humano que supusieron los totalitarismos.
No veo detrás de los que anuncian hoy cambios a bombo y platillo ninguna gran ideología detrás. Quizá no es tiempo de ideologías y desde luego mucho mejor si éstas vuelven a las simplicidades de los totalitarismos. Pero tampoco parece que haya grandes ideas. Ojalá me equivoque y Obama no sea sólo un cambio histórico por lo que representa sino por lo que haga.

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