Cultura

Reseña: Muestrario, de Pedro López Lara

LIBROS

Javier Mateo Hidalgo | Lunes 15 de enero de 2024

Decía Woody Allen en su personaje de Annie Hall —aunque sería más correcto “decía Woody Allen” a secas, pues todos sus personajes son él— que la vida estaba “llena de soledad, histeria, sufrimiento, tristeza” y que, “sin embargo”, se acababa “demasiado deprisa”. Palabras que resumen el pensamiento cínico y, por tanto, inteligente, de este genial recreador del mundo. Su irónica visión, cargada de humor negro, nos recuerda a la que a su vez Billy Wilder insufló en su filmografía —guardando las distancias, claro—. En concreto, su mirada bien la podría personificar el protagonista de Sunset Boulevard, Joe Gillis —interpretado a la perfección por William Holden—. La crónica anunciada de su muerte ya al inicio de la película, cuando encuentran su cuerpo flotando en una piscina, no impide a Wilder hacerle hablar. Su voz es la del hombre que ya no tiene nada que perder y que se puede permitir mirar a los demás de forma cenital, realizando una radiografía de sus miserias sin ningún tipo de contemplación. Contar lo que ha sido la vida desde la barrera, cuando el toro ya nos ha corneado y mandado a enfermería.

Leyendo Muestrario de Pedro López Lara, uno no puede evitar encontrar en la voz narradora a ese personaje descreído del cine negro, tan fílmico y a la vez novelístico —el huevo antes que la gallina, o viceversa—, que disecciona la realidad a golpe de un bisturí siempre certero y calculado. Los poemas que nos esperan en este magnífico libro —como todos los de su autor—, supuran historias que son verdades como puños, tejen telarañas donde finalmente encontramos a la presa, a la araña, o a las dos. En ellos, su autor dosifica el suspense, nos tiene en vilo hasta llegar el final, cuando se destapa lo que la trama oculta.

La prestigiosa editorial Huerga y Fierro ha sido la encargada de dar a la imprenta este Muestrario de felices hallazgos perpetrados por López Lara. Si bien el autor ya había publicado en ella Museo —merecedor del Premio Ciudad de Alcalá de Poesía 2021—, en esta ocasión su poética ha encontrado acomodo en la colección Graffiti. Caracterizada por su también delicioso diseño, representa un homenaje al sutil marco cromático del sello francés Gallimard, cuya tipografía aparece cuidada al detalle —las letras del nombre de la colección aparecen difuminadas, siguiendo la apariencia de la técnica que le da nombre—.

Como decíamos, este nuevo libro de López Lara augura a sus seguidores —o recién aterrizados lectores— una lectura plena de sorpresas, del mismo modo que el propio título recuerda a aquel retablo o gabinete de curiosidades inesperadas para quien lo observa. Se trata de un compendio o inventario de temas que atañen directamente al lector, por cuanto éste representa a un obligado actor en la tragicomedia de la vida. Desde el momento en que es arrojado a la vida sin su consentimiento y debe enfrentarse a ella, de él depende que sus decisiones garanticen la supervivencia. Esta mirada existencialista será fruto —como es obvio— de la experiencia, pues es sabido que un pesimista no es tal sino un optimista informado.

Pero la voz poética de López Lara es mucho más: a ratos lúdica, en ocasiones burlona, tendente a la ironía y a la paradoja, al juego de palabras que avala su formación como filólogo y su erudición. Todas éstas características responden a su propio “muestrario”, pues con ellas elabora siempre tan acertadamente su estilo o idiosincrasia autoral. Este mosaico de elementos heterogéneos y perfectamente hilvanados da como resultado la fórmula ideal que todo autor único que se precie guarda para sí: una ensalada bien aliñada y pasada por batidora, un atractivo gazpacho donde todo tiene su lugar y coherencia, ofreciendo un color bien vivo y familiar. En este caso, los ingredientes quedan ordenados según apartados, en sintonía con la personalidad de quien escribe.

En Vicisitudes y tiempos, se aglutinan diferentes historias o reflexiones donde parece haber esperanza para los pequeños milagros que nos salven —aunque siempre sembrándose la sospecha de su garantía— (“basta con dejar que sean y luego / creer que han ocurrido”), dado que lo que se realiza es en el fondo un recuento vital como naufragio de trastos viejos y se reconoce la insignificancia humana (“conviene recordar, en tiempos de desahucio, / cuando la vida adopta / formas grotescas de lo ido, / que todo lo perdido fue un regalo”) o desde donde sobresale la vocación de escolio como forma de estar en el mundo. También la infancia surge como tiempo condensado con el que evocar la felicidad, o la propia identidad en este recuento del pasado (“durante mucho tiempo no tuvimos / noticias de nosotros”). Nosotros mismos podremos ser nuestros propios enemigos (“no subestimes al que fuiste. / Puede volver y exigir que lo alojes”), plenos de “cuartos oscuros” y recuerdos que quisiéramos “asesinar” (“fue apenas un segundo, pero comprendió / que no sería fácil, / que ese recuerdo iba a plantar cara”).

En Memorial de la noche, abundan las salidas nocturnas y los antros o tugurios como “atildados almacenes” u “honestas boutiques de cuerpos”, plenos de historias vividas, muy distintas a las que podrían ser ahora (“para pagar las deudas visitaba / días más tarde sus antros nocturnos. / Pero eran muy distintos: / las chicas bebían horchata, / el demonio no estaba”).

En ellos podrían aparecer los amores que dan título al tercer apartado, donde abundan más las despedidas (“No tengo prisa ya. Puedes irte despacio”), las fugas, las huidas o marchas aplazadas (“te irás poco a poco acostumbrando / a haberte ido mañana, a estar aquí”), la imposibilidad del ser ideal (“una vez formulado este conjuro, / aparecerás, deberías / haber aparecido ya. / Por qué te empeñas en negar mis magias”) o de la recuperación del amor perdido (“qué no sería ahora, tarde, / capaz de hacer por ti”).

Estampas representa en su concepto una vuelta a imágenes agrisadas por el polvo pasado. Surgen nombres concretos de los que apenas conocemos su historia. Tan solo la descripción de un detalle externo de la persona homenajeada —el “brillo bicolor” en los “ojos invidentes” de Isabelle— o por una anécdota —“¿Te acuerdas? Tenías seis años” en Antonio, o en aquello que Antonio Ramirez Díez —el “copista más viejo del museo del Prado” dijo al narrador (“Me gustaría, le oí decir, que el resto de mi vida / me dejaran estar en la sala de Velázquez, / copiando a Velázquez. // Me sentiría un rey, / no le tendría envidia a nadie”), destacándose así su misterio. Vuelve la infancia a ser protagonista de esta vuelta atrás, a través de las propias vivencias o las de familiares (“Mi tía Pauli: tenía buen gusto y sentido dramático, / llevaba el cine en la sangre, había visto Horizontes de grandeza, sabía muy bien / quién era Burl Ives, de qué forma / inapelable y contundente hizo justicia”).

Con Poemas hostiles, el poeta se transmuta en polizón en una travesía vital a camino entre el heroísmo y el vampirismo nosferatuniano (“ahora estoy preparado. Cuando llegue el momento, / ascenderé a cubierta y tomaré los mandos, / haré de este ridículo barquichuelo mercante / una cosa feroz”). También siente la traición en torno suyo (“habíais / trucado las fotos, disipado de ellas / la daga que en el negativo aún brilla en vuestras manos”) o queda patente la desoladora mirada hacia el mundo en contraste con la convencional forma de ver las cosas de los demás (“Atreveos a entrar. Os mostraré la casa. / Venid, os gustará. Desde el desván se ve el desierto”). Similar acto de presencia hará el autoengaño al que la gente común se somete para no ver las cosas como son (“Despierta: estás en casa. / Ha sido solo un sueño. Nada / ha pasado [...]: / te aguardan / íntegros todos tus miedos, / fundados, unívocos, reales, / no como los otros, los de los malos sueños, / tan pasajeros, tan interpretables”). En esta imposible orientación de la humanidad, hasta el “guía” o “maestro” parece “replegar” su acción (“y este gesto cansado que concita / la expectación feroz de los discípulos / —canalla acostumbrada a sus excesos— / no conmemora en su repliegue nada”).

De Postrimerías, muertes, destaca el muerto en vida (“confundible / con los vivos y también con los muertos”). Su desgaste “no depende del tiempo cronológico, / sino del otro, el íntimo, / el que fluye y corroe por dentro”. Quien encaja con dicha definición parece atravesar un “tiempo suplente”, a imagen de un partido de fútbol en su terminación, siendo “un jugador de cuarta fila, / lento, muy lento, / que no sabrá qué hacer con la pelota”. De estos seres será necesaria su dendroautopsia para saber “si fueron capaces / de preservar, más allá de su fin, / intacto su secreto”. Habrán en cualquier caso cumplido la misión social encomendada: hacerse mayores, acabar la carrera, encontrar un trabajo, tener hijos, envejecer y morir (“y la oración acaba así: está completa”).

Un Ars poetica se alza como el último tramo de este viaje literario. En él hay consejos estéticos y éticos para la composición lírica, que desestiman el intento de alcanzar el sentido de las cosas (“así da la impresión de que estuviste a punto, / de que habrías podido”), o proponen determinadas formas de entender la poesía (que “surge en el conato de mirar atrás, / en el umbral donde se yergue / petrificado lo que es cuando iba a ser”). El poema normalmente acabará “mal administrado” por quien lo concibe y hace “escapar del silencio”, disipando su “pureza inicial” o dilapidando “el secreto que le fue confiado”. Enmendando la plana a Celaya, se afirma que si la poesía “estuviera cargada de futuro / sería insustancial, superflua”. Es preferible que la “munición” sea “preteriforme” y que “el pulso firme de la amnesia” sirva de “conjuro” para que la “sangre” vuelva a las venas y permita identificar la “herida”: “El poema debe ser un animal furtivo, / acorralado por cuanto persigue. // Cazador que se arrepiente de su presa”.

Llegamos al cierre del poemario que —sorpresa— será falso. Como en el tradicional Concierto de Año Nuevo vienés, habrá un Danubio Azul y una Marcha Radetzky, en este caso a modo de abrazo. Un Alfa y Omega iniciador y concluyente, donde las palabras serán las protagonistas.

El diseccionador que disecciona a quien hace la disección detiene aquí su tarea. Conviene dejar que éste se deje acompañar de otros fieles ayudantes lectores, capaces de desentrañar su valiosa tarea escritural. Damas y caballeros: con ustedes Muestrario, de Pedro López Lara. Disfruten de la lectura.