En tiempos políticos e históricos diferentes, dos economías de Estado han tenido que rendirse ante el funcionamiento prioritario del mercado. La primera lectura pudiera considerar el fracaso del socialismo económico en cada una de ellas, pero el problema es mucho mayor: la falta de reflexión teórica en materia de funcionamiento económico en países que representan dos opciones de la izquierda: el populismo de Estado y el comunismo.
Con un abrumador voto popular en una sociedad controlada por los corporativos populistas del peronismo y su arco ideológico de la derecha a la izquierda socialista, el candidato libertario argentino Javier Milei enarboló una propuesta electoral que cumplía todos los requisitos de la más dura ideología neoliberal de mercado y ofrecía sus compromisos de shock ortodoxo para alinear los precios relativos que el populismo había distorsionado, aunque ahora todo el aparato burocrático sindical comienza el bloqueo a las decisiones del nuevo gobierno.
Y en otro espacio, no se necesitan mayores datos para fijar la idea de que el socialismo comunista de Cuba comenzó como posición en 1953, llegó al gobierno en 1959 y se declaró socialista en 1962 y desde entonces funciona como una economía centralizada de Estado, sin propiedad privada y con una política económica de subsidios que se reducen de manera lamentable a la libreta de racionamiento de productos básicos que distribuye el Estado entre todos los cubanos, aunque sin cumplir con los requisitos de bienestar garantizado. A finales de los 90, en uno de sus últimos actos de poder absoluto, Fidel Castro declaró que el socialismo de Estado en Cuba era irreversible.
Un gobernante argentino encumbrado por un voto popular indiscutible de un sistema de Estado que opera con bases constitucionales muestra que la economía en la actualidad está perdiendo sus asideros ideológicos. Y el caso latinoamericano más significativo en los últimos años es el de Cuba donde se igualaba la pobreza, pero se terminaba con el viejo enriquecimiento de la burguesía empresarial, aunque fue creciendo el número de miembros de la casta burocrática del Estado que tiene todos los beneficios del poder y que plantea una desigualdad social con las mayorías.
Agobiado por la crisis económica, el Gobierno de Cuba acaba de decretar dos ajustes de precios que deben leerse en su simbolismo económico: 525% de aumento en el precio de la gasolina del consumidor y 25% al consumo de luz. Las razones oficiales se explican la lógica del mercado neoliberal: el Estado-gobierno ya no puede hacerse cargo del acceso a productos básicos --gasolina y luz-- y entonces traslada al consumidor vía precios el costo de sus productos, pero con el dato revelador de que el Estado controla los salarios y los ingresos de los cubanos Y estos permanecerán sin moverse, lo que estaría llevando al cubano medio a que con el mismo salario tenga que pagar los efectos colaterales del aumento de las gasolinas, no sólo si posee alguno de los automóviles de los años 50 que todavía camina, sino si tendrá que aguantar un encarecimiento en cadena porque aumentar el costo de la gasolina aumentarán los precios del transporte público y de muchos otros productos.
El gobierno cubano controlado desde algún geriátrico por el anciano dictador Raúl Castro Ruz mandó el mensaje de que el Estado ya no puede garantizar el funcionamiento de la economía pública y que estaría trasladando al consumidor el costo de los ajustes, de la misma manera que el nuevo gobierno neoliberal en grado de shock de Milei ha hecho lo mismo con los precios relativos que el populismo peronista había mantenido sin movimientos como parte del subsidio político a su propia popularidad.
En América Latina, casi todos los periódicos y medios de comunicación han disminuido la cobertura informativa de las protestas del pueblo cubano que ha salido a las calles a gritar su empobrecimiento adicional con los nuevos aumentos de precios. Cuba había sido un referente ideológico como régimen político socialista y antiestadounidense, aunque su funcionamiento como economía comunista funcionaba sólo a través del subsidio al consumo popular y consolidaba una cohesión interna a partir de un discurso ideológico antiimperialista.
Los ejemplos de las nuevas dinámicas económicas en dos regímenes diversos --el neoliberalismo en Argentina y el comunismo en Cuba-- revelan el fracaso de gobiernos ideológicos sustentados en pánicos sociales, pero en ninguna de las dos economías --el viejo populismo peronista y el comunismo castrista— se hizo reflexión alguna sobre el funcionamiento de las economías de Estado y se concretaron al camino fácil de que el gobierno anulaba actividades privadas, recogían los impuestos del pueblo y la sociedad y distribuía supuestamente de manera equitativa la riqueza entre la sociedad.
El problema que pronto se encontrarán Milei y la dictadura de Raúl Castro será inevitable: la desalineación de precios relativos --el tipo de cambio en Argentina y la gasolina en Cuba-- no hace más que profundizar la dimensión de la crisis económica porque tapa un hoyo y destapa muchos y al final la economía parece llena de baches que ninguna estrategia de corto plazo podría administrar con eficacia, y entonces las dos economías, la de Argentina y la de Cuba, estallarán la respuesta popular de sociedades que habían confiado todas sus expectativas a la ineficacia del Gobierno.
Lo interesante de los casos de Argentina y Cuba es que muestran los mismos problemas de gestión económica a partir de definiciones económicas ideológicas: el neoliberalismo de mercado con Milei y el neoliberalismo de mercado con Raúl Castro, aunque el primero sustentado sus ajustes en una ideología de mercado y el segundo ocultando la mano neoliberal detrás del rancio discurso comunista.
La lección que queda de ambos casos está a la vista: la racionalidad económica sigue siendo prioritaria para posicionar la racionalidad ideológica.