Opinión

La inquietud animal

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 21 de enero de 2024

Quien escribe, como dice el verso de Carmen Jodra Davó, sabe bien de los venenos de la literatura, de su ‘tiranía impúdica y terrible/ de una Belleza Impura/ que nos mancha los labios de palabra’, y no contento con la advertencia que se disfraza de embeleso, comienza a buscar otras maneras de continuar esa inoculación. El formato, aunque es determinante, importará poco en comparación al valor de la escritura en sí, al arrebato con el que manche los labios, el cerebro, el deseo de mirar con deseo y por tanto, e inevitablemente, sometiendo nuestro alrededor a su oscuridad. Porque uno, y dicho esto anteriormente por otros y mejores, es de la opinión que sostiene que la literatura es una cerilla que no sólo alumbra, sino que ensancha las quimeras sombrías, ya crecidas por nuestra fascinación.

‘Este lugar pasa por ser una casa, pero no te engañes, Sara, es una prisión. Fíjate. Estamos en el centro de un lugar idílico: una hectárea de hierba siempre cortada, brillante. Este rectángulo en medio de un bosque magnífico, como la huella de un dedo de Dios. Pero no es así. El cuadrilátero está para ver y ser vistas. Si una de nosotras pone un pie fuera sin autorización, no tardarían ni dos minutos en devolverla a su habitación. Nadie corre tanto como ellos, nadie alcanza nunca el límite, los árboles. Y, mientras tanto, permanecemos aquí, en este lugar que finge ser una casa. Estamos todas aquí, suspendidas en esta huella, que es como una condena, una acusación […]’, dice la madre de la protagonista en Un sol más alto, uno de los relatos más perturbadores del libro, aunque todos vayan a la zaga en cuestión de desazón para con el lector. Me sirve este párrafo para ilustrar lo de más arriba: cómo un mismo terreno es captado por la fascinación de una y cómo es temido por el desasosiego de la otra. Mientras la hectárea de hierba permanece impasible, mientras el poema, el relato, están fijos en la página, nosotros ya hemos podido empezar a sentir su acción silenciosa, y nos han pasado su angustia como el que no quiere la cosa, y quedamos sometidos por el verbo de su autor.

Ismael Ramos, en cuyo haber se cuentan tres libros de poesía, y el último —Lixeiro, en su versión original gallega; Ligero, en la castellana traducida por él mismo— sigue pareciéndome uno de los mejores de estos años recientes, ha preferido esta vez la prosa para obsequiarnos con escenas sobre lo incomprensible de la realidad, ya que, por muy elaboradas que sean las preguntas y decididas las acciones que nos abran paso entre ella, la realidad seguirá dándonos su vuelta de tuerca.

La parte fácil, los ocho relatos que componen el libro —traducidos de nuevo por Ramos—, nos presentan a mujeres y hombres, entre la adolescencia y la primera madurez la mayoría, que van enfrentándose a esa precariedad económica y emocional tan enfocada en la actualidad, pero también a sus escenarios y rutinas que, pasando de la irrelevancia a sernos extraños, terminan afectando más que algo imprevisto, pues sus presencias indicaban que todo estaba ahí, hemos tardado en darnos cuenta, dudando ahora si habrá remedio.

Las casas se vacían, las cruzan familiares o uno mismo pero sin dejar de implicarnos esa soledad con la que cargan, tan parecida a nuestra existencia, hasta que cambie o se acepte esa coyuntura. Se huye de ellas como se huye del cuerpo. No se quiere ser como se es, ¿pero qué salida hay aparte de un breve grito interior? Los gestos en los relatos son dudosos. Pueden suponer algo peor aunque se esté preparado llegado el caso. Un accidente y una vida por recuperar, o mejor dicho, a la que adaptarse, tan incompleta y delicada como la cicatriz que ella nos dejó y ahora debemos cuidar. Una conversación a trompicones sobre la relación con la familia rota desde hace tiempo. Una que quiere evitarse con dos amistades que han evolucionado y uno no ha sabido advertirlo hasta hace poco, salvo por los objetos que se esfumaban. Una apetencia sexual que se oprime hasta que revienta. A Ramos le gustan, como narrador y como poeta, esos injertos de revelaciones profundas en un panorama que roza lo anodino, pero que él sabe hacer sugerente. En el primer poema de Ligero, inolvidable me resulta la suela de zapatilla de un muchacho con restos de barro, y la visión que prosigue, lanzada como una piedra al agua, de unas peonías. En el relato Una trampa para conejos, los hermanos vaciando el piso de la madre, todos en su inopia, y la protagonista encontrando ese cactus en flor que se muere. Cuanto más insatisfactorio parece el momento, con mayor fuerza irrumpe el detalle.

Por ese motivo, quienes viven las historias de La parte fácil están en posesión de una inquietud animal que les hace merodear de un lado a otro, de un pensamiento al siguiente, como si anduvieran por las esquinas de su jaula mirándose también desde fuera, desvalidos por saber anticipado el desastre y la solución en sus manos. Mientras sucede la lectura, uno se suma a ellos a riesgo de quedarse hipnotizado por las rarezas, las mismas para todos, pero que muy pocos son los que aciertan al describirlas.