Cultura

La densidad de los números, de Luis Ramos de la Torre

LIBROS

Javier Mateo Hidalgo | Lunes 22 de enero de 2024

En su Oda a Salvador Dalí (1925), Federico García Lorca afirmaba: “Los pintores modernos, en sus blancos estudios / cortan la flor aséptica de la raíz cuadrada”. Unos versos bien representativos de lo que suponía ser un creador de vanguardia en las primeras décadas del s. XX. El arte buscaba aliarse con la ciencia a fin de comprender las razones intrínsecas de la Naturaleza. No era algo nuevo ni mucho menos, pues desde que Platón estudió los sólidos regulares ha existido una clara imbricación entre ambas disciplinas. La geometría y, con ello, las matemáticas están en todas las cosas. No obstante, conviene recordar que la Naturaleza fue antes que el interés del individuo por racionalizarlo todo, incluido lo que se presenta como el más alto de los misterios. Fue esa modernidad traída por el siglo anterior donde más descubrimientos y avances hubo en el ámbito científico, garante privilegiado del progreso. Con ello surgió un nuevo renacimiento, donde las distintas disciplinas se aliaron en pos de la evolución humanística. Algo elogiable sin reservas, pero cuya intellectio retórica en un afán por ordenar las cosas llevó, paradójicamente, a la deshumanización del ser humano —tal como plasmó Ortega en referencia a ese arte que en épocas anteriores había pregonado el realismo y a los sentimientos—.

Casi cien años después de La deshumanización del arte (1925), Luis Ramos de la Torre nos trae un nueva reflexión en torno a la percepción de la Naturaleza y el excesivo empeño de las personas por racionalizarla hasta en sus más íntimos detalles. La densidad de los números (Lastura, 2023) es un poemario que parte de ese punto de partida “aséptico” para ir despojando a las cosas de su carácter matemático. Algo designado artificialmente por quien ha tratado de comprenderla como elemento geométrico y no orgánico. No se trata de diseccionar lo que nos rodea con “bisturí” sino de tratarlo con la mayor de las delicadezas. Porque en esa mirada nos podemos jugar lo que somos, olvidar el sentido de nuestra propia naturaleza, de vivir —en una palabra—.

En esta obra finalista del Premio Loewe de Poesía 2021, el poeta se valdrá nuevamente de la obra pictórica de José María Mezquita Gullón. Una elección nada baladí, pues el pintor —zamorano, como el escritor— otorga a la Naturaleza una importancia preponderante. Buena muestra de ello es la acuarela que ilustra la portada de esta edición: un tronco de fresno interpretado con sumo cuidado y finura. Como ya vimos en La serena estrategia de la luz (Lastura, 2023), este libro denomina los poemas con un título entre paréntesis y al final del mismo.

De entrada, la dedicatoria inicial resulta bien sugerente: “A todos los muertos vivos de los que aún seguimos aprendiendo”. Se dice que se muere dos veces cuando, tras la muerte física, quien ya no está es olvidado por quienes permanecen habitando el mundo. Por contra, habrá quien perviva en la memoria de los otros por dejar huella con sus enseñanzas, como es el caso del grupo al que alude Ramos de la Torre en esas palabras.

Lo siguiente que nos encontraremos tras esta curiosa dedicatoria serán las citas a modo de “microprólogo”. Tanto René Char (“solo los ojos son todavía capaces de emitir un grito”) como Chantal Maillard (“el peso que te otorgas es lo que te confunde”) o Josep María Esquirol (“el horizonte más importante no se encuentra más allá —más lejos—, sino más adentro”) aluden a la necesidad de enfocar la percepción de otro modo, asumiendo lo que vemos de forma sincera, sintiéndonos parte de su esencia.

Los primeros versos del poema inaugural —(cómputo)— nos hablan precisamente de una materia que se presenta sin “disfraz”, ajena a la caracterización que el humano puede darle vulnerando su sentido verdadero: “Alza su identidad / entre el disfraz de lo distinto la materia / y se deja contar, hacerse cómputo. // Que a ti te inquiera / lo que invoca la luz no implica / buscar lo solo tuyo”. Se impone la realidad por encima de la subjetividad, tan individualista e incluso narcisista o egocéntrica. Venimos y dependemos de la Naturaleza y no al revés. En el segundo poema —(entre)—, se invoca a la necesidad de mirar las cosas como “aurora reciente que ahora llega” por encima de ese “todo” que es “numero, / matriz, medida abierta”. En (adentro) serán la luz y aire los protagonistas, elementos necesarios para vivir y a los que nos supeditamos. Siendo conscientes de ello, “bajamos a la tierra” recordando en nuestra humildad la insignificancia que representamos frente a lo sublime del sol o del viento: “Alta urdimbre en su ser el aire. / Y a su modo, sencillo, / y en su estrategia el canto, / el ulular del sol. // Del entre que tiembla al adentro / hay un paso, una certeza, / y es luz”.

Un nuevo poema —(frágil)— remite en su título al contraste entre lo “denso” de lo abstracto y lo “frágil” y ligero como “hilo” y “acorde” que “asegura / la armonía de las cosas”. “¡Nada como sentir en flor la anomalía!”, clama el poeta refiriendo a la vaporosidad de lo natural en su esencia última, despojada de artificios. En (resonancia), se traza el tránsito del ojo a la palabra cuando lo que se mira merece ser escrito, describiéndose poéticamente. Es esa voz que se atreve a hablar por medio de la escritura, la protagonista del poema (lo vivo), perdiendo el “pudor” al “blanco” de la hoja, movido por la realidad vital frente a la recreada y muerta en su intelectualización: “Cada cual hoy a su dolor. / Cada cual a su ley y a lo común atienda, / que está lo vivo en alza, / vigilante”. En (altura) se pide vencer al silencio —otro tipo de pudor hermano de la no acción— para decirle “al aire claro lo que fue”, animándole a “que se atreva, / que disponga del agua y nos acoja / para evitar la herrumbre que nos funda, / su densidad / y así ganar altura”. En (ruido) el poeta aconseja al lector eliminar todo ambiente sonoro que perturbe el verdadero significado de las cosas. La lluvia aparece en los siguientes poemas como “agua sanadora” y salvadora de nuestra naturaleza: “Bendito el viento que limpio se ofrece, el aire / de esta verdad que embrida el alma. / Bendita la humedad que trae su brío, / su azud, / su aroma tierno, y cala”.

El carácter limitador de las cifras (“Esta manía de los números, / este empeño del límite y la cifra, / su vocación de horizonte, su canción fronteriza / torna ironía”) queda desbordado una y otra vez por éstos y otros elementos que el poeta destaca como verdaderamente importantes. “Nunca se piensa la tormenta, ocurre, / como a veces le pasa a las palabras”, se dice en (natural). Así, hasta la edad se escapa a la cuenta al medir su propio tiempo en (de paso). La lengua será “árnica” al transmitir el auténtico sentir humano: “Entre el misterio de las letras, / sin azar, / la sangre del lenguaje, la densidad de los números. // Frente a la palabra, / cópula y eco de su fórmula, / el moho del sin sentido”. La improvisación, lo que no puede contabilizarse, quedará representada en el jazz: “La noche es eso, número, libre albedrío y canto. / ¡Dejémosla correr y hacerse bruma, / vivámosla como es, así, / sin más remedio!” Similar a esa improvisación será el azar como gota que cae. El instante como esos “momentos en los que no entendemos / la indigencia de la ternura, / el filo de los nombres, / lo más tremendo que arde en el olvido”. Se trata en definitiva del cambio, lo “mudable”. El poeta pedirá su detención: “demora tu entre y tu llegada, / danos tiempo”. Los “hechos” se encargarán de demostrar lo que sucede de veras, “libres de quien los concibe, / ofreciéndose / como algo íntimo de la materia, / sujeto al clavo de su densidad”. Incluso el mal amor —“aquel amor alacrán— se escapa a ese hacer “números”, al restar “cómputos al sentimiento”. Aún siendo equivocado, su origen está en el deseo —la más irracional de las cosas—; a pesar de no ser correspondido, procede de una voluntad que pretende cambiar “lo oscuro por feraz” para salir y hacer camino, frente a lo inmóvil e incluso muerto. Hasta las letras, que defienden su carácter fijo y cuantitativo, se asemejan a “nutrias” que “serpentean / los versos”. En (tres), el poeta llega al extremo de demostrar cómo el propio número “nada sabe” […] de su símbolo y hechura”.

En contra de todos estos elementos positivos, estarán otros como la muerte, de “lenguaje acerado” y cuyo “merodeo” posee un “cálculo innúmero”. La razón también será enemiga del mundo claro de las cosas en (duración). A su lado, aparece la usura: “Y a toda prisa, echando cuentas, / la usura de las certezas. / ¡Qué espanto / tanta seguridad en tiempos tan convulsos! / Urge más luz”. Por encima de ese recuento, de esa búsqueda de “la medida, / la palabra correcta”, queda “lo necesario” para “la alegría”. Resulta difícil no perder esa esencia ante tanta formación que deforma a lo largo de la vida. Con ello, hasta el ángulo se deshilacha (claridad). En (antes de tiempo) la voz del autor se pregunta: “¿En dónde están ahora, / los mimbres inocentes / de aquella mirada limpia y sin sombras? // ¿En dónde su cosecha?” Hay que saber mirar con esa pureza lo que oculta lo aparente, como en (sin remedio): “Hay un abismo preso en esa luz, / en esa geometría de lo invisible”. Puede encontrarse por ejemplo en la “templanza de la savia”, se intuye porque formamos parte de lo mismo. Así, el autor equipará al individuo con “el árbol”, pero también con “el agua / que no sabe muy bien si pertenece / a la orilla o al cauce, pero es río”. Se intuye aquí el símil con Heráclito o Manrique en esa cosa móvil y fugaz de la vida como un fluir constante hacia la nada o el todo. También en “la hechicería / inmensa de las noches adiestrando estrellas”: “Queda su cuenta sin número / esperando la luz, / los arañazos de la transparencia” (sin número). Conviene dejar que la propia vida se imponga, aunque cueste encontrar el equilibrio o la “medida exacta” (prueba). Por eso resulta necesaria en ocasiones su fusión, su reconciliación —como en (día), donde se refiere a “la sístole del número”, latir biológico y matemático—.

Como en la vida misma, La densidad de los números confunde los mundos puros para contagiarse de sus respectivas “naturalezas”. En ocasiones uno y otro se enriquecen mutuamente y en otras se contaminan en sentido despectivo, dañándose al no deber interferir para determinadas cosas. Esta enseñanza debe hacer al lector “bendecir” al autor por su visión, proclamar su palabra urbi et orbi. Para la ciudad y para la esfera celeste y terrestre. Es decir, para lo terrenal o material y para lo etéreo e incluso espiritual. Para ese cantar del alma.