Opinión

Sobre el ser humano I

TRIBUNA

José María Méndez | Lunes 22 de enero de 2024

Con el germánico título Consideraciones antropológicas de los protagonistas de la revolución neurocientífica acaba de aparecer un ambicioso libro de varios autores coordinados por Juan Arana (Ed. Tirant Humanidades, Valencia 2023).

Empecemos por comentar el capítulo VII, Horizontes antropológicos del pensamiento de Karl Popper. Su autor es Moisés Pérez Marcos, Profesor en la Universidad Católica de Valencia.

Observa Pérez Marcos que, según Popper, el lenguaje es un producto de la evolución de la vida. La mente debe ser pensada en el ámbito de lo vivo, no en el ámbito de lo físico. El planteamiento será entonces biológico, y más en concreto evolutivo (Pag. 131). El niño va adquiriendo el lenguaje por el método de ensayo y error. Va solucionando problemas inmediatos. Actúa movido por el impulso básico de la evolución, que opera por selección natural. Al final, el niño acaba logrando hablar igual que el perrito recién nacido acaba logrando ladrar. La diferencia sólo estaría en que el perrito lo hace más rápidamente que el niño

Popper habló de cuatro funciones del lenguaje, en que éste va ascendiendo desde las plantas y los animales hasta el ser humano. 1º, función expresiva. La planta segrega una substancia con que resiste al animal que intenta comérsela. 2º, función señalizadora. La abeja danza para indicar a sus compañeras que ha encontrado un lugar con muchas flores. 3º, función descriptiva. La abeja indica además con su baile la posición relativa del sol y la distancia desde el panal. 4º; función crítica. Aparecen los conceptos de verdad y falsedad y el lenguaje humano.

En la evolución guiada por la selección natural, en que la vida se supera a sí misma de modo constante y progresivo, el lenguaje de las abejas es visto como una etapa intermedia hacia el lenguaje humano. Pero observa Pérez Marcos que, aunque ese lenguaje se acerca mucho al lenguaje humano, sigue habiendo una diferencia esencial. La abeja puede equivocarse, puede realizar mal su danza, pero no puede mentir (Pag. 138).

Tras esta aguda y certera observación podría esperarse que Pérez Marcos aludiese acto seguido a la formalización de la lógica y al primero de los operadores lógicos, el afirmador-negador. Sin duda Popper tuvo noticia del cálculo lógico descubierto por Frege y Peano en el último tercio del siglo XIX. Pero, por las razones que sean, nunca se dio cuenta de que la formalización de la lógica echaba por tierra su tesis de que el lenguaje se explica por la evolución de la energía vital. Lo que sorprende es que, metidos de lleno en el siglo XXI, Pérez Marcos siga sin enterarse de que existe el cálculo lógico, a pesar de que gracias a él funciona el ordenador con que escribe su artículo. Ninguna fórmula lógica aparece en su trabajo. Ni siquiera encontramos en él alusión alguna a tan fundamental hecho intelectual.

Aprovechemos por tanto la ocasión para poner el ejemplo del perrito faldero en vez de las abejas. Ladra triste cuando su amo se va a la calle y le deja solo en casa.

Ladra alegre cuando vuelve su amo. Pero no ladra nunca al revés, triste cuando vuelve su amo y alegre cuando de le dejan solo en casa. No puede mentir, si mentir es ladrar al revés. Para introducir el afirmador-negador, me parece mucho más claro el ejemplo del perrito que el error en la danza de la abeja al que alude Pérez Marcos.

Está claro que el perrito no posee el primero de los operadores lógicos. Afirma siempre y nunca niega. Ni siquiera puede hacerlo. Su instinto se lo impide. Por tanto nunca debiera usarse la palabra “lenguaje” referida a los animales. Ni a la danza de las abejas ni al ladrido de los perros. Y mucho menos a las plantas.

Los humanos usamos el lenguaje, porque poseemos exactamente seis operadores lógicos. Cuatro para la lógica sentencial (afirmador-negador, conjuntor, disyuntor inclusivo e implicador. Y dos para la lógica cuantorial (todos y al menos uno). Y junto con los seis operadores poseemos la capacidad de dar nombre a las cosas, componer enunciados sujeto-predicado y construir razonamientos combinando los enunciados mediante los seis operadores. Todo intelectual debiera conocer hoy día esta elemental descripción del cálculo lógico, así como sus formidables y definitivas consecuencias en el pensar científico y filosófico.

Realmente es bizarro y pintoresco escribir un libro usando el lenguaje ordinario para explicar al final cómo surge por evolución el lenguaje ordinario. Los medievales llamaban a esta falacia petitio principii. La conclusión, a la que se supone haber llegado, estaba ya contenida en las premisas de que se parte.

La formalización de la lógica es, con mucho, la mayor revolución intelectual en toda la historia de la humanidad. Pero tiene pendiente cambiar nuestros hábitos de razonar con la misma eficacia con que lo ha hecho ya en nuestra manera de escribir, por ejemplo. Recordemos cómo corregíamos las erratas cuando usábamos las obsoletas máquinas de escribir en vez de los actuales ordenadores.

Una vez que poseemos el cálculo lógico, debiéramos abandonar el mostrenco modo ascendente de razonar -del que es paradigma el evolucionismo- y hacerlo al revés. O sea, descender desde terreno absolutamente seguro de las valideces lógicas hasta el más movedizo de su aplicación a las realidades físicas, vitales, psíquicas, sociales, etc.

Como ya dicho, el ejemplo más obvio de razonamiento ascendente es la teoría de la evolución en su máxima generalidad, o sea, empezando por Darwin y terminando con Popper. Como se razona a tientas, o dando palos de ciego, el pensamiento evolucionista se reduce en realidad a constatar el hecho del desarrollo de la vida desde los virus y bacterias hasta los pájaros y los mamíferos. O a constatar la progresiva complicación del sistema nervioso hasta culminar en el cerebro humano.

Decir que ese inmenso proceso se explica por la selección natural, en que sólo sobreviven los más fuertes, es describir lo que pasa, no explicar por qué pasa. Sin duda la biología ha hecho espectaculares avances como las leyes de Mendel, los ácidos nucleicos y los códigos genéticos. Ha descifrado incluso el humano. Pero eso no basta para dar respuesta a todo. Cuando se trata de encontrar explicaciones para un problema concreto, surge una selva de ellas. ¿Por qué el pavo real presume de su aparatosa cola? No digamos el faisán Argos, cuyo excesivo plumaje le lleva a morir de axfisia. ¿Qué función exacta tienen esas plumas? Y entonces surgen docenas de explicaciones posibles, en que ninguna es más verdadera o más falsa que las demás.

Una jungla en la que uno se pierde en medio de las interminables polémicas entre los propios autores evolucionistas, empezando por la que tuvo lugar entre Darwin y Wallace.

Pero el evolucionismo es sólo un ejemplo del modo ascendente de pensar, usado hasta ahora tanto por científicos como por filósofos. Tenemos más probabilidades de acertar, si procedemos al revés. El nuevo y revolucionario modo de razonar debiera ser descendente, de arriba a abajo. Partir de las incuestionables verdades que la formalización de la lógica ha puesto a nuestra disposición. Y aplicar en lo posible el cálculo lógico a las realidades de la materia inerte, la vida, la psique, la sociedad, etc. Como entonces ya no vamos a tientas, de vez en cuando, y con mucha suerte, formalizamos en una validez lógica lo que estamos diciendo. Quizá el ejemplo más significativo sea la Regla de Oro en ética: Compórtate con los demás como quieres que los demás se comporten contigo (Cfr. mi artículo en El Imparcial 29/02/2020). Con menos suerte, pero siempre avanzado en el conocimiento, conseguimos formalizar lo que decimos en consistencias lógicas. Es lo que ocurre de ordinario en lo que entendemos por la venerada palabra ciencia, o sea física, química, biología, psicología, medicina, etc.

Pero la diferencia entre el cálculo lógico y los logros de la ciencia es abismal. Sabemos ya para siempre que los operadores lógicos son seis. Pero nunca sabremos de modo definitivo cuántos y cuáles son los componentes elementales de la materia. Por mucho que haya avanzado el Premio Nobel de Física de este año, habrá suficiente trabajo por delante para el Nobel de Física del año que viene.

Una parte de la ciencia puede ser matematizada. Pero las verdades matemáticas son inferiores a las lógicas. Antes del Big Bang había lógica, pero no había matemática. Por la sencilla razón de ni siquiera había individuos repetidos para introducir los números naturales 1, 2, 3.... En cambio, los conceptos lógicos formalizados, que proponemos tomar como punto absoluto de partida de la entera epopeya del pensamiento humano, ya existían antes del Big Bang.

La palabra antes no tiene ahora sentido temporal, pues el el tiempo empieza con el Big Bang. Tiene sentido lógico. Existía por fuerza lo posible, la posibilidad de que nuestro mundo existiese. Si no existiese tal poder-ser, no estaríamos nosotros ahora aquí. Más aún, existían también lo necesario y lo imposible. Y además sus conexiones con lo posible, como lo prueban estas seis igualdades lógicas.

1ª, posible = no imposible 2, imposible = no posible. 3ª, imposible = necesario no 4ª, necesario = imposible no 5ª, posible = no necesario no 6ª, necesario = no posible no

Nada menos que todo eso existía antes del Big Bang, cuando la palabra evolución ni siquiera tenía sentido. Antes del Big Bang existía la Verdad o Logos, como decían los griegos. Y de acuerdo con esa Verdad fue hecho nuestro mundo. ¿Quién lo hizo? La respuesta también está en esas seis igualdades. Antes del Big Bang existía Dios como Ser necesario -el Ipsum Esse de los medievales- y existía su poder creador aún no estrenado.

En conclusión, invito al Prof. Pérez Marcos, y en general a todos los intelectuales, a razonar de arriba abajo en vez de hacerlo de abajo arriba. Gracias al cálculo lógico, está a nuestro alcance algo mejor que dar palos de ciego.