Si no hubiese unos informes de vez en cuando en la OCDE, España solo sacaría pecho de su sistema educativo. El último informe PISA revela que nuestros alumnos obtuvieron los peores resultados de la historia en ciencias y matemáticas, merced a una pérdida de excelencia y relajación en la educación y a que el 33% se distrae con las pantallas en el aula. En nuestro país miramos a los vecinos y nos consolamos, esperando sin desesperar a mejorar. Asomados a esa atalaya que son las Cortes podemos imaginar sobresaltos de sus señorías en los escaños, negruras de la vergüenza ajena y, en fin, todo encrespamiento fruto de tanto atraso en la enseñanza.
Todo es sorprendente en ese recodo ministerial en que se presume y dispone de repente de clases complementarias y suplementarias, más horas para el alumnado y otras soluciones improvisadas, no pudiendo alcanzar un nivel mínimo. Porque nuestro pasmo de la enseñanza actual han sido la incapacidad de sumar y restar y de expresarse de los más jóvenes; nadie como un colegial que sepa lo que vale un euro y lo que es una buena oratoria, y que sostenga la esperanza en el futuro económico y argumentativo que corre por debajo de la aparente buena salud de un Estado.
La musa educativa del Ejecutivo y las consejerías de las comunidades autónomas tiene el cierre de su contrapunto en los pedagogos de la corte, y el vértigo propagandista que tiene su humilde colofón en esa noticia de allende los Pirineos, demoledora, escueta, que nos conmueve: España a la cola de Europa en educación. Porque la chavalería sabe que en este patio de colegio que es el país –que ha perdido el tren de la enseñanza– no se necesita sacar buenas notas, ni siquiera estudiar un poco, para llegar a prosperar en la sociedad, porque aquí se es y se siente al margen de los grandes conocimientos, como cuando el “influencer” puede comprarse un par de chalets en Andorra o su señoría ve incrementado su patrimonio tras su paso por las comisiones, el Hemiciclo o una subdirección general. La bandera de la educación de calidad le corresponde enarbolar, más que a nadie, al hombre de la calle, pero se afana en el vivir.
Ese eclipse de la enseñanza, que no es sino el de la prosperidad de una nación, nos revela una quiebra apremiante y un enfoque equivocado, que se verifica en la cifra incontestable con la participación de 30.800 estudiantes españoles, los peores resultados de España desde que el ranking educativo, el más importante del mundo, empezó a publicarse en el año 2000. Nuestros alumnos de último curso de la ESO han bajado ocho puntos en matemáticas respecto a la edición anterior, y tres en comprensión lectora. Solo después del batacazo intelectual de las nuevas generaciones, cuando llega la hora del examen de conciencia, nuestros dirigentes, que nunca faltan a su cita propagandística, cuelgan la pancarta de la solución rápida y eficaz, en esa encrucijada de la agenda educativa que aún alude a la misión más importante de un Gobierno: levantar un magnífico palacio de la sabiduría, el más necesario para la prosperidad de un país.
La educación siempre fue el tope de las aspiraciones de un político, aunque fuese de manera superficial, como parte que es de las soñadas aspiraciones de una sociedad. Ahora los niños quieren ser TikToker y ganar mucho dinero: y saben que, para eso, ya no hace falta multiplicar ni dividir, ni saber escribir ni entender lo que se lee. Las redes sociales y su alto poder adictivo son el rompeolas de sus metas y su avance ha puesto en serio peligro su formación de cada día y, lo que es peor, su sistema cognitivo, su inteligencia, en suma. Ni la partida presupuestaria de más de 500 millones de euros anunciada por el presidente para el plan de refuerzo podrá frenar la ola de idiocia e indigencia mental que ya sacude Europa.